Novios descubren un nuevo sexshop Glory Hole inolvidable
Era un sábado por la tarde soleado de finales de primavera en Madrid, el tipo de día en que el sol se filtra a través de las cristaleras del centro comercial de Gran Vía, bañando todo en una luz dorada y perezosa. Ana y Pablo, ambos de veinte años recién cumplidos, acababan de terminar de comer en un rincón cutre pero reconfortante del tercer piso: un Burger King improvisado donde las mesas pegajosas y el olor a fritanga se mezclaban con el bullicio de familias y parejas apresuradas. Habían devorado unas hamburguesas dobles con extra de queso derretido, patatas crujientes empapadas en kétchup y un par de refrescos que les dejaban la boca efervescente. Mientras masticaban, charlaban de tonterías universitarias que les unían como pegamento: Ana, en su segundo año de Bellas Artes en la Complutense, soñando con exposiciones imposibles y lienzos que capturaran el caos de su mente; Pablo, en Ingeniería Informática en la Politécnica, perdido en códigos y bugs que lo mantenían despierto hasta las tres de la mañana. Llevaban saliendo 1 año, una relación que había empezado con un beso torpe en una fiesta de la resi y que ahora florecía en noches de Netflix interrumpidas por sexo improvisado y mañanas de resacas compartidas.
Ana era esa chica que pasaba desapercibida en una multitud, pero que te atrapaba si la mirabas de cerca. Medía un metro sesenta y dos, con una melena castaña ondulada que le caía hasta los hombros como una cascada desordenada, ojos azules que brillaban con picardía cuando se reía, y un cuerpo delgado que ella misma describía como "de tabla de planchar".
Sus curvas eran suaves, discretas: caderas estrechas que apenas llenaban sus vaqueros ajustados, un culo redondo pero no espectacular –lo suficiente para que Pablo lo agarrara en la cama, pero no para voltear cabezas en la calle–, y un pecho que rozaba la copa A en el mejor de los días. Siempre había odiado eso, su "planchita", como la llamaba en broma con sus amigas para disimular el pinchazo de inseguridad.
En el instituto, las chicas con tetas grandes eran las reinas indiscutibles: las que desabotonaban un botón extra en la blusa para captar miradas, las que Pablo y sus amigos devoraban en las revistas escondidas bajo el colchón. Ana, con su 75A, se sentía como una silueta en blanco y negro en un mundo de colores vibrantes. Se compraba sujetadores acolchados, tops escotados que prometían milagros, pero nada cambiaba el espejo que le devolvía una versión de sí misma que le parecía incompleta.
Pablo, en cambio, era el prototipo de chico guapo que sobrevive a la universidad sin esfuerzo. Alto, un metro ochenta y cinco de puro desgarbo encantador, con pelo castaño revuelto que le caía sobre la frente y una sonrisa ladeada que derretía a cualquiera –incluida ella, por supuesto–. Sus ojos azules tenían esa chispa juguetona, y su cuerpo atlético, forjado en partidos de fútbol improvisados con los colegas, lo hacía irresistible en shorts. Pero Pablo era leal, de esos que te manda memes a las tres de la mañana y te prepara café cuando estás de bajón menstrual. Su polla, en los momentos de intimidad, era… normal, 14 centímetros en erección completa, recta y confiable, con una cabeza rosada que Ana lamía con cariño en sus mamadas perezosas de domingo. El sexo con él era tierno, predecible: misionero con besos en el cuello, ella encima cabalgando despacio mientras él le masajeaba las caderas, y finales en condón que dejaban un regusto a "bien, pero podría ser más". No había fuegos artificiales, solo una brasa constante que les calentaba las noches.
Mientras bajaban por la escalera mecánica, con las barrigas llenas y las manos entrelazadas, Pablo señaló con el dedo índice hacia un local nuevo que destellaba como un faro pecaminoso en medio del caos comercial. "¡Mira eso, Ana! ¿Han abierto un sex shop aquí dentro? Joder, qué huevos tienen los dueños".
El cartel rezaba "Placeres Infinitos – Todo para tu Deseo" en letras rojas curvadas como el arco de un orgasmo suspendido, con neones parpadeantes que dibujaban siluetas estilizadas de cuerpos entrelazados. El centro comercial, normalmente un hervidero de madres empujando carritos con bebés llorones, adolescentes pegados a TikToks y parejas discutiendo por el color de las cortinas, parecía hacer la vista gorda ante esa adición tan descaradamente erótica. Era como si el edificio entero conspirara para ignorarlo, pero para Ana y Pablo, era un imán irresistible. "Venga, entramos a echar un vistazo rápido", propuso él con una risa pícara, tirando de su mano con esa energía infantil que siempre la desarmaba.
Ella dudó un segundo, sintiendo un cosquilleo traicionero en el estómago –no era mojigata, había visto porno en solitario y hasta probado un vibrador barato comprado online–, pero algo en el aire cargado de promesas prohibidas la ponía nerviosa, como si cruzar esa puerta fuera firmar un pacto con el diablo. "Vale, pero si nos ven mis padres por casualidad, les digo que era una tienda de lencería fina para novias", bromeó ella, siguiéndole el juego mientras su pulso se aceleraba un poquito.
Al cruzar la puerta de cristal oscuro, un timbre suave y sensual los saludó, como un susurro en la nuca, y el mundo exterior se desvaneció de golpe. El sex shop era enorme, mucho más grande de lo que su fachada discreta prometía: dos plantas repletas de estanterías metálicas relucientes, cargadas hasta los topes de tesoros prohibidos que brillaban bajo luces tenues en tonos púrpura y rosa. El aroma era una sinfonía embriagadora: silicona virgen recién desempaquetada, lubricante con esencia de vainilla que se colaba en las fosas nasales, y un leve toque de incienso supuestamente afrodisíaco que pretendía evocar cuevas de placer ancestral. Las sombras juguetones que proyectaban las luces invitaban a tocar, a explorar, a romper tabúes con la yema de los dedos. En la entrada principal, un expositor masivo de vibradores los recibió como un ejército en formación: del modelo slim y discreto, perfecto para bolsos de oficina, al monstruoso con venas protuberantes y una cabezota que prometía éxtasis interdimensional. Colores imposibles –magenta chillón, negro mate, rosa pastel– y formas que desafiaban la anatomía humana: unos con orejas de conejo que vibraban independientemente, otros con succionadores que simulaban lenguas incansables. Ana soltó una carcajada nerviosa al ver uno en particular, un dildo con apéndices extraños que parecían tentáculos. "¡Dios mío, esto parece un zoo de juguetes alienígenas! ¿Para qué demonios sirve ese brazo curvado ahí? ¿Para llegar a Marte?".
Pablo se rio a carcajadas, ese sonido grave y contagioso que le hacía cosquillas en el vientre, y cogió el vibrador en cuestión, fingiendo usarlo como un micrófono de karaoke. "¡Atención, señoras y señores del centro comercial! El rey del placer ha llegado para conquistar vuestros coños y pollas. ¡Aplausos!".
Ana le dio un codazo juguetón, pero no pudo evitar unirse a la risa, el rubor subiéndole por el cuello. Siguieron explorando, mano a mano, como dos niños traviesos en una pasteleria infinita donde los caramelos eran promesas de orgasmos. Pasaron por la sección de lencería, un pasillo entero dedicado a la seducción textil: conjuntos de encaje negro que dejaban los pezones al aire como un secreto a medio revelar, ligueros con medias de rejilla hasta el muslo que susurraban "fóllame contra la pared", y arneses de cuero crujiente con hebillas metálicas que Ana miró con una ceja arqueada, imaginando escenas de dominación suave. "Eso es para ti, ¿no, Pablo? Para atarme a la cama y hacerme rogar", susurró ella al oído de él, mordiéndose el labio inferior con esa coquetería que sabía que lo ponía a mil. Él se sonrojó hasta las orejas, pero le devolvió el gesto con un pellizco disimulado en el culo, a través de los vaqueros. "Tentador, amor, muy tentador. Pero primero veamos si hay algo para novatos como nosotros, que aún follamos como adolescentes torpes".
En las estanterías de condones, el festival de ridiculez continuó: paquetes con sabores imposibles –fresa silvestre, chocolate belga, incluso uno con "textura de burbujas efervescentes" que prometía cosquilleos internos–. Se rieron hasta que les dolía la barriga, imaginando las caras de sus amigos si les contaban la anécdota en el grupo de WhatsApp. "Oye, ¿y si compramos el de sabor a paella? Para ambientar nuestras folladas patrióticas", bromeó Pablo, agitando un paquete con fingida seriedad, y Ana le dio un manotazo fingido en el brazo, pero el roce de sus dedos en su piel la hizo sentir un calorcillo traicionero entre las piernas. Era el ambiente: el roce constante de sus cuerpos en los pasillos estrechos, el zumbido lejano de algún vibrador en prueba, las portadas de revistas porno que asomaban con tetas y pollas en primer plano. Ana no era virgen en fantasías –había pasado noches sola con el portátil, buscando "gangbang interracial" en modo incógnito–, pero esto era real, tangible, y la excitaba de una forma que no esperaba.
Siguieron deambulando, deteniéndose en la sección de libros eróticos: novelas con cubiertas de mujeres atadas, títulos como "La Sumisa Desatada" o "Polvos Prohibidos en la Oficina". Pablo hojeó uno con una sonrisa lobuna. "Mira esto: 'Él la penetró con furia, mientras ella gritaba su nombre'. ¿Suena a nosotros?". Ana rodó los ojos, pero se imaginó la escena, su coño contrayéndose levemente. "Somos más de 'Él la penetró con cariño, mientras ella chequeaba el móvil por si había notificaciones'". Más risas, más roces. Pasaron por los aceites de masaje, oliendo frascos de jazmín y canela que les dejaban las manos resbaladizas. "Esto para esta noche", murmuró Pablo, oliendo sus dedos pegados a la nariz de ella. "Te unto entera y te como despacio". Ana sintió un pulso en el clítoris, pero lo disimuló con una palmada en su pecho.
Pero el buen rollo, esa burbuja de diversión inocente, empezó a torcerse como un nudo en la garganta cuando llegaron a la sección de películas. Era un rincón apartado, semioculto detrás de una cortina de terciopelo negro, con pantallas pequeñas de quince pulgadas reproduciendo loops mudos de porno hardcore: gemidos silenciosos que se adivinaban en los labios entreabiertos, cuerpos sudorosos chocando con un ritmo hipnótico, pollas entrando y saliendo de coños depilados con una precisión quirúrgica. El aire allí era más denso, cargado de un olor a deseo rancio, como si generaciones de curiosos hubieran dejado su huella invisible. Pablo se detuvo en seco frente a un estante etiquetado en letras cursivas: "Busty Beauties – Tetazas Explosivas". Las portadas eran un carnaval de silicona desbocada: actrices rubias con melones imposibles, pechos que desafiaban la gravedad newtoniana, saltando al ritmo de títulos obscenos como "Tetas que Matan: La Venganza del Lactante" o "Milking the Maid: Leche y Más Leche". Una en particular mostraba a una morena tetona con los pezones perforados, leche materna falsa chorreando por su abdomen plano mientras un tipo la follaba por detrás. Pablo se quedó mirando, los ojos vidriosos, una media sonrisa en los labios.
Ana sintió un pinchazo agudo en el pecho, literal, como si alguien le hubiera clavado un alfiler en el corazón. Miró su propia camiseta blanca ajustada, que apenas insinuaba curvas bajo el sujetador acolchado que usaba como armadura diaria –ese push-up barato de Primark que prometía un milagro pero solo lograba un leve bulto–. "Joder, Pablo, ¿en serio? ¿Esto es lo que te pone tanto?". Su voz salió más aguda de lo que pretendía, con un filo de celos afilado como una navaja que no pudo –o no quiso– disimular.
El enfado era un viejo conocido: flashbacks de instituto inundaron su mente. Recordaba esa fiesta de fin de curso, cuando vio a Pablo besando a Laura, la capitana del equipo de voleibol, con sus tetas DD presionadas contra su pecho. "Solo fue un beso", le había dicho él después, con ojos de cachorro arrepentido. O las noches en que lo pillaba mirando el Instagram de influencers curvilíneas, el scroll infinito de culos y pechos que lo hipnotizaba. Ana se cruzó de brazos, apretando los codos contra sus costados planos, sintiendo el calor subirle a las mejillas como lava.
Pablo se giró hacia ella, confundido al principio, luego con un gesto de culpabilidad. "Eh, ¿qué pasa, amor? Solo miro, es como ver un Ferrari en un concesionario de lujo. No significa que quiera cambiar mi… mi Volkswagen por él". Intentó bromear, pasando un brazo por sus hombros, pero Ana ya estaba molesta, el pinchazo convirtiéndose en una quemadura. "Sí, claro, un Ferrari con pezones rosados y silicona que rebota como en un anuncio de Red Bull. Genial, Pablo. Me encanta que mi novio se empalme mirando tetonas mientras yo estoy aquí, con mi plancha de pecho".
Se zafó de su abrazo con un movimiento brusco, el corazón latiéndole fuerte contra las costillas. Pablo suspiró, rascándose la nuca. "Venga, no seas tonta, Ana. Tú eres perfecta para mí. Tus tetitas son… adorables, únicas. Me vuelven loco cuando las chupo". La palabra "adorables" fue el detonante final, un eufemismo condescendiente que sonaba a consuelo barato, como decir "estás mona" en vez de "estás buena". Ana apretó los labios, conteniendo las lágrimas de rabia. "Adorables, claro, como un perrito falderol”. “Me voy al baño, necesito un momento para no darte un guantazo".
Sin esperar respuesta, se alejó por el pasillo iluminado con pasos rápidos, el eco de sus zapatillas contra el suelo de linóleo resonando en sus oídos. El enfado era una excusa conveniente; en realidad, era una tormenta perfecta de inseguridad y un calor traicionero que le subía por el vientre. El sex shop la había excitado más de lo que admitiría en voz alta: el roce constante de la mano de Pablo en la suya, el zumbido imaginario de los vibradores colándose en su mente, las portadas explícitas que le aceleraban el pulso. Pero ver a Pablo babeando por esas tetonas irreales la había herido en lo más hondo, reabriendo heridas viejas. Recordaba las primeras veces que se desnudaron: ella cubriéndose el pecho con los brazos, él apartándolos con gentileza. "No hace falta, eres preciosa".
Pero en sus ojos, a veces, veía el destello de decepción. O peor, de indiferencia. El dolor se transformaba en rabia, en un deseo salvaje de rebelarse, de reclamar algo que fuera solo suyo, prohibido y sucio. Siguió las señales fluorescentes parpadeantes: "Baños y Cabinas – Planta Baja". Bajó las escaleras mecánicas con el estómago revuelto, notando cómo el bullicio del piso superior se atenuaba hasta convertirse en un murmullo distante. Abajo, el aire era más denso, cargado de un olor almizclado que no era solo lubricante –era sudor, semen viejo, deseo crudo.
Al llegar al final de las escaleras, el pasillo se estrechaba en una zona semioculta, con puertas de madera astillada y letreros desvaídos. Vio una puerta entreabierta con un cartel torcido: "Cabinas Privadas – Acceso Restringido". Justo en ese momento, la puerta se abrió del todo, y una chica salió de allí: veintitantos años, morena con el pelo recogido en una coleta deshecha, labios pintados de rojo sangre que ahora estaban hinchados y brillantes.