En las vacaciones en la playa termino cogiendo con la hermana de mi mujer
No fue idea mía. La que propuso que su hermana se uniera al viaje fue Silvia, a última hora, cuando ya teníamos el maletero medio cargado y los planes cerrados. “Así le da el aire, le vendrá bien”, dijo, como si no fuera un pequeño terremoto meter a una tercera persona en nuestras vacaciones de pareja.
El coche iba cargado hasta arriba. Maletas, bolsas con comida, una sombrilla que parecía más vieja que yo y que Silvia insistía en llevar porque “todavía aguanta un verano más”. Yo conducía con el codo apoyado en la ventanilla, la carretera deslizándose recta entre campos amarillentos, y Silvia a mi lado hojeaba el móvil como si revisara el destino con lupa, aunque ya habíamos estado allí otras veces.
—¿Y tú estás seguro de que no te molesta que venga Lorena? —preguntó de repente, sin mirarme.
—Seguro —respondí, aunque en realidad no lo estaba tanto. Lo habría preferido de otra manera: los dos solos, con tiempo para leer, para beber vino barato al atardecer, para hablar sin prisas. Unos días de pareja. Pero Silvia tenía ese gesto en la cara, mezcla de ilusión y ternura, que siempre me desarma.
—Últimamente está… rara —añadió ella—. Muy a la suya, como desconectada de todo. Le vendrá bien estar con nosotros.
“Rara” era la palabra que Silvia utilizaba para describir prácticamente cualquier estado de ánimo ajeno al suyo. Yo asentí.
La recogimos en la estación del bus: Lorena bajó las escaleras con una mochila pequeña, unas gafas de sol enormes y un vestido ligero que parecía recién comprado. Cuando la vi aparecer no pude evitar reírme: parecía recién salida de un anuncio de cerveza. Venía con esa energía despreocupada de los veintipocos, un desparpajo que contrastaba con la rutina de Silvia. Nos saludó agitando la mano como una niña, y se subió al asiento de atrás sin dejar de hablar.
—¡Qué calor, madre mía! ¿Tenéis aire? Porque si no, me muero aquí mismo. —Soltó la mochila a un lado, se descalzó y puso los pies en el asiento, sin pedir permiso.
—Sí, claro, siéntete como en tu casa —ironizó Silvia.
—Ya lo hago —contestó Lorena con una sonrisa traviesa.
La carretera al mar se llenó de su voz. Tenía esa energía que a veces es agotadora pero que también arrastra. Preguntaba, se reía, ponía canciones con su móvil, se quejaba de la cobertura. Silvia la reprendía de vez en cuando, pero en el fondo se le notaba contenta.
Yo iba escuchando todo a medias, concentrado en no salirme de la carretera estrecha, aunque por el retrovisor veía reflejos de Lorena: el pelo castaño desordenado, la piel tostada de alguien que ya había estado tomando sol en la ciudad, las piernas largas cruzadas descuidadamente. Parecía una versión más joven y desinhibida de Silvia, aunque menos pulida, menos formal.
Llegamos a la casa de veraneo a media tarde. Era el viejo capricho de mis padres, su gran orgullo. Un apartamento en primera línea de playa, modesto pero funcional, en unos de los pueblos turísticos menos masificados de la costa mediterránea. El aire olía a sal y a madera vieja. Lorena entró la primera y recorrió las habitaciones como una exploradora, abriendo puertas, asomándose a la terraza, probando el colchón de la cama de invitados con un salto.
—Me quedo aquí, ¿vale? —dijo.
—Como si tuvieras otra opción —respondió Silvia, divertida.
Pasamos el resto de la tarde en la playa. Yo llevaba meses sin hundir los pies en la arena, y la sensación fue casi infantil, recordando aquellos veranos hacía ya tantos años, con mi familia. Lorena se metió en el agua de golpe, gritando, mientras Silvia y yo avanzábamos poco a poco. Cuando salimos, Lorena ya estaba tumbada en la toalla, con una cerveza en la mano que no sabía de dónde había sacado.
—He traído un par en el bolso. Previsión, se llama —explicó, dándonos una.
La primera noche fue ligera, sin complicaciones. Pasta con tomate, vino sin pretensiones y música en el altavoz del móvil. Lorena no paraba de contar anécdotas de su piso compartido en Madrid, de un vecino que tocaba la trompeta a medianoche, de una profesora insoportable. Silvia la escuchaba con paciencia y le llevaba la contraria en cada detalle. Yo me limitaba a reír, aunque más de una vez terminé atrapado en su ritmo, contestándole, bromeando también.
En la terraza, con el sonido de las olas de fondo, la conversación se alargó hasta que el sueño nos venció. Lorena se levantó la primera.
—Mañana os despierto yo —anunció con un bostezo.
Cuando nos quedamos solos, Silvia apoyó la cabeza en mi hombro.
—Ya verás —murmuró—, va a ser divertido.
No contesté. No porque no lo creyera, sino porque en ese momento lo único que quería era silencio, el rumor del mar y el peso cálido de su cabeza.
La convivencia a tres no parecía tan mala idea. Al menos, no todavía.
*
El sol entraba por las persianas a rayas, dibujando franjas doradas sobre el suelo del dormitorio. Me desperté con el rumor de la cafetera italiana en la cocina y una voz tarareando algo desafinado. Al asomarme, vi a Lorena en pantaloncito corto y camiseta de tirantes, bailando de espaldas frente al fogón mientras removía la leche. Silvia, en cambio, aún dormía como una piedra, boca abajo, con el pelo cubriéndole la cara y una pierna fuera de la sábana.
Desayunamos los tres en la terraza, las tazas de café calientes y el pan de molde aún crujiente. La brisa traía olor a algas y salitre. Lorena hablaba sin parar, como si ya llevara tres cafés encima, y Silvia la mandaba callar cada cinco minutos, aunque no podía evitar reírse.
—Hoy toca playa desde temprano, ¿eh? —dijo Lorena, señalándome con la cuchara como si diera una orden—. Nada de quedarse leyendo en la hamaca.
—Ya veremos —respondí.
—Ya veremos no vale. Si hemos venido, es a meternos en el agua.
Y tenía razón. La mañana terminó convertida en agua, arena y sol abrasador. Silvia llevaba su bikini negro, sobrio, elegante, de tiras anchas, que resaltaba su piel morena y sus caderas generosas. A su lado, Lorena había elegido uno azul eléctrico, con triángulos mínimos que parecían no poder contenerla. Ella tenía menos pecho que su hermana, pero un vientre plano y unas piernas interminables que usaba con inconsciencia, plantándose en la orilla con las manos en la cintura, riendo cuando las olas le golpeaban los muslos.
Jugamos como críos: carreras hasta la boya, chapuzones, lanzarse agua en la cara. Silvia era menos osada, se quedaba más en la orilla, disfrutando tranquila. Lorena, en cambio, me agarraba de la muñeca y tiraba hacia dentro, arrastrándome con una energía implacable. El agua parecía caliente como el caldo, pero al salir el sol caía a plomo sobre la piel mojada y uno echaba de menos el frescor salado.
Por la tarde, después de comer, ocurrió lo del bikini. Fue una de esas escenas absurdas que empiezan con una broma y acaban convirtiéndose en un momento incómodo.
—¡Se me ha roto el tirante! —gritó Lorena desde el baño.
Silvia y yo estábamos en el salón, medio adormilados. Ella se levantó, resoplando.
—Siempre igual…
Volvió al rato con su hermana, que salía envuelta en una toalla.
—Voy a dejarle el mío —me dijo Silvia, buscando en su maleta.
Y de pronto, allí estaban las dos, probándose bikinis en el salón como si yo no existiera. Silvia se colocó uno rojo, que no recordaba haberle visto nunca. Lorena se puso el negro clásico de Silvia. Y entonces, inevitablemente, me miraron a mí.
—¿A quién le queda mejor? —preguntó Lorena con una sonrisa torcida.
Me reí, incómodo.
—No voy a entrar en ese juego. No puedo ganar.
—Anda ya —insistió Lorena—. Venga, juez imparcial.
—Imparcial, dice —bufó Silvia, ajustándose las copas del sujetador.
Las observé, obligado por la situación. Silvia era voluptuosa: el rojo le marcaba las curvas con descaro, el pecho abundante, las caderas redondeadas, la piel tersa con un brillo natural. Siempre había sentido orgullo al verla caminar en bikini, con esa mezcla de seguridad y cierto pudor que la hacía más atractiva todavía.
Lorena era otra cosa: más ligera, más juvenil, más despreocupada. El negro le quedaba casi demasiado grande, pero eso realzaba su aire desordenado, su cintura estrecha y la forma firme de sus pechos pequeños. Su piel tenía un tono más claro que el de Silvia, y el contraste con la tela oscura la hacía parecer más brillante. Sus caderas eran más verticales, pero tenía un trasero más firme.
Me quedé callado demasiado tiempo.
—¿Ves? —dijo Silvia—, ni se atreve.
—Eso significa que me queda mejor a mí —sentenció Lorena, victoriosa, alzando los brazos.
Y el momento se deshizo entre risas. Pero mientras ellas se cambiaban de nuevo, yo notaba en el pecho ese cosquilleo extraño, como un pequeño vértigo, como si me hubieran empujado a un terreno del que prefería no ser consciente.
La tarde terminó con más playa y unas partidas a juegos de mesa en la terraza. El vino corría, las palabras también. Lorena se levantaba cada dos por tres a buscar algo, a reírse, a contar otra historia. Silvia me miraba de reojo con esa sonrisa de complicidad que siempre me había unido a ella. Y yo, entre ambas, notaba cómo algo empezaba a tensarse, sin que ninguno lo hubiera decidido.
*
Me desperté antes que Silvia. El sol apenas filtraba una claridad blanca entre las persianas y el aire olía a ropa húmeda y sal. Me giré hacia ella. Dormía de lado, con una pierna doblada, el pelo revuelto y la boca entreabierta. La sábana apenas cubría su cadera, dejando al descubierto el arco de su cintura, sus nalgas rotundas, la curva de su pecho. Esa visión bastó para que me creciera el deseo, casi inmediato, animal.
Me acerqué, acariciando su espalda, despacio, como tanteando el terreno. Silvia se revolvió, murmuró algo ininteligible y sonrió con los ojos cerrados. Deslizó la mano hacia mi cuello y tiró de mí, invitándome a besarle la boca. Sus labios estaban tibios, húmedos, todavía impregnados del sabor metálico del sueño.
—Ya empiezas temprano… —susurró, ronca.
—No podía dormir.
Nos reímos en silencio, con la boca pegada. La besé más hondo, notando cómo su lengua buscaba la mía con hambre. El cuerpo de Silvia siempre había tenido esa mezcla de firmeza y suavidad que me enloquecía: las tetas grandes, de pezones oscuros que se endurecían apenas rozarlos; las caderas amplias contra las que me gustaba empujar hasta perderme.
La penetré despacio al principio,...fin del primer capitulo....