Asi me follle al papa de mi mejor amiga para pagar el alquiler

 Dos maletas y una caja de plástico. A eso se había reducido mi vida en la Ciudad de México. Estaba parada en medio de la sala de Nuria, en el departamento en el que vivia con su padre en la colonia Portales, mirando mis cosas y sintiendo una impotencia que me apretaba el pecho. Mi casero no me había dado opciones ni prórrogas; simplemente decidió que el departamento valía más si se lo rentaba a un gringo en Airbnb que con mi renta de estudiante. Así que ahí estaba, fuera del espacio en el que habia estado los últimos dos años, dependiendo de la bondad de mi amiga y tratando de no pensar en que mi independencia se había terminado esa misma mañana.


—Perdón por el tiradero, Fer —dijo Nuria, abriendo la puerta de la habitación del fondo con una mueca de pena—. Te juro que mi papá dijo que iba a sacar las cajas, pero con la venta en la romería ha llegado muerto y se le olvidó.


Me asomé al interior. Conocía el departamento de haber venido a hacer trabajos finales o a cenar pizza, pero esa puerta siempre había estado cerrada. Era la bodega del departamento. Había cajas de plástico estibadas hasta el techo y, al fondo, sepultada bajo bolsas negras con ropa de invierno, se adivinaba la silueta de la famosa cama de la abuela.


—No hay pex —respondí, dejando mi mochila en el suelo y recogiéndome el cabello. Necesitaba hacer algo físico, cansarme para no pensar—. Ahorita lo sacamos en fa. Sirve que saco el coraje.


Comenzamos a mover las cosas. El cuarto estaba encerrado y hacía calor. Nuria era excelente diseñando patrones, pero para cargar cajas era un desastre. Llevábamos varios minutos batallando con una caja pesadísima de adornos navideños antiguos cuando escuchamos el ruido de la cerradura y el tintineo de llaves.


—¡Ya llegué! —la voz grave resonó desde el pasillo.


Era Manuel.


Lo había saludado mil veces en visitas anteriores o cuando pasaba por nosotras a la escuela en su camioneta de carga, pero siempre había sido una figura periférica en mi vida. El papá de Nuria. El señor que trabajaba todo el día y saludaba con amabilidad antes de encerrarse a descansar.


Entró a la habitación secándose las manos en los pantalones de mezclilla. Llevaba una camiseta blanca de algodón sin mangas, de esas básicas que se usan para el trabajo rudo, manchada de sudor en la espalda y con polvo del mercado en los hombros. Se notaba a leguas que venía directo de la jornada laboral.


—Hola, Fer, bienvenida —me saludó con la cortesía habitual, aunque el cansancio se le notaba en los ojos. Desprendía un olor intenso a calle, a esfuerzo físico y a una mezcla de cítricos y tierra—. Híjole, flaca... se me pasó vaciarles el cuarto.


—Nosotras podemos, pa —dijo Nuria, jalando una caja que apenas lograba mover unos centímetros.


—Quítate, te vas a lastimar —dijo él, y con una suavidad brusca, la apartó del camino.


Se agachó frente a mí para levantar la caja con la que yo estaba luchando.


—Con permiso, hija.


Ese "hija" siempre me había parecido una muletilla común de señor, pero hoy, viéndolo ahí abajo, a medio metro de mí, la perspectiva cambió. Noté cómo se le marcaban los músculos de los brazos y cómo la tela de sus jeans gastados se tensaba sobre sus muslos al hacer fuerza. Agarró la caja pesada como si no contuviera nada, las venas de sus antebrazos —gruesos y quemados por el sol— se marcaron bajo la piel, y se incorporó de un solo movimiento.


Me quedé parada, abrazando mis codos, observándolo ir y venir. En diez minutos sacó lo que nosotras hubiéramos tardado dos horas. Siempre lo había visto como un señor trabajador, pero en ese momento, la imagen cambió; veía una fuerza bruta resolviendo mi problema con una facilidad pasmosa.


—Listo —dijo, soltando el aire con fuerza. Se pasó el antebrazo por la frente, dejando un rastro húmedo de sudor—. Ahora la cama. Esa era de mi mamá, la madera es maciza de la buena. Pesa un demonio.


Se acercó al mueble cubierto.


—Ayúdenme con el plástico, ¿no? Yo la muevo.


Nuria y yo jalamos el plástico lleno de polvo. Manuel sujetó la base de la cama para centrarla en la habitación. Se inclinó, apoyando sus manos grandes y callosas en la madera, y empujó.


Lo vi ejercer fuerza. Vi cómo la camiseta se le adhería a la espalda ancha, empapada en sudor. Escuché un gruñido bajo, un sonido de esfuerzo puro que salió de su garganta cuando la madera rechinó contra el piso. Grrr. No sé por qué, pero ese sonido, tan primario y masculino, hizo que olvidara por un segundo mi enojo con el casero y sintiera una contracción involuntaria en el estómago.


No era como los chicos de la universidad con ropa de marca y manos suaves que no saben usar un desarmador. Era un hombre.


—Ahí está —dijo, enderezándose y tronándose la espalda—. Ya quedó.


Se giró hacia nosotras. Tenía el rostro brillante y un mechón de pelo grisáceo pegado a la frente. Me miró a los ojos. Fue una mirada rápida, práctica, pero sentí que realmente me veía. Ya no era la visita que se iba después de la cena. Era la mujer que iba a dormir bajo su techo.


—El baño es el del pasillo, Fer, ya sabes —me dijo, recuperando el aliento—. Nada más que le cambié la llave y ahora tiene maña. Hay que abrirle poquito a la caliente para que no te queme. Al rato te enseño bien cómo está el truco.


—Gracias, Señor Manuel —dije, sintiéndome un poco tonta por llamarlo "señor" mientras lo veía sudar de esa manera.


Él esbozó una media sonrisa cansada.


—Ya quítale el señor, Fernanda. Ya vas a vivir aquí, así que dime Manuel.


Se dio la vuelta y salió hacia la cocina anunciando que moría de hambre. Nuria se dejó caer en la cama, resoplando.


—Ay, qué bueno que llegó mi papá. Yo ya me estaba muriendo con esas cajas.


Yo me quedé mirando el marco de la puerta vacía, percibiendo todavía el calor corporal que él había dejado en la pequeña habitación, pensando que, tal vez, vivir en la Portales iba a tener una vista mucho más interesante de lo que yo esperaba.


Fui al baño del pasillo para lavarme la cara y quitarme la tierra de la mudanza. Me eché agua fría en las mejillas y me miré en el reflejo borroso. Me vi desaliñada, con el rímel corrido por el esfuerzo y el cabello hecho un nido de pájaros. Me bajé la blusa, que se me había subido al cargar las cajas, y batallé para reacomodar la pretina de los jeans, que se me clavaba en la cintura.


Siempre había odiado esa parte de mi cuerpo, esa suavidad en el abdomen y en las caderas que se negaba a desaparecer por más que hiciera abdominales o intentara cenar ligero. Al lado de la solidez que acababa de ver en la espalda de Manuel, o incluso comparada con las chicas súper producidas de la universidad, me sentí blanda. Demasiado común. Una chica normal con un cuerpo que ocupaba espacio y que ahora, en este baño ajeno, me hacía sentir expuesta.


Respiré hondo, sumiendo la panza para que la ropa no me apretara tanto, y salí hacia la cocina guiada por el olor a comida caliente.


Manuel estaba de pie frente a la barra, con el torso inclinado sobre la tabla de picar. Ya se había cambiado la playera sucia por una limpia de color gris, pero seguía descalzo, lo que le daba un aire de confianza doméstica que me intimidó un poco. Sus manos grandes sostenían un cuchillo cebollero con una destreza que daba miedo y fascinación a la vez. Estaba pelando los mangos que había traído.


—Siéntate, Fer —dijo sin voltear, concentrado en sacar la pulpa entera de un solo corte—. Nuria fue por las tortillas a la esquina.


Me senté en una de las sillas de madera. En la mesa el despliegue era glorioso: un tazón con frijoles de la olla humeantes, un guisado de papas con chorizo que olía a gloria, salsa roja de molcajete y un trozo grande de queso fresco. Era una cena familiar. Nada que ver con las ensaladas tristes de atún de lata que yo solía cenar sola en mi cuarto de la Roma.


—¿Estuvo pesado el día? —pregunté, tratando de romper el hielo y no sonar como una extraña.


Manuel soltó un bufido que era mitad risa, mitad cansancio. —Un poco. Los martes es cuando hay más gente, se pone necio el regateo. Además tuve que rematar diez cajas de calabaza italiana porque si no se me quedan. —Dejó el cuchillo y me pasó un plato con un mango perfectamente cortado en forma de flor—. Pero la fruta salió buena. Pruébalo.


Me puso el plato enfrente. Sus dedos rozaron el borde de la mesa, muy cerca de mi mano. Tenía las uñas cortas, impecables, pero la piel de sus nudillos estaba curtida, con pequeñas cicatrices blancas de cortes viejos y ese tono oscuro que deja el sol y la tierra de las verduras. Manos que sabían trabajar.


—Gracias —murmuré.


—Cenar, Fernanda. Come, que andas muy flaca —dijo él, sirviéndose una montaña de frijoles con naturalidad.


Casi me atraganto con mi propia saliva. ¿Flaca? Yo sentía que el botón del pantalón iba a salir disparado en cualquier momento y él me decía flaca. Lo miré, buscando la burla en su cara, pero lo decía muy en serio, con esa preocupación instintiva de quien está acostumbrado a proveer. Comía con ganas, con el hambre honesta de quien lleva despierto y cargando cosas desde las cuatro de la mañana.


—No estoy flaca, Manuel —respondí, bajando la vista a mi plato, sintiendo que las mejillas se me ponían rojas—. Al contrario. Soy... normal. O sea, el pantalón ya ni me cierra bien.


Manuel dejó la cuchara un momento y me miró. Masticó despacio, tragó y se limpió la comisura de la boca con una servilleta de papel. Sus ojos oscuros me recorrieron un segundo, no con morbo, sino con una evaluación tranquila y directa.


—Te ves bien, Fernanda. Te ves sana —dijo, con esa voz rasposa que no dejaba lugar a dudas—. Déjate de cosas. Aquí vas a comer bien, porque en esta casa no se desperdicia nada del puesto. Lo que no se vende, se come, y a mí me gusta que coman bien.


Me quedé callada, picando el mango dulce con el tenedor. "Te ves bien". Fue un comentario simple, casi de papá, pero viniendo de él, con esa presencia física abrumadora que llenaba la cocina pequeña, se sintió como una validación que no sabía que necesitaba. No le importaba si no era talla cero; para él, me veía bien.


Nuria entró en ese momento azotando la puerta con el paquete de tortillas calientes en la mano, rompiendo el silencio cómodo que se había formado. Manuel le sonrió a su hija, pero yo noté que, antes de volver a su plato, me echó una última mirada rápida, de esas que aprueban sin decir nada, y por primera vez en el día, mi inseguridad me dio un respiro.


Ayudé a recoger la mesa y lavar los platos, tratando de ganarme mi lugar en la casa, y poco después Manuel anunció que se iba a dormir.


—Mañana toca madrugar para ir a la Central —dijo, estirándose y dejando ver una franja de piel morena en su abdomen al levantarse la playera—. Descansen, niñas.


Nuria y yo nos quedamos un rato platicando en su cuarto, pero el cansancio de la mudanza me venció rápido. Me fui a mi "cuarto de los triques". Aunque Nuria le había pasado un trapo, la habitación seguía oliendo a polvo viejo y a cajas de cartón.


Me puse mi pijama: unos shorts de algodón gris que ya habían dado de sí y se me subían por los muslos al caminar, y una camiseta de tirantes blanca que me quedaba un poco justa del pecho. Me metí en la cama de la abuela. El colchón era firme, pero los resortes viejos chillaron en cuanto me acosté. Creack. Me quedé quieta, mirando las sombras que las luces de la calle proyectaban en el techo, escuchando el ruido de la Portales: un perro ladrando a lo lejos, el motor de un camión sobre Tlalpan, los ruidos nocturnos de la calle.


El sueño me venció cerca de la una, pero no duró mucho.


A las cuatro y media de la mañana, un ruido en el pasillo me despertó de golpe.


Al principio me asusté, desorientada, hasta que mi cerebro conectó los cables. Era él. La rutina del mercado. Escuché pasos pesados, el rechinido de una puerta y luego el agua de la regadera golpeando contra los azulejos. Un sonido constante, fuerte en el silencio absoluto de la madrugada.


La necesidad de ir al baño me ganó. Había cenado mango y tomado agua de jamaica, y mi vejiga estaba a punto de explotar. Dudé un momento. ¿Salgo? ¿Me espero a que acabe? Me quedé sentada en la cama, abrazando mis rodillas, escuchando cómo el agua se cerraba.


Esperé un minuto. Dos. Silencio.


Supuse que ya se había ido a su cuarto a vestirse. Me levanté descalza sobre el piso frío de granito. Abrí la puerta de mi cuarto con cuidado para que no rechinara y di un paso hacia el pasillo oscuro.


Me metí al baño casi corriendo y cerré la puerta. El baño era un sauna pequeño. El espejo estaba completamente empañado y las paredes sudaban gotas de condensación. Olía intensamente a él. A su jabón, a su piel limpia, a esa masculinidad funcional que lo llenaba todo.


Hice lo que tenía que hacer. Me levanté del excusado y me estaba subiendo los calzones —unos de algodón gris, de esos cómodos pero matapasiones que se me ajustaban demasiado— cuando la puerta se abrió de golpe.


No le había puesto el seguro. La chapa era vieja y yo, por los nervios, no la giré bien.


Todo pasó muy rápido.


Manuel no se asomó primero. Entró de lleno, con la inercia de quien tiene prisa y conoce su casa de memoria. Dio dos pasos largos hacia adentro sin mirar hacia donde yo estaba, con la vista fija en el lavabo.


—Chin, el reloj... —masculló para sí mismo, estirando el brazo hacia la repisa del espejo.


Yo me quedé paralizada a mitad del movimiento. Tenía los shorts todavía en los tobillos y los calzones apenas subidos a la altura de la cadera, mis manos aferradas a la pretina elástica.


Fue entonces cuando se detuvo.


Su brazo, al estirarse por el reloj, quedó a centímetros de mi hombro. Al notar el obstáculo, al sentir mi calor o ver mi movimiento periférico, se congeló. Bajó la vista, sorprendido de encontrar un cuerpo donde debería haber espacio vacío.


Quedé expuesta. Y él ya estaba demasiado adentro para no ver.


Su mirada no fue a mi cara. Por la cercanía y el ángulo, sus ojos cayeron directo a mis caderas anchas, pálidas y suaves, que llenaban el espacio visual. La tela de algodón gris se estiraba sobre mi carne, marcando perfectamente el bulto de mi vello púbico, que no me había depilado en semanas, y la curva de mi vientre bajo que tanto me avergonzaba.


Hubo un silencio espeso, roto solo por el goteo de la regadera.


Manuel no se dio la vuelta de inmediato. Se quedó quieto, con la mano suspendida en el aire cerca del reloj. Vi cómo su nuez de Adán subía y bajaba al tragar saliva. Sus ojos oscuros recorrieron la tela tensa de mi ropa interior, el roce de mis muslos gruesos que se tocaban uno con otro.


No fue una mirada de asco. Fue una mirada pesada, física, que pareció oscurecerse en ese segundo eterno.


—Perdón —gruñó, y su voz sonó ronca, vibrando en el espacio reducido.


Agarró su reloj de metal del lavabo con un movimiento brusco, rozando casi mi cadera desnuda con su antebrazo velludo al retirarse.


—Cierra bien —dijo, sin mirarme a los ojos, clavando la vista una última vez en mis piernas antes de girarse.


Salió y cerró la puerta.


Me quedé ahí, con el short abajo, temblando, sintiendo un calor repentino y vergonzoso que me subía desde el vientre hasta el cuello. Me había visto. Me había visto "gorda", blanda, en mis calzones viejos... y por la forma en que se había quedado quieto un segundo antes de salir, supe que la imagen se le había quedado grabada.


Más tarde cuando finalmente me animé a salir del cuarto, la casa estaba en silencio. Manuel ya no estaba, por supuesto; su jornada habia empezado a las cinco y media.


Nuria estaba en la cocina, terminándose un yogurt con prisas. —¡Córrele, Fer! Se nos va a hacer tardísimo para la clas. Mi papá dejó café en la cafetera por si quieres.


Me serví una taza con manos temblorosas. El café estaba fuerte, negro, cargado, tal como le gustaba a él. Mientras me lo bebía y Nuria parloteaba sobre un chisme de la facultad, yo no podía dejar de mirar la puerta del baño. La imagen de Manuel se me repetía en bucle en la cabeza: la toalla blanca baja, el vello negro en el pecho húmedo, y sobre todo, esa mirada oscura que se había clavado en mis calzones y mis caderas.


Me sentía mortificada. Seguro le dio asco, pensaba mientras íbamos en el metro. Me vio toda aguada, pálida, con los pelos de loca. Pero, muy en el fondo, una parte traicionera de mi cerebro recordaba que él no se había volteado de inmediato. Se había quedado quieto. Había tragado saliva.


El día en la universidad se me pasó en una neblina. Me sentía extraña entre las telas finas y las compañeras que hablaban de tendencias europeas.


A la salida, el teléfono de Nuria sonó. —¿Bueno? ¡Javi! —su cara se iluminó—. ¿Neta? Va, sí llego. —Colgó y me miró con ojos de súplica—. Fer, perdóname la vida. Javi consiguió entradas para el cine y luego vamos a ir a cenar con sus amigos. ¿Te importa si te regresas sola?


—Para nada, ve —dije, sintiendo un hueco en el estómago. No por irme sola, sino por lo que significaba: iba a llegar al departamento sin mi escudo.


El camino de regreso a la Portales se me hizo eterno.


Llegué al edificio a las seis de la tarde. El sol ya estaba bajando y el mercado empezaba a recoger sus puestos, dejando ese olor a fruta madura y jabón de piso en el aire. Subí las escaleras despacio, rogando que Manuel todavía no hubiera llegado, o que estuviera tan cansado que se fuera directo a dormir.


Abrí la puerta del departamento. Estaba en penumbra y olía a limpio.


—¿Hola? —llamé bajito.


Nadie contestó. Solté el aire, aliviada. Me fui a mi cuarto, dejé la mochila y me quité los zapatos que me estaban matando. Me puse unas sandalias y fui a la cocina por un vaso de agua.


Estaba sirviéndome del filtro cuando escuché la llave girar en la cerradura.


El corazón se me disparó. Clac, clac. La puerta se abrió y entró Manuel.


Venía mucho más sucio que ayer. Traía una gorra de béisbol vieja echada hacia atrás, la playera gris pegada al cuerpo por el sudor seco y los brazos manchados de algo negro, como grasa de camión o tierra mojada. Se veía agotado, con los hombros un poco caídos, pero su presencia llenó la sala de inmediato.


Me vio en la cocina y se detuvo un segundo mientras cerraba la puerta con el pie.


—Buenas tardes, Fer —dijo. Su voz sonaba rasposa, como si no hubiera hablado en horas.


—Hola, Manuel —respondí, aferrándome al vaso de agua como si fuera mi salvavidas.


Él caminó hacia el sillón y se dejó caer con un suspiro pesado que hizo crujir los resortes. Se quitó la gorra y se pasó la mano por el pelo, despeinándose las canas. —¿Y Nuria? —preguntó, empezando a desabrocharse las botas de trabajo llenas de lodo seco.


—Se... se fue con Javi. Al cine. Dijo que llegaba tarde.


Manuel se detuvo con la agujeta en la mano. Levantó la vista y me miró. Sus ojos oscuros, cansados pero alertas, se encontraron con los míos a través de la sala. El silencio cayó sobre nosotros como una manta pesada. Estábamos solos. No había hija, no había ruidos de la calle, solo nosotros dos y el recuerdo de la mañana flotando en el aire.


—Ah —dijo simplemente. Terminó de quitarse una bota y la dejó a un lado. Luego la otra—. Entonces estamos solos.


La frase fue inofensiva, un hecho, pero la forma en que la dijo hizo que se me erizaran los vellos de la nuca.


—Sí —murmuré.


Manuel se levantó, quedándose en calcetines. Caminó hacia la cocina, hacia donde yo estaba. Instintivamente di un pasito atrás, chocando con la barra. Me sentí torpe, grande, ocupando demasiado espacio.


Él llegó al garrafón y se sirvió agua en el mismo vaso que yo acababa de usar, sin importarle. Bebió con sed, moviendo la nuez de Adán rítmicamente. Yo no podía dejar de mirar sus brazos, la suciedad del trabajo marcando sus venas, la fuerza bruta que emanaba.


Bajó el vaso y se limpió la boca con el dorso de la mano. Me miró desde su altura. Estaba cerca, a menos de un metro. Olía fuerte: a sudor agrio, a cebolla, a hombre cansado. Era un olor que debería haberme repelido, pero que, por alguna razón, me hizo sentir débil de las rodillas.


—Oye... —empezó, y su voz bajó un tono—. Perdón por lo de la mañana. Entré como burro sin mecate.


Sentí que la cara se me prendía fuego. —No... no te preocupes. Fue mi culpa por no poner el seguro.


Manuel me sostuvo la mirada. No se rio. No hizo un chiste. Se quedó serio, evaluándome, recordando. —No te preocupes —repitió lento—. Pero sí ponlo. Porque uno no es de palo, Fernanda. Y menos a esas horas.


Se dio la vuelta antes de que yo pudiera procesar lo que acababa de decir, agarró sus botas del suelo y caminó hacia el pasillo.


—Me voy a bañar —avisó sin voltear—


Se metió al baño y cerró la puerta. Y yo me quedé sola en la cocina, con el corazón latiendo en la garganta, entendiendo perfectamente lo que había querido decir. Le había gustado. Al patrón de la casa le había gustado verme así.


Veinte minutos después, la puerta del baño se abrió.


Manuel salió envuelto en una nube de vapor, pero esta vez vestido. Llevaba unos pants de algodón gris oscuro y una playera blanca de cuello redondo que se le ajustaba al pecho y a los brazos todavía húmedos. Estaba descalzo. Se había peinado el cabello hacia atrás, dejando ver las entradas pronunciadas y ese rostro serio, de facciones duras, que ahora se veía más relajado.


Yo estaba sentada en el sofá, fingiendo ver el celular, pero mis ojos se fueron directo a él. Ya no lo veía como el papá de Nuria. Lo veía como el hombre que me había dejado ver algo de su deseo.


—¿Tienes hambre? —preguntó, frotándose el cabello con una toalla pequeña.


—Un poco —mentí. Moría de hambre, pero los nervios me tenían el estómago cerrado.


—Vente. Me sobraron unos aguacates que están mantequilla pura y traje panela fresca. Vamos a hacernos unos sándwiches.


Me levanté y lo seguí a la cocina. La dinámica había cambiado. El espacio se sentía más chico, más íntimo.


Manuel se puso a trabajar. Sacó una hogaza de pan, jitomates, cebolla morada y dos aguacates enormes de una bolsa de papel. Me hipnotizó verlo. Sus manos grandes y curtidas trataban la comida con una delicadeza sorprendente. Cortaba el jitomate en rodajas finísimas, sin esfuerzo. Untaba el aguacate en el pan con parsimonia.


—Pásame la mayonesa, está en la puerta del refri —me pidió sin voltear.


Se la pasé. Nuestros dedos se rozaron al entregarle el frasco. Su piel estaba caliente, viva.


Preparó dos sándwiches enormes, repletos de verdura y queso. Puso los platos en la mesa y se sentó, indicándome que hiciera lo mismo.


—Siéntate, Fer. Deja ese celular un rato.


Me senté frente a él. Él le dio una mordida grande a su sándwich, masticando con gusto. Yo agarré el mío con las dos manos, sintiéndome cohibida. Le di un bocado pequeño. Estaba delicioso, fresco, sencillo.


—Oye —dijo él, limpiándose la comisura de los labios con el pulgar—. ¿Por qué siempre andas escondida?


Me detuve con el sándwich a medio camino. —¿Cómo que escondida?


Manuel señaló mi sudadera gigante con la cabeza. —Con esas cosas. Siempre traes ropa que te queda tres tallas grande. Anoche traías esa playera enorme, ahorita esa sudadera que parece cobija...


Sentí que me ponía roja. Dejé el sándwich en el plato. —Es ropa cómoda.


—Es ropa para esconderse —corrigió él, directo, con esa franqueza del mercado—. Como si no quisieras que nadie te viera.


Bajé la vista, jugando con una migaja de pan en la mesa. La vergüenza de siempre asomó la cabeza. —Pues es que... no tengo mucho que presumir, Manuel. No soy flaquita como las chavas de la carrera. Soy... ancha. Me siento más segura si no se me nota tanto la... la lonja.


Manuel soltó una risa suave, ronca, que vibró en la mesa. —¿La lonja? —repitió, negando con la cabeza—. ¿Tú crees que eso es lo que vi en la mañana?


Levanté la vista de golpe. Él ya no estaba comiendo. Me estaba mirando fijamente, con los codos apoyados en la mesa, invadiendo mi espacio visual. Sus ojos oscuros tenían un brillo intenso, evaluador.


—Me dio mucha pena que me vieras así —admití en un susurro—. En calzones. Con todo moviéndose.


Manuel se inclinó un poco hacia adelante. El olor a su jabón y a aguacate llenó mis sentidos. —Pues no debería darte pena. Al contrario.


—Lo dices por amable.


—Lo digo porque soy hombre, Fernanda —me cortó, y su voz bajó un tono, volviéndose más íntima, más peligrosa—. Mira, los niños con los que salen tú y mi hija... esos buscan hueso. Buscan a las que salen en las revistas y que si te das cuenta nunca consiguen. Pero uno... —hizo una pausa, recorriendo mi sudadera con la mirada como si pudiera ver a través de ella— uno ya sabe lo que es bueno.


Tragué saliva. El corazón me latía en la garganta. —¿A qué te refieres?


—A que en la mañana, cuando entré al baño... —se humedeció los labios, como si recordara el momento exacto— no vi nada que sobrara. Vi a una mujer hecha y derecha. Vi unas piernas bien formaditas. Vi una cintura donde uno puede agarrar con ganas.


Me quedé paralizada. Nadie me había hablado así nunca. Era muy directo, pero al mismo tiempo era el halago más honesto que había recibido. No estaba tratando de ser poético; estaba siendo descriptivo.


Manuel notó mi silencio y sonrió de medio lado. No era una sonrisa paternal. Era una sonrisa de lobo viejo.


—¿Te incomoda que te lo diga?


—No... —mi voz fue un hilo—. Solo que... siempre he pensado que estoy gorda. Que soy blanda.


Manuel estiró la mano sobre la mesa. No me tocó la mano, pero tocó la manga de mi sudadera, pellizcando la tela gruesa. —Lo blando es rico, Fernanda. Lo blando es donde uno quiere descansar... y donde uno quiere perderse. —Soltó la tela y me miró directo a los ojos—. Esa suavidad que tú odias... a un hombre como yo le despierta el hambre. Y no hablo de comida.


El aire de la cocina se volvió espeso. Manuel no apartó la mirada. Estaba cruzando una línea, lo sabía, y yo también lo sabía. Pero en lugar de frenarlo, en lugar de indignarme o salir corriendo a mi cuarto, sentí un calor líquido entre las piernas que me traicionó por completo.


—Come —dijo él de repente, rompiendo la tensión, volviendo a agarrar su sándwich como si no acabara de decirme que me deseaba—. Se te va a aguadar el pan. Y necesitas energía, porque esa "suavidad" hay que mantenerla.


Agarré mi sándwich con manos temblorosas y le di una mordida, sintiendo su mirada clavada en mi boca, sabiendo que la "niña insegura" acababa de desaparecer para dar paso a algo mucho más complicado, y que Manuel no tenía ninguna intención de ser un santo al respecto.


Los días siguientes cayeron en una rutina casi hipnótica. Mi reloj biológico se ajustó al de la casa: a las cuatro de la mañana, entre sueños, escuchaba el rechinido de la puerta del baño y el agua de la regadera. Ya no me levantaba, pero me quedaba despierta en la oscuridad, abrazando la almohada, imaginando a Manuel bajo el agua, frotándose ese cuerpo ancho y cicatrizado que ya había visto.


Nuestras interacciones eran breves en la mañana y largas en la noche. Él llegaba del mercado oliendo a sudor y a fruta madura, se bañaba y preparaba la cena. Cenábamos los tres. Manuel nos contaba historias del mercado con esa voz grave que llenaba la cocina: que si el de las cebollas se peleó con el de los aguacates, que si la temporada de mango estaba por terminar y tenía que buscar proveedor de tuna. Yo lo escuchaba fascinada, viendo cómo sus manos grandes gesticulaban, cómo se reía con los ojos arrugados. Me gustaba esa vida que el transmitía.


Y cada vez que Nuria se levantaba por agua o iba al baño, él aprovechaba para mirarme. Eran miradas rápidas, pesadas, que me recordaban nuestra conversación de los sándwiches. Lo blando es rico, me había dicho. Y yo sentía que me quemaba por dentro.


Llegó el viernes.


Nuria entró corriendo al departamento a las cinco de la tarde, aventando la mochila. —¡Fer, me voy con Javi a Cuernavaca!. ¿Segura que no te importa quedarte sola con mi papá? Regreso el domingo en la tarde.


—Para nada, vayan —le dije, sintiendo que el corazón me daba un vuelco.


—Mi papá llega como a las siete. Ahí hay comida en el refri. ¡Te amo, bye!


Cuando la puerta se cerró, el silencio en el departamento cambió de textura. Ya no era soledad; era espera.


Me fui a mi cuarto y me paré frente al espejo de cuerpo entero que habíamos rescatado de los triques. Me quité la sudadera holgada que usaba de escudo. Me miré. Seguía viendo lo mismo de siempre: caderas anchas, brazos que no eran delgados, una cintura que se marcaba pero que tenía suavidad. Pero luego recordé la voz de Manuel. Un hombre como yo tiene hambre.


Tomé una decisión estúpida y valiente.


Busqué en el fondo de mi maleta una playera que casi nunca usaba. Era de algodón rosa, con un cuello en V profundo y la tela un poco más pegada de lo habitual. Me la puse.


Me miré de nuevo. Mis senos, grandes y redondos, llenaban el escote de una forma que siempre me había hecho sentir vulgar o incómoda en la universidad. Eran naturales, suaves, blancos y que yo siempre trataba de disimular con sports bras o ropa aguada. Pero con esta playera, se notaban. Se veía la curva profunda del inicio del pecho, la forma redonda que empujaba la tela. Me sentí expuesta, pero por primera vez, no me quise tapar.


A las siete y media, Manuel llegó.


Entró con una bolsa de papel de la panadería de la esquina y un six de cervezas. Venía cansado, con la gorra puesta y los brazos sucios de cargar cajas, pero al verme sentada en el sofá, se detuvo.


Dejó las cosas en la mesa de centro y se quitó la gorra despacio. No dijo "hola". Solo me miró. Su vista bajó directo a mi escote, a la forma en que mis pechos estiraban la tela rosa de mi playera, y luego subió a mis ojos. Me sonrió ligeramente. Hubo un brillo de reconocimiento, de satisfacción en su mirada. Aunque no dijo nada, supe que él había notado el esfuerzo.


—Se fue Nuria —dijo, con la voz rasposa.


—Sí. Regresa el domingo.


—Mmm. Bueno —se pasó la mano por el pelo sucio—. Me doy un regaderazo rápido para quitarme la tierra y cenamos. Traje unos cuernitos de jamón.


Se metió al baño. Estuve veinte minutos escuchando el agua caer, nerviosa, alisándome la playera una y otra vez. Cuando salió, ya traía puesta una playera limpia de algodón gris y unos pants. Olía a jabón, a desodorante y a esa olor frescura que me ponía la piel chinita.


Fue a la cocina, sacó las cervezas y regresó a la sala.


—Ten —me ofreció una lata fría—. ¿Quieres? ¿O prefieres agua?


—Una está bien —dije, aceptando la lata. Necesitaba el valor líquido.


Él abrió la suya con un encendedor, con un movimiento rápido de muñeca, y le dio un trago largo. —Ay, qué rica está. Estoy muerto.


Se sentó en el sofá. No en el sillón individual como siempre. Se sentó en el sofá grande, junto a mí. Dejó un espacio decente, como medio metro, pero su presencia era tan fuerte, ahora limpia y cálida, que sentí que me tocaba sin hacerlo.


Vimos un rato las noticias en silencio, tomando cerveza y comiendo los cuernitos. Yo sentía su mirada periférica revisándome cada tanto. El calor de su cuerpo y el alcohol me empezaron a soltar los nervios.


—Te queda bien el rosa —dijo de repente, sin dejar de mirar la tele.


Me giré a verlo. Él giró también, recargando el brazo en el respaldo del sofá, acortando la distancia. —Gracias —murmuré. Instintivamente me llevé una mano al pecho, un gesto de inseguridad para cubrirme el escote porque sentí su mirada pesada ahí.


Manuel estiró la mano y, con suavidad, me quitó la mano del pecho. Sus dedos eran ásperos, calientes. Me sostuvo la muñeca, dejándola sobre mi pierna, impidiendo que me tapara.


—No te tapes —dijo, mirándome directo a los ojos—. Ya te dije que no tienes nada que esconder.


—Es que... me da vergüenza —dije, bajando la vista, refiriéndome a mi cuerpo, a mis pechos, a todo yo.


Manuel negó con la cabeza y se deslizó por el sofá hasta quedar pegado a mí. Su muslo, duro y sólido bajo la tela del pants, presionó contra mi pierna suave. —No hay de qué avergonzarse, Fernanda. Estás bien guapa.


Levantó la mano y, con el dorso de sus dedos curtidos, me acarició la mejilla. Yo cerré los ojos, temblando. Nunca nadie me había tocado con esa seguridad. Los pocos chicos que se me habían acercado en la prepa eran torpes, rápidos, y siempre me hacían sentir que mi cuerpo era un problema. Manuel me hacía sentir valiosa.


—Mírame —ordenó suavemente.


Abrí los ojos. Él estaba muy cerca. Olía a cerveza y a limpio. Bajó la vista descaradamente a mis senos, que subían y bajaban rápido por mi respiración. Se quedó mirando un momento en silencio, disfrutando la vista, y esa pausa fue mucho más intensa que cualquier pregunta.


Su mano, que aún estaba en mi mejilla, bajó despacio, arrastrando sus dedos rasposos por la piel sensible de mi cuello. Me estremecí.


—Tienes la piel muy suave —dijo, acercando su rostro al mío, pero sin besarme todavía. Rozó su nariz contra mi mandíbula, aspirando mi aroma—. Y hueles a niña buena.


—... —quise responder algo, pero me quedé callada, sintiendo que me faltaba el aire.


Su mano en mi cuello se cerró un poco, no para lastimar, sino para sostenerme, para tomar el control—. Funciona. Me traes loco desde que te vi en el pasillo, y tú lo sabes.


Se quedó a milímetros de mi boca, mezclando su aliento con el mío. Esperó un segundo, dos, dándome la oportunidad de alejarme. Pero yo no me moví. Al contrario, incliné la cabeza ligeramente, ofreciéndome, rindiéndome a la gravedad de su presencia.


Entonces, y solo entonces, Manuel rompió la distancia.


No fue un beso suave. Fue un beso de posesión. Su boca capturó la mía con firmeza, sus labios eran rasposos y sabían a cerveza. Yo me quedé rígida un segundo, por la sorpresa y la inexperiencia, pero él no se detuvo. Movió su boca sobre la mía, abriéndome, invitándome. Puse mis manos en su pecho, sintiendo el corazón latir fuerte bajo su playera, y me dejé ir.


Me besó lento, profundo, con una lengua experta que exploraba mi boca sin prisa. Solté un gemido ahogado y él aprovechó para acercarme más. 

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