Joven satisface el deseo de una mujer madura

 Deseo un hombre joven que me haga gozar. Lo siento desde que entro en la habitación y lo veo esperándome, de pie junto a la ventana, con la luz de la tarde dibujando los contornos duros de su cuerpo. Tiene veintitantos, la piel tersa, los brazos fuertes, esa energía inquieta que aún no ha aprendido a moderar. Yo tengo casi el doble de su edad, y mi cuerpo lo sabe: las curvas más suaves, los pechos pesados, el vientre que ha conocido placeres y el tiempo. Pero mi clítoris aún reclama el placer con la misma urgencia de siempre. Late, hinchado, esperando.


Me acerco sin prisa. Él me mira como si fuera la primera vez que ve a una mujer que no se disculpa por desear. Sonrío, lenta, y desabrocho mi blusa. Los botones ceden uno a uno. Mis pechos quedan al descubierto; los pezones ya duros rozan el aire fresco.


—Quiero que me folles como se debe —le digo, con la voz baja, ronca—. Que me abras. Que sientas cómo me mojo solo de verte.


Él traga saliva. Se acerca. Sus manos jóvenes, grandes, suben por mis costados hasta apretar mis pechos. Los masajea con fuerza, sin miedo a marcarme. Gimo cuando sus pulgares rozan los pezones y los tiran un poco.


—Dime qué quieres —susurra contra mi cuello.


—Que me comas el coño hasta que tiemble. Que después me lo metas entero y me hagas correrme en tu polla. Y que al final te corras dentro de mí. Quiero sentirte llenarme.


Me empuja hacia la cama. Caigo de espaldas y él se arrodilla entre mis piernas. Me quita la falda y las bragas de un tirón. El aire frío me roza los labios hinchados. Estoy empapada. Él lo ve. Se inclina y pasa la lengua plana desde la entrada hasta el clítoris. Un gemido largo se me escapa. Mis manos se enredan en su pelo.


—Así… sí… lámelo despacio primero. Siente cómo me abro para ti.


Su lengua se mueve con hambre. Rodea el clítoris, lo succiona con suavidad, después con más fuerza. Dos dedos se deslizan dentro de mí sin dificultad. Estoy tan mojada que el sonido es obsceno, húmedo, delicioso. Los mueve en círculo, buscando ese punto que me hace arquear la espalda.


—Más profundo —le ordeno entre jadeos—. Fóllame con los dedos mientras me chupas. Quiero correrme en tu boca.


Obedece. Sus dedos empujan más fuerte, más rápido. Su lengua no se detiene. El placer sube en oleadas calientes. Mis muslos tiemblan a su alrededor. Siento el orgasmo acercarse como una marea que no puedo frenar.


—Voy a correrme… no pares… chúpame el clítoris fuerte… ¡sí!


El grito se me rompe en la garganta cuando el placer estalla. Mis caderas se levantan, empujando mi coño contra su cara. Él sigue lamiendo, bebiendo cada gota, sosteniendo mis temblores hasta que el último espasmo me deja temblando y sin aire.


No me da tiempo a recuperarme. Se pone de pie, se quita la ropa con movimientos rápidos. Su polla salta libre: gruesa, dura, la cabeza brillante de excitación. Me arrodillo en la cama y la cojo con ambas manos. La llevo a mi boca. La saboreo. La lengua rodea la cabeza, lamo el líquido pre-seminal, después la engullo hasta sentirla rozar mi garganta. Él gime, profundo, y sus manos se cierran en mi pelo.


—Joder… tu boca…


Saco la polla con un hilo de saliva uniendo mis labios a ella.


—Ahora métemela. Quiero sentirla entera dentro. Fóllame como una mujer madura se merece. Duro. Profundo. Hasta que me haga gozar otra vez.


Él me empuja de espaldas otra vez. Se coloca entre mis piernas abiertas. La cabeza de su polla roza mi entrada empapada. Empuja. Entra de un solo golpe, lento pero firme, hasta que sus caderas chocan contra las mías. El estiramiento es delicioso. Me llena por completo. Gimo alto, las uñas clavadas en su espalda.


—Más… muévete. Fóllame.


Empieza a embestirme. Primero con ritmo controlado, sacándola casi del todo y volviendo a hundirse hasta el fondo. Cada embestida me saca un sonido húmedo y un gemido. Mis pechos rebotan con cada embate. Él se inclina y los muerde, chupa un pezón mientras sigue follándome.


—Te sientes tan caliente… tan apretada —dice contra mi piel.


—Porque quiero tu polla. Porque mi coño te reclama. Más fuerte. Quiero que me dejes marcada por dentro.


Acelera. El sonido de piel contra piel llena la habitación. El chasquido húmedo de su polla entrando y saliendo de mi coño empapado es obsceno y perfecto. Siento cada vena, cada pulso. Mi clítoris roza su pubis en cada embestida profunda. El segundo orgasmo empieza a construirse, más intenso, más bajo en el vientre.


—Habla… dime qué sientes —le exijo, jadeando.

CAPITULO 2


—Que tu coño me aprieta como si quisiera quedarse con mi polla… que estás empapada… que quiero correrme dentro y llenarte…


—Hazlo. Pero primero hazme correrme otra vez. Fóllame el clítoris con tu polla. Presiona… ahí… ¡sí!


Cambia el ángulo. Cada embestida golpea exactamente donde necesito. Mis piernas se cierran alrededor de su cintura. Mis uñas le marcan la espalda. El placer sube, sube, se vuelve casi doloroso de tan intenso.


—Me corro… me estoy corriendo en tu polla… ¡no pares!


El orgasmo me destroza. Mi coño se contrae con fuerza alrededor de él, una y otra vez, exprimiéndolo. Grito su nombre, o tal vez solo sonidos rotos. Él no se detiene. Sigue embistiéndome a través de mis temblores, aprovechando cada contracción.


Cuando el orgasmo empieza a ceder, me voltea con facilidad. Me pone a cuatro patas. Entra de nuevo de un solo empujón, más profundo todavía. Esta posición me abre de otra forma. Siento la cabeza de su polla rozar puntos que me hacen ver estrellas. Me agarra de las caderas y empieza a follarme con fuerza, sin piedad, exactamente como quiero.


—Así… úsame… fóllame el coño hasta que no pueda más —le digo, la voz rota por los golpes—. Quiero sentir cómo te corres. Quiero tu semen caliente dentro. Lléname.


Él gruñe, el ritmo se vuelve irregular, más salvaje. Una de sus manos rodea mi cintura y baja hasta frotar mi clítoris hinchado y sensible. El tercer orgasmo me sorprende. Llega de golpe, violento, mientras él me embiste sin control.


—Voy a correrme… joder… tu coño…


—Dentro… córrete dentro de mí… siénteme… goza conmigo…


Un último empujón profundo. Se queda enterrado hasta el fondo y se corre. Siento los chorros calientes, espesos, llenándome. Cada pulso de su polla descarga más semen dentro de mi coño. Me empuja más fuerte, como queriendo meterlo todavía más adentro mientras se vacía. Gimo con él, sintiendo el calor esparcirse, el placer de una mujer madura que recibe todo lo que un cuerpo joven puede dar.


Seguimos unidos unos segundos, jadeando. Él se mueve un poco y siento su semen empezar a escurrir por mis muslos cuando su polla se ablanda ligeramente. Todavía dentro, me besa la nuca, el hombro.


—Otra vez —susurro, todavía con la voz ronca—. Cuando estés duro otra vez… quiero que me folles de nuevo. Mi clítoris aún reclama. Quiero sentir otra vez cómo te corres en mi coño.


Él ríe bajo, todavía jadeante, y sus manos vuelven a recorrer mi cuerpo con hambre renovada. Sé que esta noche no ha terminado. Sé que mi cuerpo maduro, hambriento y sin vergüenza, va a exprimir cada gota de placer que este hombre joven pueda darme. Y él va a descubrir, embestida a embestida, lo que significa realmente gozar con una mujer que sabe exactamente lo que quiere.

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