De vacaciones con mis suegros, me la folle a ella

 Conocí a Clara en un curso de urbanismo registral. Registradora brillante e inteligente. Yo asistía como abogado invitado, ella como ponente joven con su plaza recién ganada. Recuerdo que llegó tarde, entró con paso firme, y no se disculpó. No lo necesitaba. Tenía ese tipo de autoridad que no alza la voz, pero se impone.


Nos cruzamos de nuevo en un acto del colegio de abogados y sin planearlo, la invité a un café. Y desde esa tarde no dejamos de salir juntos.


Conocí pronto a su familia, en una cena en su casa. Clara me lo advirtió: Mi padre es impenetrable, nadie es suficiente para mí. A mi madre en cambio, sabrás enseguida si le gustas o no. Y lo supe. Teresa fue amable desde el principio. Me observó durante la cena como si quisiera analizarme a fondo, con una sonrisa abierta.


Mi suegro, en cambio, apenas me miró. Notario de los de antes, voz grave, trajes oscuros y una fe casi religiosa en su propio criterio, siempre ha marcado el ritmo de todo lo que ocurre en su casa.


Mi suegro me hizo tres preguntas el primer día. Dónde estudié, quién era mi padre y donde trabajaba. No le gustó ninguna de las respuestas. No había en ellas ni universidad elitista, ni un apellido con peso ni un trabajo de mérito. Asintió en silencio y antes de que termináramos los demás de cenar, se retiró a su despacho con un tenue adiós.


En esta casa, decir que uno es abogado sin oposición ni despacho propio sonaba a un mindundi. Clara me respetaba, me quería, incluso. Pero su padre habría preferido a otro que viniera ya vestido de éxito. Aunque es cierto que nunca se enfrentó abiertamente conmigo, sí me dejó claro que, para él, no reunía méritos para su hija.


Desde entonces supe que con él sería un examen constante. Clara nunca le ha discutido abiertamente. El lazo con su padre es demasiado fuerte. Una vez le di a ella la razón ante su padre y la mirada de este me fusiló. Y lo más curioso es que Clara no llevaba la razón. Pero era mi deber defenderla. Teresa en cambio trató de compensar a su marido. Cuando este se retiró de la mesa, me ofreció una copa de licor y me habló de cómo se conocieron en la notaría en la que trabajaba como auxiliar. Demostró su sabiduría. Sabe mucho más de lo que aparenta.


Con los meses acabamos desarrollando una especie de alianza tácita. A veces intercambiamos una mirada en mitad de una comida y sin decir nada decidíamos cambiar de tema para evitar que mi suegro lo monopolizara todo. Otras veces emitía un comentario para reforzar una idea de Clara. Era el ejemplo de los equilibrios que uno a veces tiene que hacer para sobrevivir a un carácter fuerte.


Durante los primeros meses, me limité a resistir. A no buscar su aprobación, pero tampoco a provocar. Lo comentaba con Clara con resignación compartida


–No vas a poder cambiarlo —me decía ella.


—Lo sé. Pero tampoco pienso bailarle el agua.


Con el tiempo, fui comprendiendo que las verdaderas alianzas no se hacen por la fuerza. Con Teresa empecé a construir una complicidad discreta. Me apoyaba con una frase aquí, un gesto allá. Sabía cuándo intervenir para que su marido no cargara contra Clara. Algunas noches me llamaba sin que Clara lo supiera:


—Solo para decirte que tengas paciencia. Lo importante para ti es Clara.


Era como una partida de ajedrez en la que todos participábamos y en la que mi suegro era el rey. Mi mujer era una torre, siempre apoyando al rey y mi suegra la reina, supeditada al rey.


A mi me habían dejado el juego del caballo, tenía que moverme en direcciones imprevistas para evitar sus embestidas.


Y sin embargo, después de un año de estar casados, habíamos conseguido un equilibrio armónico. Cada domingo comíamos en su casa y había aprendido a elegir mi reacción a cada jugada del rey: callar, ceder, aliarme….


Una tarde de primavera, estábamos comiendo los cuatro en casa de ellos. Clara se sentía agotada porque estaba haciendo una sustitución de una compañera además de llevar su Registro. Yo, callado, miraba el plato.


Y entonces mi suegro levantó la vista del café, se quitó las gafas, y con su voz seca y cortante dijo.


—Me han nombrado vocal de Consejo de notarios de España. Quiero celebrarlo, he reservado un viaje al Caribe los cuatro. Una semana.


Clara se sorprendió. Yo no supe qué decir. Teresa no levantó los ojos de su taza, pero por un segundo, vi que sonreía.


—¿En serio? —preguntó Clara—. ¿Tú quieres irte al Caribe? Si no te gusta viajar.


—Lo que no me gusta es la mediocridad. Vamos a un resort de lujo.


Nada más llegar al resort, supe que aquel no iba a ser un viaje de descanso convencional. Lo que no sabía entonces era que el viaje iba a alterar el sistema de alianzas que el resto de la familia habíamos forjado.


El hotel era un cinco estrellas diseñado para impresionar a europeos en busca de una idea de paraíso. Un lobby de mármol blanco, techos altos, camareros que no sabían decir que no, playas paradisíacas y un campo de golf que se integraba perfectamente en el ambiente del resort.


Mi suegro se entregó desde el primer minuto al programa que él mismo había aprobado con la meticulosidad de un notario redactando su propio testamento. A las nueve, desayuno. A las once, visita cultural. Por la tarde, entrenamiento libre o piscina. A las ocho, cóctel de bienvenida. Al día siguiente… Y así todo.


Mi suegra, sin embargo, llegó decidida a que ese viaje supusiera un cambio en su anodino estilo de vida. Se trajo un repertorio de vestidos de colores, faldas y hasta unos shorts que resaltaban un cuerpo muy bien modelado.


—Yo he venido a descansar y a vivir. Así que, quiero hacer excursiones, tomar el sol mientras me sirven fruta fresca y si me animo, tal vez me lance en parapente.


Mi suegro y mi mujer habían traído sus palos de golf. A mi mujer le brillaban los ojos cuando vio el cartel de un campeonato femenino amateur, categoría A. La idea de competir, aunque fuese de forma relajada, la activaba como pocas cosas. Su padre había elegido el hotel en parte por esa razón.


—¿Qué planes tienes tú? —me preguntó Clara, sonriendo como no la veía sonreír desde hacía tiempo.


—Yo prefiero el mar. Navegar, correr por la playa, bucear…


Pero, en ese entorno, todo lo espontáneo parecía sospechoso. Aquí todo era actividades organizadas. La primera noche cenamos en una de las terrazas del hotel, frente al mar. Mi suegro ya había logrado que el maître le llamase “Don Ignacio”. Por un momento pensé que el clima lo ablandaría. Al menos había eliminado su traje y la corbata.


A Clara hacía tiempo que la veía sonreír con tanta naturalidad. Como si entre la arena, la sal y los mojitos, volviera a ser la Clara que conocí antes de la hipoteca, la rutina y el poder de su padre.


—Te está sentando genial estar aquí —le dije.


—Me siento bien. ¿Y tú, como te sientes?


—Muy bien, tu padre parece transformado.


—Solo hay que saber llevarlo.


Mi suegro insistió en que Clara lo acompañara al día siguiente a recorrer el campo de golf. Había contratado a un caddie que conocía muy bien el recorrido y debían aprovecharlo.


—Papá, es el Caribe. ¿No podemos olvidarnos de agendas?


—Hay tiempo para todo. He visto que el recorrido de este campo nos viene muy bien. ¡Y tú puedes hacer un gran puesto!


Clara me lanzó una mirada de resignación. No quería discutir. Al final de la cena, mientras Clara y él preparaban su recorrido del día siguiente en el campo de golf, Teresa, se levantó y caminó descalza hasta la arena. Al llegar al mar, agitó su mano saludándome. Me acerqué hasta la orilla y la acompañé caminando un rato y comprobando lo feliz que se la veía. Una felicidad que la hacía aparecer mucho más atractiva de lo que la había visto nunca.


Esa noche, en la habitación, miraba a Clara en silencio mientras se desvestía. Me gustaba verla allí, lejos del despacho, con el pelo suelto.


—A mi padre le incomoda que no te hayas apuntado a ninguna actividad.


Sonreí para mis adentros. Tal vez era hora de que su padre se incomodara un poco más.


—Respeto tu decisión de jugar el campeonato de golf, déjame a mí libre para hacer lo que me apetezca.


—Solo quiero que estés bien.


—No te preocupes por mí. Ni tu padre tampoco.


.Al día siguiente mientras padre e hija se fueron al golf, yo salí a correr por una enorme playa de arena blanca. Luego tomé una tabla de wind surf y estuve una hora navegando en paralelo a la costa con vientos suaves.


Cuando regresaba, vi a mi suegra en la piscina de solo adultos, tumbada en una hamaca, tomando el sol con un bikini muy atrevido, sin la parte de arriba, unas gafas oscuras y una piña colada entre los dedos como si llevara años entrenando para ese momento. Estaba hablando con un monitor de piel mulata que gesticulaba mucho y se reía todavía más. Ella también reía, con los hombros al sol y la piel algo más bronceada que por la mañana.


Me acerqué para saludarla. Inmediatamente se puso el top.


—Por mí no te cortes. Me alegro de verte tan suelta.


— ¿Te han reclutado de espía?


—Sabes que soy de tu bando. Y si me lo pides, me uno a la revolución y abolimos el patriarcado esta misma noche —respondí.


—No caerá esa breva.


Nos reímos. Había algo travieso en su mirada, como si en ese lugar, por fin, pudiera ser quien fue antes de casarse. O quizá quien siempre había querido ser.


—¿Y tú? ¿No encuentras algo que te atraiga? —me preguntó mientras me ofrecía su cóctel para beber.


Podría haberle dicho que había encontrado algo que me atraía, con dos tetas preciosas al aire, pero no me pareció correcto.


—He corrido y navegado. Ahora iré a verlos al campo de golf. ¿Y tú?


—Una vez que has espantado a ese precioso monitor de la piscina que debió pensar que era una viudita rica solitaria, no sé. He pensado apuntarme a una excursión a una isla mañana.


De repente apareció mi suegro con Clara, riendo los dos. Nos saludaron y se dirigieron a los bungalows a ducharse. Mi suegra me miró y casi como un susurro, dijo.


—Les ha ido bien y hoy estará de buen humor, lo que nos dejará un punto de libertad.


Esa noche hubo cena en uno de los restaurantes temáticos. Todos íbamos vestidos de blanco, por protocolo del hotel. Clara y yo llegamos juntos, aún con restos de arena en los pies. Mi suegra apareció tarde, bellísima, con un vestido largo que parecía deslizarse sobre su piel. Había algo en sus ademanes, en su forma de andar, que sin ser provocador desprendía libertad. Y eso, con su marido al lado, con la imagen de un viejo general cansado, era una premonición de que sus tropas ya no le respondían ciegamente.


La cena transcurrió agradablemente. Brindamos todos. Ignacio por el golf, que le tenía fascinado. Teresa por el viaje que le estaba encantado. Clara por la familia, encantada de que estuviésemos los cuatro en armonía.


—Yo brindo por el mar. Y la libertad que se encuentra en él.


Teresa y yo cruzamos la mirada. Nuestra alianza era más fuerte que nunca. Sabíamos que bajo el cristal de las copas despertaba otros brindis: el del inicio de algo que aún no sabíamos catalogar.


Esa noche, me costó conciliar el sueño. No sé si por lo bebido durante la cena, o el calor, o esa sensación de estar en un lugar tan sugerente donde todo parece posible pero nada termina de suceder. Salí al porche del bungalowsdescalzo y me senté observando el cielo despejado. La noche era húmeda y el sonido del mar me producía un efecto balsámico.


Entonces la vi caminando por la orilla con los zapatos en la mano, la falda larga ondeando, el pelo suelto. Parecía que tarareaba una canción, como si el mar la hiciera de orquesta. Me dirigí a ella en silencio sin que me oyera llegar.


—¿Insomnio? —pregunté, sin alzar la voz.


Se giró despacio. No pareció sorprendida.


—¡Hola Nico, no te había visto! No es insomnio, son ganas de saborear esto, el mar, las estrellas, el silencio. Y tú, ¿no podías dormir?


—Tampoco. Debe ser el anti stress.


Teresa sonrió levemente, con una sonrisa de las que dan a entender que sabes de qué te están hablando. Caminamos juntos un rato, dejando nuestras huellas en la arena, que la marea se encargaba de borrar de inmediato.


—Este viaje me está retrocediendo al pasado —dijo ella, mirando al mar—. Hay momentos en los que me pregunto en qué momento me olvidé de vivir para mí y empecé a vivir para no incomodar a los demás.


—¿Querrías volver a empezar? —pregunté curioso.


—No lo sé —dijo—. Ignacio ha construido una vida perfecta. Clara le ha seguido sin saber bien que es lo que quería. Y tú… bueno, tú eres el único que ha entrado en la familia, sin estar obligado.


—Aún no sé si encajo del todo —dije—. Me siento como un satélite que gira a una velocidad diferente. A veces Clara y yo estamos muy bien. Otras veces no sé si somos una alianza frente a tu marido o yo soy su enemigo.


Ella asintió.


—Creo querido yerno, que tú y yo nos parecemos más de lo que crees.


Nos sentamos en la arena. La luna se reflejaba en las olas. Nos quedamos en silencio unos minutos, escuchando el lenguaje del mar, susurrándonos palabras con una delicadeza nueva, como si hubiésemos tenido los ojos cerrados y quisiéramos redescubrirnos. Sentí a su lado una química diferente, exenta de sexo. Cuando regresamos, en silencio, sonrientes, fui consciente de que algo había empezado a cambiar.


Al día siguiente, mientras desayunábamos en la terraza, Ignacio anunció que estaba muy animado respecto al torneo de golf. Clara trató de excusarse, alegando que al golf podía jugar en Madrid pero allí no podía ver selvas ni playas vírgenes. Finalmente, cedió al deseo de su padre.


—¿Pero no me ibas a acompañar a la excursión de la reserva natural en la isla? —le preguntó su madre.


—No insistas Teresa, Clara se queda jugando al golf —sentenció Ignacio.


Clara me miró. Lo entendí todo antes de que lo dijera.


—¿Podrías acompañarla tú? Y yo te acompaño a bucear mañana. Así me quedo más tranquila mientras jugamos.


Teresa sabía que pensaba bucear en unos corales que había a poca distancia del hotel. Me miró en silencio, tratando de no expresar nada. Imaginé un día con ella, retomando la conversación de anoche y no lo dudé.


—Por supuesto, Clara. Será un placer irme de excursión con mi suegra.


Teresa sonrió satisfecha con la idea. Ignacio tensó un poco la cuerda.


—Pobre Nicolás, menudo viaje le espera —respondió el señor notario, con una visible falta de respeto.


En una hora estábamos en el autobús de la excursión. Teresa iba con sombrero, gafas de sol y un pareo de lino blanco que le daba un aire juvenil. Llegamos al pantalán donde nos esperaba un catamarán, un precioso velero con una terraza amplia, con capacidad para 8 personas más dos tripulantes. Un grupo de delfines nos saludó danzando sobre el agua que vibraba por el reflejo del sol, como un espejo de cristal azul. Animada por la coreografía de delfines, sol y agua, Teresa se despojó de la ropa y se quedó en un preciso bikini comprado para el viaje, diferente al que le vi ayer.


Durante el trayecto, me hablaba de los animales que quería ver como si fuera una niña en una excursión del colegio. Y yo la admiraba de ver en ella una mujer ilusionada, redescubriéndose, sin pedir permiso.


Hicimos un montón de fotos, algunas muy sensuales. Con el sol, su pelo enredado de la sal del mar y el brillo apasionado de sus ojos, parecía una auténtica Kim Basinger, con la pena para mí que no podría disfrutar de ella durante 9 semanas y media.


Sin pretenderlo, iniciamos un juego de tocarnos buscando alguna excusa, de miradas de reojo que subían el fuego entre nosotros. Con el viento en el rostro y el sol tiñendo el mar de tonos naranjas, abrazados al mástil, me apoyé tras de ella.


—Gracias por acompañarme Nico.


Al oído, acercándome un poco más a ella, le susurré lo feliz que me sentía.


Una vez atracados en la isla, un Jeep nos llevó por un camino de tierra y hierba. Ella, con su gorra blanca y su mochila pequeña, parecía una adolescente entusiasta. Al llegar al punto de control, antes de entrar en la selva, nos proporcionaron unos buggys por parejas, que tardamos muy poco tiempo en dominar, aun habiendo sido avisados del peligro de volcar con ellos.


A través de un recorrido por una selva domesticada donde no teníamos que cortar lianas que se cruzaran a nuestro paso, ni enfrentarnos a peligrosos animales, nos detuvimos en una pequeña laguna con una cascada para tomar fotos como si quisiera retener el recuerdo de ese día.


Allí, bajo una caída de más de diez metros de agua, mojados, salvajes, vivos, como si recibiéramos el bautismo, nos abrazamos bajo el agua, con el cariño de quién se siente completamente libre. Éramos la nota de color de la excursión.


—Lo estoy pasando fenomenal —me dijo.


—Mucho más interesante que bucear —le respondí con sarcasmo.


Desde allí llegamos a un punto donde abandonamos los buggy y nos recogió un Jeep que nos dejó al pie de una montaña desde la que salía un sendero, entre manglares y pasarelas de madera. Mientras caminábamos, nos rozábamos sin evitarlo, permaneciendo en contacto como una ola que no termina de romper.


En la cima del mirador, con la selva a un lado y el mar al otro, ella se sentó en silencio, jadeando un poco por el esfuerzo de la subida.


—¡Esto es precioso!


—Tú también lo eres suegra. Sigues siendo una mujer muy atractiva —dije sin pensar.


Nos miramos unos segundos. Aflojamos la tensión con una sonrisa.


—Gracias por mirarme como si todavía fuera una mujer capaz de atraer —respondió al fin.


El camino de vuelta iba a ser diferente que el de ida. Enseguida, el cielo se fue apagando, como si alguien estuviera bajando el dimmer del cielo en el Caribe. El aire olía distinto, los pájaros se habían callado. Comenzó a caer una llovizna cálida, no muy fuerte, empapando la vegetación como si pretendiera lavar la selva.


Pero antes de alcanzar el puertecito donde nos aguardaba el catamarán, la lluvia se tornó en tormenta y comenzó a caer una manta de agua, algo habitual en la zona. Una llamada al refugio de la isla confirmó lo inevitable: la carretera estaba anegada, los accesos al puerto cortados. Y era imposible que el catamarán zarpara de la isla. Por suerte, el resort había previsto un plan B y habían reservado unas cabañas de madera, no lejos del embarcadero.


Teresa me miró. Estaba mojada, pero serena. Yo no sabía que pensaba ella, pero algo dentro de mí se alegró de este incidente inesperado.


—Es como si la isla se negara a devolvernos —añadió ella sin dramatismo.


Entramos al refugio con el resto del grupo, que se repartió por parejas. Nos reímos como adolescentes cuando vimos que tendríamos que compartir cuarto.


—Te prometo no roncar —le dije, fingiendo solemnidad.


—Y yo prometo no levantarme sonámbula.


La cabaña era sencilla, con dos camas, una lámpara tenue, un cuarto de baño con ducha y una ventana que no cerraba bien. Una vez secos y más cómodos, usamos el teléfono satelital del guía para llamar a Clara y a Ignacio. Fue una conversación corta.


—¿Estáis bien? —preguntó Clara.


—Sí, tranquilos —respondí—. Nos quedamos en un refugio esta noche.


No parecían preocupados, ni nos echaban de menos.


—Nos hemos clasificado para la final de mañana. ¡Papá está feliz!


Se puso él al teléfono.


—Esto es lo que pasa cuando uno no juega al golf —rió incontroladamente.


Cuando colgamos, nos quedamos los dos en silencio. Un silencio lleno de significado. Después de confirmar lo poco que se interesaron por nosotros, nuestro lazo se hizo aún más fuerte.


—Ni siquiera han preguntado si necesitamos algo —murmuró Teresa, sorprendida.


—A veces, cuando alguien está demasiado ocupado siendo el protagonista de su propia vida, se olvida de que los demás también están viviendo algo.


Ella asintió. Se levantó y abrió la ventana. La lluvia golpeaba las hojas con un ritmo continuo, casi musical. Nos quedamos, cada uno en su rincón, escuchando la tormenta que nos había llevado a ese lugar sin haberlo planeado.


—Es curioso —dijo ella—. Me siento más libre en este refugio que muchas noches en mi propia casa.


La frase salió de sus labios sin énfasis y quedó suspendida en el aire. Salimos a la zona común donde nos ofrecieron una cena ligera: fruta, pan, algo de queso y cerveza. El resto del grupo se lo había tomado también como algo exótico, una experiencia que añadir a la excursión.


Al regresar de la cena, encendimos una de las velas, que había en la cabaña por si fallaba la luz. La llama bailaba sobre la mesilla entre las dos camas, como una reproducción de lo que flotaba entre nosotros.


La tormenta seguía sin ceder del todo, pero dentro de la cabaña la noche se había vuelto cálida. Mientras seguía cayendo la lluvia, sin la posibilidad de salir fuera de nuestro refugio, le propuse jugar a algo.


—¿A qué se puede jugar cuando estás atrapado en una isla con tu suegra? —bromeó Teresa, con esa sonrisa suya que mezclaba inteligencia y picardía.


—Al juego de las preguntas —le dije.


—¿Como es? —preguntó curiosa.


—Nos hacemos preguntas personales, íntimas, cosas que nunca nos habíamos dicho. El que responde, pregunta al otro.


Aunque la idea podía parecer inofensiva en apariencia, yo sabía que no lo era del todo.


—¿Y si uno se niega a responder?


—Si no quieres responder tienes que pagar prenda.


Me miró directa. Sonrió. Era como una de esas trapecistas del circo que para dar más emoción mandaba quitar la red.


—No hace falta las prendas, diremos la verdad los dos, sin posibilidad de eludirla —aceptó con una sonrisa cómplice.


—¡Así me gusta suegra! Valiente.


—Espero que no te escandalices —respondió semi desnuda a mi lado, como si eso no fuera suficiente motivo de escándalo.


—¿Dónde es el lugar más extraño en el que has tenido una fantasía? —le pregunté para iniciar el juego.


Se quedó pensando. Y sonrió.


—Ni recuerdo cuando tenía fantasías. Puede que fuera en la universidad —dijo, mirándome de reojo—. Con el profesor de Historia.


—Amplíamelo, sin cortarte.


—Es que ni me acuerdo. Era un profesor muy atractivo y elegí su asignatura para hacer un trabajo. No ocurrió nada pero fantasee con él.


Reímos como si hubiera contado una travesura. La brisa nocturna se colaba por la terraza mientras Teresa y yo nos disponíamos a contarnos hechos desconocidos de nuestras vidas. Le tocaba a ella.


—¿Clara ha sido la primera mujer que has amado?


La pregunta me hizo reflexionar, debía ser cuidadoso ante la madre de Clara. Le hablé de una chica años atrás, cuando apenas tenía 18 años, mi primer amor. Aunque fui yo quien cortó, lloré mucho por ella.


—Eres demasiado sensible. Con Clara eso no funciona —dijo acariciándome el rostro.


Me tocaba preguntar.


—Dime lo que más te gusta de ti y lo que menos.


Me habló sin pudor de cosas que no le gustaban de su cuerpo.


—Antes de vuestra boda, me operé el pecho y reduje mis cartucheras. El gimnasio no me alcanzaba para reducirlas. Me gustan mis piernas. No me gustaba mi inseguridad a la hora de enfrentarme a los problemas, pero ahora —me miró sonriente—, me gusta la seguridad que está renaciendo en mi.


—Estás increíble Teresa —dije acariciándole los muslos y el vientre.


Ella me pidió que le contara un secreto que nunca hubiese dicho a nadie.


—Desde pequeño, siempre temo no estar a la altura. Cuando os conocí, temía decepcionaros a Ignacio y a ti.


—Conmigo no tienes que demostrar nada —susurró jugueteando a desenredar mi cabello con sus dedos—. Clara te acepta tal como eres. E Ignacio…no le hagas caso. Dalo por imposible.


Mencionar a mi suegro, hizo que mi conciencia se tambaleara. Sabía que jamás me perdonaría si ocurría algo esa noche. Cerré los ojos un segundo y dejé que la sensación de indiferencia absoluta me recorriera el cuerpo. Al abrirlos me encontré con la sonrisa de mi suegra. Acostumbrada a tantas noches en silencio soportando al ogro, se la notaba feliz.


—¿Eres feliz con Clara? —se acomodó en la cama, cruzando las piernas.


La pregunta me golpeó como la lluvia que cayó de repente. Me tomé un segundo.


—No lo sé —respondí con honestidad—. La quiero pero siento que cada uno vivimos nuestra vida por separado. Y a mí me gustaría que hubiera algo más. ¿Y tú? ¿Lo eres?


Teresa bajó la mirada disimulando su nerviosismo.


—Hace años que no me hago esa pregunta —Se giró hacia mí—. No. No lo soy. Me acostumbré a vivir en una jaula de oro y ahora ya no sé si me atrevería a volar aunque se abriera la puerta.


Su voz era casi un susurro. Su confesión me provocó una oleada de ternura que me llevó a abrazarla.


—¿Cuándo fue la última vez que te sentiste deseada? —le pregunté con su cabeza apoyada en mi hombro.


Ella se deshizo de mi abrazo. Sonrió como si esperara esa pregunta.


—Ni lo recuerdo. Ignacio siempre me miró como una posesión nunca como la mujer por la que se pierde el juicio.


La lluvia seguía cayendo con menos fuerza, golpeando el tejado. Nos miramos sin urgencia. Teresa jugaba con la base de la vela, pasando un dedo por el círculo de cera derretida.


—Nunca me he sentido mirada como tú lo haces ahora —añadió bajito—. Y tú, ¿Cuándo fue la última vez que te atrajo tanto una mujer como para plantearte serle infiel a Clara?


Su mirada directa era una invitación a la confesión. Seguía con la melena algo revuelta, el brillo de las velas en sus ojos le confería la imagen de la belleza madura en estado puro.


—Ahora mismo —respondí, sin parpadear.


Ella tragó saliva. Se levantó y apagó la vela. La cabaña quedó a oscuras, iluminada solo por los relámpagos lejanos. Se acercó sin tocarnos. Simplemente me dejó notar su cercanía. Su aliento. Su perfume que aún resistía al Caribe.


—A veces hablar es más íntimo que desnudarse —dijo deslizando los dedos por mi pecho, con suavidad.


La oscuridad lo envolvía todo, salvo por los relámpagos lejanos que cruzaban fugazmente las persianas de la ventaba. En la penumbra, nuestros cuerpos se intuían más que se veían, pero su presencia era tan intensa como su respiración, el calor de su piel, el latido contenido.


Se sentó a mi lado en la cama. Me rodeó con sus brazos, atrayéndome encima de su cuerpo.... fin del primer capitulo....

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