En vacaciones me cogí a mi empleada Latina

  Cuando llegó el mes de julio mis padres decidieron realizar un viaje a Italia, antes de irse en agosto a la casa de la playa. Yo había aprobado 4º año de arquitectura pero me quedaba todavía entregar un trabajo en la universidad y además tenía la  posibilidad de hacer unas prácticas en un estudio de un amigo de mi padre.


 Vivíamos en una vivienda unifamiliar a las afueras de Madrid y me atraía la perspectiva de disfrutar de la casa en silencio y trabajar acompañado del canto de los pájaros y el sonido del agua en la piscina. Aprovecharía también para  machacarme un poco haciendo ejercicio y recuperar mi forma perdida con las horas dedicadas al estudio. Debía perder 3 o 4 kgs para recuperar mis setenta y ocho kgs, un peso adecuado a mi uno ochenta.


En realidad no me quedé solo. Marta, la asistenta colombiana se quedó, reduciendo su jornada a media jornada. Marta tenía unos cuarenta años, de un suave color de piel caribeño. No era muy alta pero era una mujer llena de energía. Trabajaba en la casa desde hacía unos meses a jornada completa y se iba a dormir a casa.


Una mujer siempre amable y respetuosa, que hacía su trabajo con profesionalidad y discreción. Mis padres le pidieron que procurara que todo estuviera bien en su ausencia y que evitara distraerme con tareas ajenas a mis estudios.


La primera mañana, al bajar a desayunar, la encontré limpiando la cocina. Vestía el uniforme de trabajo que mi madre le pedía que llevara, el mismo uniforme que usó Liliana, la asistenta anterior que casi estallaba dentro del traje. En cambio, a Marta le sentaba como un guante. Una camisa blanca de manga sobre la que llevaba un trajecito con delantal. Su cabello oscuro estaba recogido de manera informal, dejando su cuello al aire, salvo un par de mechones que le caían sobre el rostro.


—Buenos días, Marta —la saludé en un tono que intentaba ser cariñoso.


—Buenos días, señorito —respondió con su sonrisa amable, sin levantar la mirada.


Aunque sentía un respeto profundo por ella, consideré que yo no era mis padres y debía mostrar cercanía, al menos mientras mis padres estuviesen fuera.


—Marta, no necesitas llamarme señorito. Soy David.


—Bueno...Señor... David.


En julio ya hacía calor a las 9 de la mañana. La veía demasiado abrigada con camisa y delantal, cuando hacía tiempo para ir casi desnudos.


—Y estos días no necesitas usar el uniforme. ¡Hace tanto calor!


—Pero su madre es muy exigente...


Tenía razón, mi madre era un sargento con todos.


—Ahora soy el amo de la casa. Por mí, viste como quieras.


—Muchas gracias seño....David. Siempre ha sido muy amable.


La sonrisa mostró su blanca dentadura, lo que justificó mi ofrecimiento. En ese momento no podía adivinar el cambio que daría nuestra relación.


Decidí situar mi zona de trabajo en el salón, que estaba mucho más fresco que mi dormitorio que estaba orientado a poniente. A lo largo del día, comencé a notar detalles de Marta en los que antes, asumiendo a Marta propiedad de mi madre, no me había fijado: la graciosa manera con la que se movía por la casa, la melodía suave de su acento, la risa natural que mostraba cuando le hablaba. Me quedé pensativo mirándola. ¿Por qué, de repente, la veía diferente? ¿Sería fruto de del calor o de la soledad del verano?  


A mediodía, apretó el calor. Decidí salir a la piscina a refrescarme un poco. Fui a cambiarme y regresé con bañador. Al salir, vi a Marta, que ya había terminado de limpiar la planta baja, sentada en la terraza, bebiendo un vaso de agua y mirando hacia la piscina.


—Es insoportable el calor, voy a darme un baño —comenté sonriendo.


Marta me devolvió la sonrisa, mucho más relajada de lo habitual.


—Es cierto. A mí me gustaba mucho ir a nadar en Bogotá.


—¿Por qué no te bañas? —dije sin ninguna intención.


—Su madre no me lo permite. Además no tengo aquí traje de baño.


Me contuve de hacer un chiste sobre bañarse en ropa interior o sin ella.


—Al menos puedes remojarte los pies —añadí en tono juguetón, mostrándole una familiaridad que hasta entonces no teníamos.


Me lancé al agua y la encontré muy fría. Al salir a la superficie, vi a Marta de pie junto al borde de la piscina, mirándome fijamente, como si valorara su decisión.


—Anímate —le dije sin esperar realmente que lo hiciera—. Si quieres puedes usar algún bañador de mi madre...


—Nooo. Si le parece... mañana traeré uno mío.


Marta se quitó las sandalias y se sentó en el borde de la piscina, metiendo solo los pies. Me acerqué nadando hasta ella, manteniendo una cierta distancia. Me miraba con una expresión diferente, con una complicidad que jamás había sentido.


—¿Qué quiere que le haga de comer?


—Deja de llamarme de usted. Y no tienes que hacer nada. Gazpacho y cualquier cosa.


—Eso no es una comida, debería prepararle algo —respondió—. Si su madre comprueba que no le...que no te he atendido, me despide.


Respetaba extraordinariamente a mi madre, como yo me sentía dominado por mi padre.


Entró a la cocina mientras yo seguí disfrutando del agua en la piscina. Cuando entré, la busqué con la mirada y al no encontrarla, supuse que se había marchado. Había dejado una fuente de pasta con atún y salsa de pesto que me gustaba mucho. Apareció desde la salita de estar que usaba como cuarto de descanso cuando se quedaba en casa. No sé si notó mi reacción pero la encontré súper atractiva. Se había soltado su larga melena negra. Un short cubría la parte superior de sus menudas piernas y vestía una camiseta ajustada que realzaba un pecho alto, firme y generoso a través de un marcado escote.


—Hasta mañana, David.


—Hasta mañana...Marta —respondí evitando que se notara mi alteración.


Después de comer me entró una modorra que me llevó al dormitorio a echar una siesta. Antes de dormir su imagen al despedirnos llegó a mi mente. Me pareció una mujer diferente a la que había visto los meses anteriores en casa, siempre con su uniforme y el pelo recogido, a la que no había prestado atención.


Desde que rompí con mi novia hacía un año, aislado por mi dedicación a la carrera, solo había tenido un par de escarceos con chicas, ninguna relación seria.  


Me había propuesto disfrutar de una etapa hedonista, lo que me inhabilitaba para comprometerme en relaciones de compromiso.


Me hice un sándwich y salí al jardín con una cerveza, tumbado en la balinesa. Recordé a Marta tímida hasta para meter sus pies en el agua y me alegré de no estar solo esa semana. Mañana llamaría a Pablo para jugar al pádel y para salir a tomar una copa por las noches, con los amigos. El ambiente de Madrid en verano era genial.


Al día siguiente, ya estaba desayunando cuando llegó Marta, con un vestido cortito de verano y no pude evitar admirar lo bien que le sentaba.


—Te queda muy bien ese vestido —comenté con cierta cautela.


Ella rió, sin incomodarse. .


—Siento contigo una libertad que tus padres no me ofrecen.


—Entonces ven, tómate un café conmigo. Yo te lo pongo.


Sin saber bien por qué, sentí  la necesidad de conocer detalles de ella, y empezamos a hablar de su vida aquí, donde iba, su familia.


—Mi familia está en Colombia. Tengo una hija de 14 años que vive con mis padres. Cuando acabe la primaria, me lo traeré.


Yo le conté sobre mis estudios y mi ilusión por poder diseñar casas en breve. Entre confesiones y sonrisas, se iba generando una palpable conexión entre ambos.


—¿Vives con alguien? —le pregunté.


—No, comparto piso con otra chica y no he encontrado ningún hombre que me respete como a mí me gusta.


Me marché a mantener una reunión con Luis Garrido, un arquitecto amigo de mi padre que me enseñó su estudio y me abrió las puertas a colaborar en el unos meses como becario. Tras un café con él y otro asociado, regresé a casa.


Llegué a medio día y me senté a trabajar mientras la luz del sol iluminaba todo el salón y Marta estaba terminando de limpiar. Al acabar, dejó los utensilios de limpieza y se sentó frente a mí, suspirando con cansancio.


—Me alegro de estés aquí —le dije.


—A mí me gusta hablar contigo, pareces un buen chico. Los hombres en España no son de fiar.


—No generalices, a veces no se conoce a alguien  porque no hay tiempo para escucharse.


La cercanía entre nosotros se hacía más estrecha, los dos parecíamos disfrutar del juego sutil de miradas y palabras sin romper la barrera del respeto.


Seguí trabajando hasta las dos para recuperar el tiempo perdido con la visita. Volví a ponerme el bañador y cuando salí, encontré una estrella diurna, que iluminaba el entorno. Marta tomaba el sol en la terraza en bikini, incapaz de esconder la forma de su cuerpo, mostrando dos pechos que luchaban por salir y un culito que podría usarse como modelo de un culo perfecto.


—No he querido molestarte. Ayer me ofreciste usar la piscina...—exclamó tímida al ver mi reacción de sorpresa.


—¡Claro! Solo me he sorprendido al verte...Vamos al agua.


Esperé que entrara primero y la vi nadar con cierto estilo, coordinando pies y manos. Nos sentamos en el borde de la piscina. La vista de sus amplios pezones marcándose en el top del bañador, me hizo apartar la mirada, incapaz de mantenerla sin alterarme, desviándola al reflejo del cielo en el agua  y temiendo que pudiera percibir mi erección.


—¿Puedo quedarme esta tarde? En casa hace calor...


—¡Claro! Ven, vamos a comer algo y luego te puedes quedar aquí mientras yo trabajo un poco.


—Yo comí ya. En mi país comemos antes. Te he dejado un pescado en el horno, a falta de calentar 3 minutos.


Comí solo, sin dejar de mirar de reojo por el ventanal para ver su silueta. Me costó concentrarme en mi trabajo imaginándola sola tumbada en la piscina. ¿Se podía concentrar con nadie con esa vista? ¡Qué le den bola al trabajo! Pensé. Salí con dos cafés a la terraza y un vaso de hielo.


—Gracias...David. Aún no me acostumbro a llamarte así.


—A mí me gusta oírtelo.


Me miró con una sonrisa picarona.


—¿Tienes que trabajar esta tarde?


—No me apetece. Además, no sería un caballero si no atendiera a mi invitada.


—¿Te gustan los mojitos? Me salen de cine.


Interpretó mi sonrisa como un sí a su propuesta, y en unos minutos apareció con una jarra de mojito, con olor a hierba buena.


—Tenías razón, ¡está delicioso!


Era una tarde calurosa que se prestaba a quedarse allí, charlando tumbados. Me sentía interesado por su origen desde que nuestra relación había cambiado.


—¿Extrañas Colombia, Marta?


Me miró, sorprendida.


—Claro que la extraño, David —respondió, con voz suave y un toque de nostalgia en los ojos—. Colombia es… es parte de quién soy. A veces siento que llevo el olor del café en la piel.


Yo la escuchaba embelesado en la pasión de sus palabras.


—Cuéntame un poco de tu país, de cómo era tu vida allá.


 Tenía su mirada perdida en el agua, como si tratara de encontrar las palabras precisas. Después de un momento, comenzó a hablar, con mezcla de tristeza y melancolía.


—Nací en un pueblito, en la zona cafetera, donde mis padres trabajaban en una pequeña finca. Desde niña, aprendí a levantarme temprano y ayudar en las cosechas. Las montañas estaban cubiertas de plantas de café y las tardes olían siempre a tierra mojada después de la lluvia. Mi madre hacía el mejor café que he probado en mi vida; siempre decía que el secreto era recoger las cerezas en su punto exacto de maduración.


Imaginé las montañas y el olor del café, como si estuviera allí con ella. Recordaba el anuncio de Juan Valdés en la TV.


—Mi familia no tenía mucho dinero —continuó Marta, con un brillo en los ojos—. Al final del día, nos reuníamos todos en el patio a charlar y a escuchar música. Mi padre tocaba la guitarra, mi madre cantaba y mi hermana y yo, bailábamos. La vida era dura, pero éramos felices.


—¿Y cuándo decidiste venir aquí? —le pregunté con curiosidad.


Marta suspiró.


—Fue una decisión difícil. Me casé, tuve dos hijos y llevé una vida feliz. Hace tres años mi marido se fue con otra mujer más joven, allí es normal. Mi hijo mayor se quedó con él. Mi padre falleció y madre me animó a venir a buscar un futuro mejor para mi hija.  Al principio fue muy duro. Extrañaba cada rincón de mi tierra y muchas veces me preguntaba si había hecho bien en dejar todo atrás. Pero sé que con el dinero que yo envío a la familia se mantienen mi madre y mi hermana. Y mi hija pronto vendrá.


Marta tenía los ojos brillantes hablando de su pasado y, por un momento, sentí una ternura profunda por ella. No veía en ella la asistenta de la familia, sino una mujer llena de sacrificios y sueños.


—¿Has pensado en volver? —pregunté, intentando disimular la emoción en mi voz.


Ella asintió, con una sonrisa melancólica.


—Todos los días. Colombia siempre está conmigo, en cada canción que canto mientras trabajo, en cada café que tomo. Pero...  ¿sabes? También me siento bien aquí, sobre todo, cuando me cruzo con personas como tú. Y sé que debo echar raíces para ofrecerle un futuro mejor a mi hija.


Esa tarde, descubrí que Marta era una mujer de una fuerza inmensa, alguien que había sacrificado tanto por su familia, y que, a pesar de todo, conservaba intacta sus ganas de vivir.


—No quiero ponerme seria. ¿Te gusta la bachata?


Conectó su móvil y comenzó a sonar una música caribeña que oía en todas las discos cuando salía. Me tomó de la mano y comenzó a bailar.


—¡No sé bailar! —dije moviéndome torpemente.


—Déjate llevar...No dejes el cuerpo rígido, suéltalo.


 Parecía mejor plan, ella y mojitos, que el tablero de dibujo y el ordenador.


—De acuerdo. Favor por favor, piscina por baile —le ofrecí, sabiendo que me sería muy útil saber bailar.


—Encantada de enseñarte. Me siento feliz, esto es un paraíso. Y tú te estás portando genial conmigo —terminó bajando la voz—. Y eres muy guapo, por si no lo sabías.


—Ahora vuelvo —le dije como simple excusa para bajar el calentón provocado por el contacto con Marta en bikini,  medio desnuda.


¿Estaba ella tratando de conseguir algo? No podía caer en los brazos de una chica por muy melosa que fuera, así, por las buenas. Aunque también me podrían acusar de gilipoyas por renunciar a disfrutar de un rato de risas y mojitos con una mujer con ese cuerpo.


Llamé a Pablo para confirmarle que nos veríamos esa noche. Cuando salí, encontré a Marta dormida, tomando el sol en top less. Mostraba unas tetas perfectas, que contemplé ensimismado. Hacía meses que no pasaban por mis ojos ni por mis manos, ni por mi boca, unos pechos comparables a los de esta chica, con su piel tostadita.


Entreabrió los ojos, y al verme, no hizo ningún gesto de taparse.


—Espero no haberte molestado —se excusó, con una tímida sonrisa.


—En absoluto, estos días podrás hacerlo. Si lo haces delante de mi madre, llama a la policía, por alteración de las normas de convivencia.


—Gracias, por ella no habría problema, el rígido es tu padre. Admiro su clase, debió ser una mujer bellísima de joven. Y lo sigue siendo.


—Sí, mi padre dice que era la admiración de Madrid. Tuvo suerte de enamorarla.


—Ahora se nota demasiado la diferencia de años entre ellos. Tu padre debería tener cuidado.


—¿Tú crees? —pregunté sorprendido.


—Las mujeres notamos lo que siente otra. Tu madre es una mujer que no renuncia todavía a los placeres de la carne y tu padre es demasiado mayor.


No había reparado en que los quince años de diferencia de edad pudieran poner en riesgo su matrimonio. Era cierto que mi madre a sus cincuenta años era muy atractiva todavía y mi padre comenzaba a renquear.


—Ellos se llevan bien —remarqué.


—¡Por tus padres! ¡Para que tarden en regresar! —brindó.


Rellenó las copas de mojitos. Seleccionó música, se subió a sus tacones, elevando su escaso uno sesenta, acercando sus desafiantes ojos a la altura de los míos y empezó a moverse de una manera sensual.


—Me encanta esta terraza,  protegida de miradas —susurró sin dejar de mover ese cuerpo animal—. Es bonito ver desde aquí el atardecer con sus colores  naranjas y violetas y el sol desapareciendo por el horizonte sin que nadie pueda retenerlo.


—No me había fijado nunca —dije preso de su sensibilidad.


Se marchó, cuando la noche había cubierto el cielo de la terraza. Me sentía tan bien que no me apetecía salir, llamé a Pablo para disculparme.  Iba a cambiar el gin tonic por mojito. Me tomé el último mojito que quedaba en la jarra.


Mi estado de ánimo cambió a partir de ahí. Disfrutar de Marta fue como haberme pinchado un chute de heroína en vena. Los dos días siguientes fueron una continuación de lo vivido. Ya me defendía muy bien bailando. Cada vez mostraba más confianza y nos gastábamos bromas de todo tipo.


El viernes disfrutábamos de una tarde en la piscina cuando le pregunté.


—Me extraña que no haya ningún chico que te invite a salir.


—¿Quién te ha dicho que no lo hagan? Los hombres en España sois muy clasistas. El último que conocí, no le gustaba ir conmigo a los sitios que frecuenta.


—No lo entiendo...


—Es muy fácil. ¿Tú me invitarías a salir con tus amigos?


—Bueno, mis amigos son de mi edad, jóvenes... Pero no tendría problema—respondí viendo que se rompía de buena.


—¿Ves? Tú eres diferente. ¡Qué pena que seas tan joven!


¿Qué importancia tenía salir una noche y bailar salsa? La semana siguiente volverían mis padres y no podría hacerlo


—¡Qué más da la edad! Es viernes, apúntate esta noche con mis amigos.


Se levantó, y vino a darme dos besos en señal de alegría, provocando una convulsión en mi cuerpo y notando en ese acercamiento, el despertar de mi polla.


—Mmm eres joven pero no eres de piedra…  —sonrió picarona.


Se marchó a casa a cambiarse. Pasé a recogerla y me sorprendió verla con un aspecto tan juvenil. Su vestuario no era de marca pero ella lo lucía con mucho estilo. Cogió una cajita de maquillaje y con el espejo del parasol, se hizo unas rayitas en los ojos, y se perfiló los labios. El resultado fue increíble.


—Voy a ser la envidia de mis amigos —le dije.


—Gracias. Me hace ilusión salir con chicos españoles.


Cuando llegamos al Brito, donde había quedado con mis amigos, comprobé su cara de sorpresa y como Marta sintió protagonista entre tanto piropo y vacile. El resto de las chicas la acogieron bien, porque había que reconocer que Marta era simpática a rabiar y, quizás por su edad, no sentían celos por muy buena que estuviera.


Me sonreía,  y me decía que era la primera salida que hacía con un grupo así desde que llegó a España.


—A lo mejor tienes muy altas expectativas.


—No lo sé, pero tú cumples muchas —se quedó callada—. ¿Te he sorprendido? 


—Me siento feliz, sois geniales —me dijo en un apartado.


—Yo también. Hacía tiempo que no salía.


—A tu edad no es bueno encerrarse. Tienes que celebrar que acabarás pronto la carrera.


—Ahora contigo ya no necesito salir de casa.


—No olvides quienes somos. Cuando regresen tus padres no podremos ni ser amigos.


Me sentía confundido. Recordaba su cuerpo en la piscina, y mirando alrededor, no había una tía más buena. Quiso desviar la conversación.


—Tus amigos son muy divertidos. Estoy cansada de chicos maleducados


—Aquí valoramos mucho la novedad, y tú eres diferente a todas las chicas que conocen.


—Podría ser la madre superiora.


—Eres superior a todas las madres —y riendo continué—. Y a sus hijas.


—Ja,ja,ja. ¡Qué adulador! ¡Como se entere tu madre! —respondió sin dejar de reír—, se supone que estás a mi cuidado. Tendríamos que traerla una noche.


 —¿A mi madre? No la veo.


—He conocido mujeres en su situación. ¡Te sorprenderías!


Su comentario me retrotrajo a mi adolescencia, cuando veía a mi madre como una mujer maravillosa y fantaseaba con ella. ¿Cómo se comportaría mi madre en un lugar como ese, con chicos de mi edad? Deseaba dar un paso adelante y me sentía inseguro.


—¿Qué crees que pensarán tus amigos de nosotros? —miró al resto del grupo.


—¡Me importa un rábano! ¿A ti te preocupa?


La aparición de Lucas, un amigo que presumía de ligón, nos separó y trató de monopolizarla.


—Vamos a bailar —sin pedir permiso, la cogió y la llevó a una improvisada pista que se había formado al final de la barra.


Marta estaba divertida, simpática, no pensaba en otra cosa que no fuera reírse. Su pecho botaba al bailar, los rizos de su pelo se le enredaban, me hacía ojitos desde la improvisada pista, sin saber si lo hacía por provocarme o era su forma de mostrar su alegría. Les dejé cuerda, pero no les perdía ojo.


Mientras reía con Pablo que insinuaba que rollo me llevaba con Marta les perdí la pista. ¿Donde se habían metido? Tardé en ubicar a Lucas, al fondo de la barra, tratando de ligar con una chica. Me acerqué a él.


—¿Y Marta?


—¿Marta? ¿Esa zorrita latina? Se ha ido.


—¿Qué ha pasado?


—Nada, es una histérica.


No me cuadraba ese comentario. La llamé y no conseguí respuesta. Repetí tres veces el intento y finalmente encontré su móvil desconectado. ¿O falta de batería? No parecía lógico que se fuera sin despedirse.


Me levanté preocupado y fui directamente a la cocina. La encontré sentada en la cocina, bebiendo despacio un sorbo de la taza de café....fin del capitulo 1.....

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