Mi esposa me regala a su madre como trofeo para follarla
Palmira, mi suegra, es señora que apenas había alcanzado la edad de los cuarenta y dos años, cuando se vio sorprendida por el repentino fallecimiento de su esposo a causa de una enfermedad coronaria. Se había casado a la corta edad de dieciocho años, a causa de un embarazo no deseado, de la que resultó el nacimiento de la que ahora es mi esposa, Elena.
Tras haber contraído matrimonio con el padre de mi mujer, Palmira pronto se vio siendo madre, a la corta edad de diecinueve años. A partir de ahí tuvo que afrontar igualmente la compatibilización de su trabajo con la maternidad, y la enfermedad de su esposo Daniel, agravada por varios procesos de tipo respiratorio. Si bien durante los diez primeros años, el matrimonio gozó de una cierta estabilidad y pudieron disfrutar del mismo, a partir de undécimo año, una serie de sucesos derivados de la enfermedad de su esposo, conllevó el que la vida se le complicara bastante. Ello impidió pensar en más hijos, y se dedicaron en cuerpo y alma al cuidado de mi esposa, Elena.
Mi matrimonio con Elena, contando ésta con solo veinte años, permitió un cierto respiro a mi suegra Palmira, quien pensó que sus problemas se le iban solucionando. Su esposo comenzaba a mejorar físicamente, y durante los siguientes tres años, disfrutaron de unos años de tranquilidad, pudiendo realizar varios viajes al extranjero. Palmira era una mujer que, a su cuarenta y dos años, aún mantenía un cuerpo joven, más bien delgado, con bastante curvas, una altura 1.70, unos pechos un poco grandes, pero no por ello dejaban de verse firmes pese a su primer embarazo; pelo castaño y unos ojos claro-oscuros que resaltaban en una cara bastante bien parecida, y sumamente atractiva.
Recuerdo que durante la boda de su hija, mis suegros actuaron como padrinos. Mi suegra se vistió de tal forma que parecía tan guapa o más que la propia hija. No en vano, se prodigaron los piropos hacia aquella durante la ceremonia, ya que realmente estaba muy elegante y bella. Por diversas circunstancias, desde los primeros momentos había caído bastante bien a mi suegra, con la que mantuve bastante confianza, hasta el punto que me contó bastante secretos de la misma.
Pero, el destino de esa mujer estaba marcado por los altibajos, y a los tres años de nuestro enlace, ocurrió el fallecimiento de su esposo. Mi esposa me llamó, llorando, anunciando el súbdito fallecimiento de su padre, debido a un fallo de corazón por su problema coronario. Aquello fue un verdadero tastarazo para mi esposa, de la que aún no se ha recuperado. Y a su madre, Doña Palmira, cayó en una depresión, al no digerir el terrible desenlace del fallecimiento de su marido. No solo se notaba triste, sino que cambió su carácter, mostrándose totalmente apagada y sin ganas de vivir. No paraba de llorar y de quejarse de su mala suerte. Por recomendación del médico de atención primaria de su centro de salud, mi esposa llevó a su madre a la consulta profesional de un psiquiatra privado, dado que parecía estar inmersa en un estado de depresión bastante agudo. Este resultó ser un médico con ciertos años de experiencia profesional, y que, tras las primeras visitas, le prescribió un tratamiento a base de fármacos antidepresivos y ciertas técnicas de relajación.
Pese a que inicialmente se le observaron algunos cambios, estos resultaron poco significativos, lo que volvió a preocupar a mi esposa. Había transcurrido el año del fallecimiento del su padre y su madre permanecía subsumida en su mundo. Cansada del poco o nulo cambio de su madre, mi esposa decidió llevarla a un psiquiatra que se venía destacando por la implantación de técnicas casi revolucionarias en el tratamiento de sus pacientes. Tras las primeras consultas con el citado psiquiatra, en la última, comprobé que mi esposa llegó a casa algo preocupada. En principio auguré que algo malo le diagnosticó el psiquiatra. Sentado a la mesa le pregunté: ¿Por qué te encuentras tan triste? ¿Qué les ha dicho el psiquiatra? ¿tan mal se encuentra tu madre? Mi mujer tomo asiento, me miró con cara de angustia, y luego me contestó: -Hay Lucio. ¡Vengo sorprendida! ¡No salgo de mi asombro por lo que el psiquiatra me ha contado! Resulta que, tres terminar le entrevista con mama, el medico que me llamó aparte, y no puedes creerte lo que me comento. Lo que me dijo, me ha dejado consternada y alucinada.
-Pero ¿tan grave es? Le pregunte, realmente preocupado. Palmira tomó aire, y comenzó a respirar pausadamente, para luego contestarme: ¿Puedes creer que, no se le ocurre otra cosa, que decirme que, “mi madre lo que necesita son unas buenas sesiones de sexo”? Hasta yo me quede perplejo. Realmente no me esperaba un tratamiento como aquel. Pues, ¡sí que era revolucionario! Igualmente me quedé, sorprendido, diciéndole: ¡Vaya, sí que es revolucionario ese psiquiatra! Pero ¿estás segura que te dijo que debía mantener sexo? Ella me miró, enrojeciendo, como si le diera vergüenza contestarme: -Me lo dejó bastante claro. ¿Te lo puedes creer?
Luego, se queda algo pensativa y añade: Me dijo que el problema es que, mi madre sigue siendo una mujer joven, y que se ha quedado como estancada, y “sus estrógenos están como paralizados”. ¡Vamos, por lo que me indicó, considera que “el único remedio eficaz es, buscar un hombre que la vuelva hacerla mujer de nuevo”! Volví mostrarle mi cara de asombro, preguntándole: -Pero ¿tú que piensas? ¿crees que esa puede ser la solución al problema de tu madre? ¡Vaya con ese medico! exclame, con poca fiabilidad de que aquello pudiera ser un remedio eficaz. No acababa de creérmelo.
Elena me miró, diciéndome: El medico me lo dijo bastante serio. De hecho, me aseguró que tiene varios pacientes, y que “esa técnica ha dado unos resultados espectaculares”. Evidentemente, me quedé obnubilado ante dicha técnica tan revolucionaria, y sorprendente. Pero, con independencia de que fuera efectiva o no, el problema más agudo era “saber si mi suegra, estaba dispuesta a ello”. El otro problema, no menos importante, era encontrar un hombre que estuviera en conexión con la misma. Extremo que no iba hacer nada fácil. Bueno coméntaselo a ver cómo reacciona tu madre- le dije.
Días después mi esposa me señaló que su madre se había negado rotundamente, diciendo que eso una verdadera locura. Sin embargo, transcurrieron dos semanas más y nada nuevo ocurrió. Una noche apareció mi esposa en casa, tras visitar a su madre, con cara de bastante angustia, diciendome: Ay Lucio ¡vengo bastante preocupada con mi madre! ¿ya no sé qué hacerle? Los tratamientos no producen producirle ninguna mejora, y cada vez la veo peor. ¡Temo que pueda hacer cualquier locura! Me quede realmente preocupado ante aquella noticia. Al final, viendo su extrema angustia, se me ocurrió decirle: -Bueno. ¿Y el remedio que te indicó el psiquiatra revolucionario? Mi mujer me miró a la cara, y me contestó: -Y, ¿quién la convence para que mantenga relaciones con un hombre? ¡Ya sabes que mama es de ideas muy fijas! Mi madre por otro lado siempre ha sido bastante conservadora.
-pues, no sé qué decirte. ¿Qué has pensado hacer? Le conteste. Pasaron unos días, y una noche compruebo que, metidos en la cama, mi esposa me miró con cara de cierta preocupación, indicándome que tenía que proponerme algo bastante comprometedor. Yo me extrañé, pero fui todo oídos. Ella sentada en la cama me dijo: Mira Lucio. ¿Ya sabes que conseguir que mi madre mantenga relaciones con otro hombre es prácticamente imposible? Pero, estoy realmente preocupada por ella. No quiero que termine cometiendo una locura. Por ello…he pensado en ese psiquiatra…tomó aire, y continuó: sé que te parecerá una verdadera locura…” ¿había pensado que?... ¿quizás contigo…? Casi me da algo. Le mire totalmente sorprendido. ¡No me podía creer lo que estaba escuchando! Como si realmente no lo hubiera entendido le pregunte: ¿me estas proponiendo que me acueste con tu madre? Joder Elena. ¡que soy tu esposo!
Mi esposa me miró totalmente sonrojada. Sin embargo, me contestó: -Ya lo sé. Pero, “creo que es el único hombre, con el que tiene suficiente confianza”. ¡No te lo pediría si no fuera porque considero que la situación de mama es muy grave! ¿Solo quiero que lo pienses? Si no quieres, lo entenderé. Me quede realmente preocupado. Aquello no me lo esperaba. Sabía que mi suegra siempre había mantenido una buena sintonía conmigo, extremo que era realmente algo extraño, pero, de ahí a hacerle el amor, era algo que no esperaba. No le conteste nada más esa noche. Realmente, no es que tuviera reparos en hacer el amor a mi suegra. Palmira era una mujer que se mantenía bastante bien, seguía siendo bastante atractiva, y tenía claro que hacerle el amor no me iba a ser ningún sacrificio, al contrario. ¡Pero, era mi suegra!
No obstante, a partir de ese día, algo sorprendente me comenzó a ocurrir, ya que a medida que lo pensaba, me hacia la idea de estar desnudo junto a mi suegra, mientras hacíamos el amor. Ello me comenzó a producir unas erecciones casi bestiales, que evidentemente intentaba ocultar ante mi esposa. No lo entendía, pero estaba claro que el solo pensamiento de poder copular con la madre de mi esposa, me estaba envalentonando. Una tarde, llegué a casa y me encontré a mi suegra que había venido a casa. Hola Palmira. ¿Como se encuentra? La note apenada, y mirándome comenzó a llorar. Yo, sin poder contenerme intenté consolarla, abrazándola, rodeándola con mis brazos, diciéndole: - vamos Palmira. Tranquila, no se preocupe tanto. Le vida continua. Nos tiene a su hija y a mí.
-Ya. ¡Pero no tengo a mi esposo! Ya no sirvo para nada. Nada tengo que hacer en esta vida. Exclamó angustiada, y con cara de autentica angustia.
-¿Que está diciendo?. Es Vd. una mujer joven. La vida en modo alguno se ha acabado. ¡Venga Anímese! Le dije intentado consolarla. Ella instintivamente se abrazó de nuevo a mi cuerpo con más énfasis, y sin poder evitarlo, note como mi vástago de increpó bajo mis pantalones. Tanto, que mi propia suegra lo llegó a notar. Me di cuenta de ello, porque en cierto momento, observé que la mujer enrojeció. No obstante, la seguí acariciando, viendo como mi suegra pese a todo me abrazó, creo que hasta con mayor decisión, como buscando el calor de mi cuerpo. En el fondo aquella mujer estaba falta de cariño. Quizás añoraba sentir el abrazo de unas manos masculinas que la arroparan. Tras un rato abrazados, ella se retiró. No obstante, percibí algo que me impresionó y me dejó pensativo. Observé que Palmira tras soltarse, instintivamente dirigió su mirada hacia el bulto de mi pantalón. ¡aquello sí que no me lo esperaba!
Resultó evidente que mi suegra quiso percatarse de lo que había sentido durante el abrazo. La mujer, algo enrojecida, fue a ver a su hija, pero yo me quedé intrigado. Relacioné todo ello, con lo que me había mencionado mi esposa. En ese momento, comencé a pensar seriamente en aceptar la propuesta de mi esposa: “follarme a su madre” una verdadera locura, pero en el fondo lo estaba deseando. Evidentemente, aquello era una “infidelidad consentida”, y además un incesto, pero necesario, y perdonable ante el fin que se perseguía. Pensaba en todo ello. No obstante, me dije: trato de justificar estos pensamientos, pero en el fondo se me pone dura solo con pensar en follarme a mi suegra.
Todo se precipitó cuando en la noche, mi esposa me preguntó: ¿Lucio? ¿has pensado en lo que te dije? La miré a la cara. No le contesté inicialmente, no quería que ella sospechara que ahora, era yo el más interesado en aceptar su propuesta. Tras unos momentos de indecisión, le dije: Elena, ¡tú sabes que por ti haría lo que fuera!. Pero quiero preguntarte algo ¿de verdad crees que no afectará a nuestra relación el que me acueste con tu madre? Mi mujer se sonrojó ante mi pregunta, pero luego me contestó: -¡Ya sabes que es por una causa necesaria!. ¡Es por la salud de mi madre, y eso está por encima de todo!
Tras unos momentos de indecisión, le dije: Elena. En el hipotético supuesto de que aceptara, ¿tú crees que tu madre aceptaría? Ella me miró, y algo sonrojada me contestó: Lucio, ya has visto que mi madre, pese a su edad, mantiene aún buen cuerpo. ¿Seguro que como hombre tendrás tus técnicas para conseguirlo? Además, “eres un cabronazo, he notado como se te pone dura cuando hablamos de ello”. ¡En el fondo deseas follarte a mi madre!
No me esperaba aquello, pero pese a todo intente vanamente convencerla de que estaba equivocada: -¡Estas loca!. Aunque, es verdad que tu madre se conserva bastante bien. Pero, ¡yo te quiero a ti!. Esa noche follamos con bastante apasionamiento, aunque en ciertas ocasiones reconozco que me folle a mi esposa con el pensamiento puesto en el cuerpo de su propia madre. ¡Que locura! ¡aquella situación me estaba llevando a excitaciones inconcebibles! Tras lo ocurrido esa noche mi esposa no volvió hablarme más del tema, pensando que quizás me había arrepentido.
Una tarde, al salir del trabajo me tomé unas copas con unos compañeros de trabajo, pasándome más de la cuenta. Sabía que mi esposa no llegaría a casa hasta bastante tarde. Conduciendo, algo ebrio, al pasar cerca de la casa de mi suegra, decidí hacerle una visita. Normalmente a esas horas solía estar allí mi esposa. Al tocar en la puerta, mi suegra apareció en la misma, recibiéndome con cara de sorpresa. No obstante, le dije: Hola Palmira. ¡Vaya que guapa la veo hoy! Mi suegra, se extrañó bastante, verme aparecer por su casa en ese estado. No obstante, me pregunta: Pero Lucio… ¿has estado bebiendo? -¿Que pasa suegra?. ¿Acaso un hombre no puede echarse unas copas de más? He estado con unos compañeros de trabajo, y quizás…luego mirándole le dije: ¿No está Elena con vd?
-mi hija se acaba de marchar hace unos momentos- me contesto aquella, algo nerviosa ante mi estado, y especialmente al ver como la miraba. Entonces, bastante excitado pese a mi estado de ebriedad, me acerqué y le dije: ¿es que no va a saludarme? ¿tan ebrio me ve? Mi suegra se puso algo nerviosa, agitada, y casi sin querer permitió que la abrazara. Ella pudo notar el olor a alcohol, pese a que, en realidad, no me encontraba tan mal como pretendía aparentar. La abrace dándole un buen apretón, hasta el punto de que una de mis manos, como si no lo quisiera, se depositó en el trasero de mi suegra. Esa acción la puso bastante agitada. Intentó retirar mi mano de su trasero, pero yo la apreté más fuerte tocando en ese momento toda su nalga derecha, sorprendiéndome de lo dura que tenía aún las carnes aquella mujer. -Oh Lucio. Tranquilízate… ¿Cómo se te ocurre tomar de esa forma? Me dijo, intentando quitarme de encima de ella, e intentando zafarse de mi abrazo. Luego me llevó hasta el sofá de la sala estar y me hizo sentar.
Me dijo: -espere, ¡voy a llamar a mi hija para que venga a buscarlo!. ¡Así no puede conducir!
-Eh suegra. Tranquilícese. ¡No llame a su hija! Ella está tranquila en casa. Ya vere después como me acerco. ¿vaya parece que quiera echarme de su casa? le conteste al momento. ¡Claro que no Lucio! Pero ¿así no puedes conducir? Me contestó algo nerviosa.
-Entonces ¿no le importará que me quede aquí hasta que se me pase? La verdad es que me pase con la bebida. No quiero preocupar a su hija, ni tampoco que me vea en este estado. Le conteste.
-Vale. Puedes quedarte hasta que se te pasen los efectos. Terminó diciéndome ella, como resignada, pero notándola algo intranquila. Al rato, cuando observó que me levanté, e intenté caminar hasta el baño, dando unos traspiés, aparentando que perdía el equilibrio. Realmente me hice más de lo que realmente estaba. Mi suegra se acercó al momento, ayudándome, diciendo: ¿A dónde va?... ¿no ve que no se tiene en pie?
-Ay Palmira. Es que tengo que orinar. ¿No querrá que me orine en mis pantalones? le comente. Vale. Se quedó algo nerviosa, agitada. Luego termina por decirme: ¡Espere que le ayudo a llegar al baño! Ella me puso su cuerpo para que me apoyara en ella, y yo le pasé la mano por el cuello, y así pude entrar en el baño, acercándome hasta donde se situaba el inodoro. Allí me hice el tonto, como que intentaba buscar mi bragueta, sin conseguirlo. Mi suegra se puso bastante nerviosa, dudando cómo reaccionar. Note los nervios de la mujer ante una situación que no esperaba. La agitación se apoderó de la misma, escuchando como me preguntaba: Pero Lucio. ¿no pretenderá que tenga que sacársela para que orine? -Ay suegra. Es que no me tengo en pie. Ni atino ni a sacarla. … al tiempo que aparenté que me iba a caer. Quería saber hasta dónde estaba dispuesta mi suegra a llegar.
Palmira se puso más nerviosa y agitada. No obstante, sin esperármelo, se colocó delante, me bajo el cierre de la bragueta, y con nerviosismo, observo que introduce la mano por la misma, y tras apartar mi slip, alcanzó mi pene. Percibí el tremendo estremecimiento de la mujer al palpar por vez primera mi daga. La realidad es que en esos momentos mantenía una empalmadura de las grandes, debido a todo lo que estaba aconteciendo. Me di cuenta, que la mujer se detuvo. Pero, pese a todo, tomó mi verga por el tronco y la extrajo fuera del pantalón. Pude verificar ¡la cara de asombro al contemplar mi pene! Pese a encontrarme un poco bebido, la realidad es que aquella acción me excitó, y comprobar como mi suegra era capaz de extraer mi falo, hizo incrementar mi erección. La madre naturaleza me ha provisto de un pene bien dimensionado, no solo en longitud, sino también en grosor. Al tomar mi macana en su mano, Palmira comprobó como aún creció unos centímetros más. La mujer no pudo evitar fijar su mirada en mi pene, constatando las gruesas venas que lo circundaban, percibiendo su enrojecimiento. No obstante, intenté aparentar tranquilidad y comencé a orinar como pude. La mujer mantuvo mi polla en su mano mientras realizaba mi necesidad urinaria. Cuando por fin terminé, ella tomo un poco de papel y me limpió el glande. -Oh Lucio. ¿No diga nada de esto a mi hija? ¿Qué locura? ¿Ni a mi esposo le hice esto en vida? Me contesto avergonzada. -Gracias suegrita. ¡Tenía bastantes ganas! ¡Si no me hubiera ayudado me habría orinado en los pantalones! y haciéndome el ingenuo, le pregunte: ¿de verdad nunca le toco el pene a su marido? La mujer me miró a la cara, sonrojada, algo agitada ante aquella intromisión en su privacidad, y me contestó: -claro que sí. …pero… ¡jamás tuve que ayudarlo a orinar de esta forma!
Intenté meterla dentro del pantalón, pero mi pene había crecido tanto, que aún se mantenía envarado. Al ver que le resultaba complicado poder devolverla al pantalón, me miró a la cara, nerviosa, agitada, sin saber que hacer …. .. diciéndome: ¿pero Lucio? Oh… ¿no me lo puedo creer?... ¿no me diga que ….. se ha empalmado? ¡que sinvergüenza! ¡Has aprovechado que te sacara el pene para excitarte con tu suegra! Me dijo con cierto enojo.
-Oh suegra… es que… ¡se me ha puesto así sin querer! Le dije. No se enfade.
-Ya… ¡en el fondo todos los hombres son iguales! Terminó exclamando. Intenté meterme el pene dentro, pero seguía erecto, y aproveché el momento para volver aparentar que me iba a caer. Eso motivo que fuera ella misma la que terminó por sujetarme, bajando la tapa del inodoro para hacerme sentar sobre ella, a fin de que no me cayera. Al verme en aquella lid, sentado, pero con toda mi mandarria fuera del pantalón mirando hacia el cielo, note nuevamente el enrojecimiento de la mujer. Pese a su pulcritud, mi suegra no pudo apartar la miraba de mi verga. Era evidente, que Palmira, pese a todo, era una mujer que aún mantenía la libido sexual activo, y presenciar a su yerno con toda su verga erecta ante su presencia, era algo que evidentemente la excitó. -Gracias Palmira. ¿Siento que me vea en esta situación?… pero, creo que hoy me he pasado con la bebida. Le dije intentando romper el silencio, y justificando mi situación.
-Ya. Pero,.…¿me quiere explicar porque se le ha puesto su pene de esa forma? ¿En qué estaba pensando?... ¿es que mi hija no le atiende? me terminó preguntando....fin del primer capitulo...