El médico me folla delante de mi marido
Nunca imaginé que una cena de domingo acabaría con mi marido apuntándome a un estudio sobre mi propio placer sin pedirme permiso, y mucho menos que aquello me excitaría más que cualquier otra cosa que hubiera hecho con él.
Llevábamos quince años casados. Quince años de cenas puntuales, de viajes programados, de sexo los sábados por la noche cuando el cansancio no podía más. Joaquín era un buen hombre. Un médico de prestigio, respetado en el hospital, con una agenda que nunca dejaba espacio para lo imprevisto. Yo era su esposa perfecta: la que organizaba las cenas con los compañeros de trabajo, la que sonreía en las fotos de las revistas de la clínica, la que llevaba el vestido adecuado en cada ocasión. Sofía, treinta y ocho años, morena de ojos verdes, un cuerpo que el gimnasio mantenía firme pero que el tiempo empezaba a reclamar con pequeñas señales: una arruga aquí, una flacidez apenas perceptible allí. Nada grave. Nada que él notara.
Pero esa noche, mientras servía el postre, Joaquín soltó la bomba con la misma naturalidad con la que pedía el café.
—Por cierto, te he apuntado a un estudio.
—¿Un estudio?
—De respuesta sexual femenina. Lo lleva Carlos, mi compañero de quirófano. Necesita mujeres de entre treinta y cinco y cuarenta años, sin disfunciones aparentes. He pensado que podrías ser voluntaria.
Dejé la cuchara sobre el plato. No supe si reírme o enfadarme.
—¿Me has apuntado a un estudio sobre el sexo sin consultarme?
—Es solo una entrevista —dijo él, con esa sonrisa suya que siempre usaba para desactivar conflictos—. Una charla íntima, nada más. Además, es para la ciencia.
Esa noche, mientras él se dormía con la tranquilidad de quien ha cumplido con su deber, yo me quedé despierta mirando el techo. No era la propuesta en sí lo que me inquietaba. Era la forma en que él lo había dicho. Como si mi cuerpo fuera un dato más que podía ser compartido sin mi consentimiento.
Y sin embargo, algo en mi vientre se había contraído al oírlo. Algo que no quería reconocer.
La primera sesión fue una semana después. El despacho de Carlos estaba en la planta baja del hospital, una sala blanca y aséptica que olía a alcohol y a papel. Él me recibió con una sonrisa profesional, la mano firme, la mirada directa. Cuarenta y dos años, moreno, ojos marrones que parecían escudriñar más allá de lo visible. Llevaba una bata blanca, pero la había dejado abierta sobre una camisa azul claro. No llevaba corbata.
Joaquín se quedó en la sala de espera. "Para no interferir en el estudio", había dicho. Pero antes de cerrar la puerta, me lanzó una mirada que no supe interpretar. ¿Complicidad? ¿Curiosidad? ¿O era mi imaginación?
—Siéntate, Sofía —dijo Carlos, señalando el sillón de la consulta—. Esto va a ser una entrevista informal. No hay respuestas correctas o incorrectas.
Me senté. El sillón era de cuero negro, y al recostarme sentí que la tela de mi falda se subía unos centímetros. Carlos lo notó. No apartó la mirada.
—Cuéntame sobre tu vida sexual —empezó, y la pregunta era tan directa que me hizo tragar saliva.
—¿Ahora?
—Sí. Sin rodeos. Describe cómo es tu intimidad con tu marido.
Hablé durante diez minutos. Le conté lo rutinario que se había vuelto, la frecuencia, la falta de sorpresa. Él escuchaba sin interrumpir, tomando notas en una libreta. Sus dedos eran largos y firmes, las uñas limpias. Me fijé en cómo movía el bolígrafo, en la presión que ejercía sobre el papel.
—¿Sientes deseo? —preguntó de repente—. No hacia tu marido. En general. ¿Sientes deseo?
Su mirada se había vuelto más intensa. El tono ya no era clínico. Era íntimo. Casi confidencial.
—A veces —respondí, y mi voz sonó más ronca de lo que pretendía.
—¿Cuándo fue la última vez que te tocaste?
El calor subió a mis mejillas. Nunca había hablado de eso con nadie. Ni siquiera con Joaquín.
—No lo recuerdo —mentí.
Carlos dejó la libreta. Se inclinó hacia mí, y su voz bajó de tono.
—Para establecer una línea base, necesito ver cómo responde tu cuerpo a la estimulación. ¿Te importa si…?
Su mano se posó sobre mi rodilla. El contacto fue suave, pero el calor que transmitía era abrasador. No aparté la pierna.
—Solo un momento —dijo, y su mano subió unos centímetros, rozando la tela de mi falda—. No voy a hacer nada que no quieras. Pero necesito que confíes en mí.
No dije nada. No pude. Su mano siguió subiendo, y cuando sus dedos rozaron la tela de mis bragas, sentí que la humedad empezaba a brotar. No era solo su tacto. Era el hecho de que Joaquín estuviera al otro lado de la puerta. Era el vértigo de que alguien me estuviera tocando, con permiso, en un lugar donde nadie debía tocarme.
—Estás mojada —dijo, y su voz era un susurro—. Eso es buena señal. Significa que tu cuerpo responde.
Mis dedos se aferraron al borde del sillón. Su mano se deslizó bajo la tela, y sentí sus dedos recorriendo mi humedad, rozando mis labios, encontrando el centro de mi placer. El contacto fue eléctrico. Mi cadera se movió sin querer.
—Así —murmuró, y su dedo trazó un círculo lento alrededor de mi clítoris—. Así se siente el deseo verdadero, Sofía. No el que te dan los sábados. El que brota de ti.
No pude controlarlo. El orgasmo llegó como una ola, corto e intenso, y sentí cómo mi cuerpo se contraía alrededor de su dedo. Un gemido escapó de mis labios, apenas ahogado por mi propia mano. Cuando abrí los ojos, Carlos sonreía.
—Perfecto —dijo, retirando la mano lentamente—. La próxima sesión será más completa. Joaquín te explicará.
Salí de la consulta con las piernas temblorosas. Joaquín estaba en la sala de espera, con el teléfono en la mano. Cuando me vio, sonrió.
—¿Ha ido bien?
—Sí —mentí—. Solo una charla.
Él se levantó y me besó la frente. Pero en sus ojos había un brillo que no recordaba haber visto antes. El mismo brillo que vi aquella noche, cuando me tumbó sobre la cama y me penetró con una intensidad que no le conocía.
—La próxima sesión va a ser más completa —dijo, mientras empujaba dentro de mí—. Y yo voy a estar dentro.
Su voz era un susurro, pero su embestida fue firme. Y yo, sintiendo el calor de su cuerpo sobre el mío, supe que aquello no era casualidad. Aquel estudio era una fachada. Y la fachada estaba a punto de caerse.
Parte 2 – La exploración
La segunda cita llegó como una tormenta que sabía que iba a desatarse, pero que no quería evitar. Joaquín había cambiado en los días anteriores: más atento, más cercano, pero también más distante en la forma de mirarme, como si estuviera esperando algo. Esa noche, antes de salir, me detuvo en el pasillo.
—Esta vez voy a entrar contigo —dijo, y no era una pregunta.
Su voz no dejaba espacio para la réplica. Yo asentí con la cabeza, sintiendo el latido de mi corazón en el pecho y el calor que empezaba a acumularse entre mis piernas. No sabía qué iba a pasar, y esa incertidumbre me excitaba más de lo que estaba dispuesta a admitir.
El despacho de Carlos estaba igual que la primera vez, pero hoy el sillón de cuero negro había sido reemplazado por una camilla cubierta con una sábana blanca. Instrumentos quirúrgicos brillaban en una bandeja metálica, aunque no parecían amenazantes. Carlos nos recibió con la misma sonrisa profesional, pero en sus ojos había algo más: un destello de complicidad cuando sus ojos se encontraron con los de Joaquín.
—Siéntate donde quieras —dijo Carlos, señalando una silla al fondo de la habitación.
Joaquín se sentó a dos metros de la camilla, con las piernas cruzadas y las manos apoyadas sobre el muslo. Su postura era relajada, pero su mirada estaba fija en mí.
—Túmbate boca arriba, Sofía —pidió Carlos, y su voz era firme—. Abre la bata.
Mis dedos temblaron al desabrochar los botones. La bata blanca se abrió, dejando al descubierto mi cuerpo desnudo. No llevaba ropa interior. Así me lo habían pedido. El aire de la consulta rozó mi piel, erizándola, y los ojos de los dos hombres recorrieron mis curvas con una lentitud que me hizo arder por dentro.
—Voy a hacer una exploración completa —dijo Carlos, y sus manos encontraron mis pechos con una firmeza clínica que no dejaba espacio para la duda—. Necesito comprobar la respuesta de los pezones al estímulo.
Sus dedos rodearon mis pezones, primero el izquierdo, luego el derecho. La presión era exacta, medida, pero debajo de esa precisión se escondía un conocimiento íntimo. Mis pezones se endurecieron al instante, y un gemido silencioso escapó de mis labios.
—Bien —dijo Carlos, y sus manos descendieron por mi vientre hasta encontrar el calor de mi sexo—. Ahora voy a comprobar la respuesta vaginal. Descríbeme lo que sientes, Sofía. Tu marido necesita oírlo.
Sus dedos encontraron mi humedad, y cuando rozaron mi clítoris, mi cadera se movió instintivamente hacia él. No podía evitarlo. La presencia de Joaquín, observando desde la silla, convertía cada caricia en una confesión.
—Siento… calor —dije, y mi voz era apenas un hilo—. Una presión… que sube…
—¿Y aquí? —preguntó Carlos, y sus dedos se deslizaron dentro de mí, buscando el punto que hacía temblar mis piernas.
—Más… más fuerte…
Joaquín se inclinó hacia adelante. Su mirada era intensa, y en sus ojos vi algo que no esperaba: deseo. No el deseo rutinario de los sábados. Otro. Más oscuro, más hambriento.
—Sigue, Carlos —dijo, y su voz era un susurro—. Quiero verla.
Los dedos de Carlos se movían más rápido, y yo sentía cómo el placer se acumulaba, cómo todo mi cuerpo se tensaba. Cuando el orgasmo llegó, fue un susurro y un grito al mismo tiempo, y sentí cómo mi sexo se contraía alrededor de sus dedos. Los dos hombres me observaban, y su mirada compartida era parte de aquel placer.
—Perfecto —dijo Carlos—. Pero para el estudio necesito una medición más profunda.
Su mano se deslizó hacia la bragueta de su pantalón. No aparté la mirada. El pene que emergió era grueso, la cabeza brillante de líquido preseminal. Joaquín se levantó de la silla y se acercó a la camilla. Su mano encontró la mía, y sus dedos se entrelazaron con los míos.
—¿Quieres que siga? —preguntó Carlos, y su mirada buscaba la mía.
Miré a Joaquín. Él asintió con la cabeza, y en sus ojos vi una entrega que nunca le había conocido.
—Sí —respondí, y la palabra era un susurro y una confesión.
Carlos se colocó entre mis piernas. Sentí la presión de su pene contra mi entrada, y cuando entró, fue lento, medido, como un experimento que exigía precisión. El calor de su carne llenándome era diferente al de Joaquín. Más intenso, más inmediato. Mi marido seguía sujetándome la mano, y sus dedos apretaban los míos mientras el otro hombre se movía dentro de mí.
—¿Qué sientes? —preguntó Carlos, y su voz temblaba apenas.
—Siento… que voy a correrme —respondí, y las palabras eran un gemido.
—Hazlo —dijo Joaquín, inclinándose sobre mí—. Correte para él.
La mezcla de su voz, la mirada de Carlos, la humedad de su carne dentro de mí, todo se fusionó en un instante que me desgarró por dentro. El orgasmo fue profundo, líquido, y sentí cómo mi cuerpo se contraía alrededor de él mientras él mismo llegaba al límite, su calor derramándose dentro de mí.
Cuando terminó, se retiró lentamente. Joaquín seguía sujetándome la mano. No había mirado a su amigo. Solo me miraba a mí.
—La próxima vez —dijo, y su voz era un susurro— no voy a estar solo mirando. Y no va a ser solo él.
Sus palabras flotaron en el aire como una promesa. Y mientras Carlos se ajustaba la ropa y Joaquín me ayudaba a cerrar la bata, supe que aquel estudio, aquel juego de espejos, apenas comenzaba.