Mi esposa se empodera sexualmente y se vuelve Puta
La frivolidad de mi vida se rompió un domingo cualquiera, en una reunión de amigos, pero para entender cómo llegamos hasta allí debo remontarme al principio, a la primera vez que vi a Paloma. La conocí en un cumpleaños, de esos donde el alcohol y la música hacen que hasta los más tímidos bailen como si estuvieran poseídos. Luego salimos, al principio todo fue perfecto. Paloma tenía esa forma de mirarme como si yo fuera el único hombre en la sala, y a mí me bastaba con eso para sentirme invencible. Tenía carácter, sí, pero lo equilibraba con una ternura inesperada. Podía discutir sobre cualquier cosa —el sabor del vino, la política, el horario de la película— y al minuto desarmarme con una sonrisa. Vivíamos de bares, de escapadas, de planes improvisados. Y yo, que nunca me había considerado romántico, me descubrí sorprendiéndola con flores o con viajes de fin de semana.
La convivencia llegó pronto. Nos lanzamos sin pensarlo demasiado. Primero alquilamos un piso en el centro, con más encanto que espacio, y comenzamos a compartir no solo los buenos momentos, también las rutinas. Y fue allí donde comenzamos antes de casarnos. Paloma era desordenada, caótica, pero con una seguridad en sí misma que hacía que pareciera parte de su encanto. Yo era más rígido, metódico, obsesivo con ciertos detalles. Ella lo encontraba gracioso al inicio, pero poco a poco fue cansándola.
Y estaban sus amigos. Un círculo de gente con aires de suficiencia, artistas frustrados, empresarios niñatos hijos de Papá, hombres y mujeres que se pavoneaban en cenas y tertulias de café. A mí no me caían bien. Me parecían arrogantes, superficiales. Ella, en cambio, disfrutaba de esa admiración que le daban, de esas risas compartidas. “Son solo amigos”, me decía. Pero a mí me hervía la sangre cuando veía cómo alguno se inclinaba demasiado al hablarle o le tocaba el brazo con excesiva confianza.
Los celos, claro. Esa palabra que siempre parece ajena hasta que te toca. Yo me descubrí celoso, y lo peor, incapaz de disimularlo. Una mirada mía podía arruinarle la noche. Ella me acusaba de exagerado, yo me defendía diciendo que era respeto. Cada discusión acababa igual: con ella saliendo de la habitación y yo fumando en la ventana, sintiendo que algo se nos escapaba de las manos.
Pasaron los meses, nos casamos. Entre el amor y el desgaste, entre la pasión y la rutina. Y así llegamos a aquel domingo, el de la barbacoa. Habíamos invitado a un grupo de amigos a casa. Todo parecía normal. Yo encendía el carbón, ella preparaba las ensaladas. El sol caía justo, la carne chisporroteaba en la parrilla, las cervezas corrían de mano en mano. El ambiente era relajado… hasta que sonó el timbre.
Fue Paloma quien abrió la puerta. Y apareció él. Alejandro. No necesitó presentación: la familiaridad con la que la saludó bastaba para encender todas mis alarmas. Entró con una sonrisa de suficiencia, como si la casa también fuera suya. La rodeó con un brazo demasiado confiado, y juntos caminaron hasta el fondo del jardín, justo al banco bajo el árbol. Estaban apartados, pero a la vista de todos.
El murmullo entre los invitados fue inmediato. Nadie decía nada en voz alta, pero todos lo veían. Y yo también. La mano de ese tipo en su cintura, inclinándose para susurrarle algo al oído. Ella reía. Una risa nerviosa, quizás, pero risa al fin y al cabo. Sentí que la sangre me hervía en las venas.
Me levanté despacio. Caminé hacia ellos con un paso firme, tratando de no perder el control. Paloma me vio acercarme, se tensó. Lo noté en sus hombros, en su mirada que pedía contención.
—Paloma —dije con voz baja pero dura—, tienes dos opciones: acompañar a tu amiguito hasta la puerta y despedirlo… o dejar que lo haga yo a trompadas.
—Carlos, no seas irracional —intentó frenarme, pero ya era tarde.
Alejandro se puso en pie, desafiante, como si esperara ese momento. No me dijo nada, pero su mirada me retaba. Paloma, rápida, se interpuso entre los dos.
—Alejandro, por favor —dijo, agarrándole del brazo, como si supiera que la pelea era inminente—. Vamos, acompáñame.
Y así lo sacó, casi arrastrándolo hacia la puerta. Yo me quedé allí, con la rabia latiendo en el pecho, mientras los invitados comenzaban a levantarse con excusas torpes. La fiesta se disolvió en minutos. La comida quedó servida en la mesa, intacta, como un símbolo del almuerzo arruinado.
Cuando por fin la casa quedó en silencio, Paloma entró a la cocina con todo el descaro del mundo.
—No aguanto más tus celos —dijo, cruzándose de brazos—. Cada día estás peor.
—Y yo no aguanto tu descaro —contesté, fulminándola con la mirada—. Cada día estás más pu…
—Ni se te ocurra decirlo —me cortó, molesta, con los ojos brillando de ira.
La tensión era insoportable. Tomé las llaves del coche de la repisa y, sin mirarla de nuevo, desaparecí de la casa. El portazo resonó como un punto final.
Y así, con un golpe seco de madera, comprendí que lo que habíamos construido, lo que alguna vez me pareció eterno, se tambaleaba en un hilo delgado, a punto de romperse.
Mientras conducía recordé la primera vez que vi a Paloma en el cumpleaños de Estela, su prima. Aquella tarde no tenía planes y estuve a punto de no ir, pero terminé dejándome arrastrar por la insistencia de un amigo común. Recuerdo que la fiesta estaba llena de caras conocidas y otras tantas desconocidas. Entre la música alta y las risas, la vi entrar. Llevaba un vestido sencillo, nada ostentoso, pero era imposible no mirarla. No fue solo su sonrisa, fue la manera en que iluminaba la sala. Estela nos presentó, y apenas cruzamos un par de frases, supe que algo distinto empezaba.
Un mes más tarde ya éramos inseparables. Pasábamos horas juntos en la universidad, ella con sus apuntes de administración, yo con mis proyectos de ingeniería e informática. No siempre era fácil coincidir: su carácter extrovertido contrastaba con mi forma más reservada, pero precisamente por eso nos complementábamos. Mientras yo buscaba el orden, ella me enseñaba a soltarme; mientras ella improvisaba, yo le mostraba la importancia de planificar. Nos graduamos casi al mismo tiempo, con orgullo y proyectos en mente. Y apenas dos meses después de terminar la carrera, planeamos la boda.
La ceremonia fue sencilla, rodeada de familia y amigos. Paloma estaba radiante; yo, nervioso pero feliz. Comenzamos nuestra vida en común en un piso y luego nos mudamos a una casa que elegimos juntos, pero cuya inicial yo pagué. También la remodelación salió de mis ahorros. No me importaba. Sentía que todo lo hacía por nosotros, por construir un hogar sólido. Durante tres años, pensé que lo habíamos logrado. Me consideraba un hombre feliz, con un matrimonio estable, con la mujer que había soñado desde aquella fiesta en casa de Estela.
Hasta la barbacoa. Ese domingo cambió todo.
Después de la discusión, de los invitados huyendo y del portazo que me llevó a la calle, no sabía a dónde ir. Llamé a Gerardo, mi mejor amigo. Él siempre había sido mi confidente, el hermano que la vida me regaló.
—¿Dónde estás? —me preguntó al contestar.
—Cerca de tu casa. ¿Nos vemos en el bar de la esquina?
—Voy para allá.
Nos encontramos media hora después. El bar estaba medio vacío, con olor a fritanga y televisión encendida en un partido sin importancia. Me dejé caer en la silla frente a él y pedí un whisky doble.
—Cuéntame —me dijo, serio.
Y le conté todo. Desde la llegada de Alejandro, la mano en la cintura de Paloma, los murmullos de los invitados, mi explosión contenida, hasta la pelea frustrada en el jardín y las palabras de fuego en la cocina. Gerardo escuchaba en silencio, solo asintiendo de vez en cuando.
—¿Qué vas a hacer ahora? —preguntó cuando terminé, apoyando los codos en la mesa.
Me quedé callado unos segundos, mirando el vaso entre mis manos.
—Le daré una última oportunidad. Quiero saber por qué lo hizo.
Gerardo respiró hondo y negó con la cabeza.
—Entiendo, hermano. Pero prepárate. Por lo que me cuentas, ella parece tramar algo. No es solo una imprudencia. Hay algo más detrás.
No respondí. Solo bebí un sorbo más, sintiendo que las palabras me taladraban.
Cuando por fin regresé a casa, el silencio me golpeó de nuevo. Paloma estaba en el sofá, como si nada hubiera pasado. Ni una lágrima, ni un gesto de arrepentimiento. Solo la calma de quien espera la próxima jugada.
—Tenemos que hablar —dije con tono sereno pero firme.
—¿De qué? ¿De tus inseguridades? —replicó alzando la barbilla.
—No. De mis límites como marido. De tu respeto al matrimonio.
Suspiró, levantando una ceja, con un aire que me heló la sangre.
—¿Y qué quieres? —preguntó con tono cortante.
—Saber qué pretendes con todo esto.
Fue entonces cuando lo soltó, sin rodeos, sin adornos.
—Necesito una vida social más activa.
—¿Qué significa eso? —pregunté, sintiendo la rabia asomando.
—Que necesito salir, distraerme, sentirme vista, adorada, complacida.
Las palabras me atravesaron como cuchillas.
—¿Me estás diciendo que necesitas acostarte con otros? ¿Que yo no te satisfago?
—No, no así —negó, con un gesto impaciente—. Solo digo que necesito salir, distraerme. Y no necesariamente estar con otro.
Me incliné hacia adelante, buscando sus ojos.
—Para tenerlo claro: me dices que necesitas un matrimonio abierto, donde puedas a salir con otros, pero según tu no te acostarás con ellos. ¿Es así?
—Algo así.
Sentí que el suelo se movía bajo mis pies.
—Dime algo, Paloma… y si se diera la ocasión, ¿qué harías? ¿Tendrías sexo?
Se quedó callada unos segundos. Esa pausa valió más que cualquier palabra.
—No… no lo sé —respondió al fin.
Me quedé mirándola, incrédulo. No me molesté en seguir. Me di media vuelta y caminé hasta el cuarto de invitados. Cerré la puerta tras de mí y me dejé caer en la cama, con el corazón golpeando como un martillo. La casa, que había soñado como nuestro refugio, se me antojaba ahora una prisión de silencio.
Y allí, entre las paredes frías, entendí que algo en mi matrimonio había cambiado para siempre.
Los días siguientes me acerqué al club de golf donde trabajaba Paloma, un lugar extraño para mí. Nunca me gustó. No era más que un campo de prácticas para principiantes, un sitio con luces blancas que cortaban el ambiente y un elegante bar terraza que cerraba a medianoche. Allí se reunían niños pijos y ejecutivos habituales. Sin embargo, para Paloma era casi un segundo hogar. Ella lo llamaba su refugio, su espacio social, su “aire libre”. Yo nunca lo discutí demasiado. Pensaba que tarde o temprano volvería a casa, y durante un tiempo así fue. Aunque en honor a la verdad nunca antes de la una de la madrugada
Pero después de la pelea de la barbacoa, algo cambió. Paloma comenzó a llegar cada vez más tarde. Al principio a las tres, luego a las cuatro , hasta que la norma se volvió verla aparecer a las cinco de la mañana. Yo me decía a mí mismo que debía confiar, que tal vez eran solo amigos, que quizás buscaba distraerse del mal momento. Pero la sospecha me carcomía como un ácido.
Una noche decidí no quedarme esperando. Me estacioné frente al club, en un lugar discreto. Pasaron los minutos, las luces del bar se apagaron, los últimos clientes salieron y el silencio se hizo. Y entonces la vi. Paloma salió riendo, con el mismo vestido con el que había salido de casa, pero ahora del brazo de Alejandro, el maldito de la barbacoa.
Mis puños se cerraron en torno al volante. Sentí cómo la sangre me golpeaba las sienes, pidiendo salida. Tuve que tomar aire para no bajarme del coche y partirle la cara a los dos allí mismo. Me limité a seguirlos con las luces apagadas, a una distancia prudente.
El coche de Alejandro se detuvo frente a un motel barato, de esos con luces de neón parpadeantes. Mi corazón se hundió. ...fin del primer capitulo...