Me folle a la niñera de 20 años en Menorca
El avión había aterrizado en Menorca hacía apenas una hora, pero el sol ya se encargaba de recordarles que estaban en el Mediterráneo. Marc condujo la furgoneta alquilada por las estrechas carreteras que serpenteaban entre campos de piedra seca y viñedos, con los dos niños dormidos en los asientos traseros y el aire del mar entrando por las ventanillas abiertas.
—Es precioso —dijo Alba desde el asiento del copiloto, con la cabeza ligeramente inclinada hacia la ventanilla—. Nunca había estado en Menorca.
—Espera a ver la casa —respondió Laura desde atrás, con un tono de satisfacción—. Llevábamos meses mirando opciones y esta fue la que más nos gustó. Tiene piscina, jardín, y está completamente aislada. Justo lo que necesitábamos.
Marc asintió sin decir nada. Su mujer había organizado todo el viaje, como siempre. Él solo se había limitado a pagar y a decir "sí, cariño, lo que tú quieras". Pero cuando la furgoneta se detuvo frente a la finca, incluso él tuvo que admitir que Laura había acertado.
La casa era de piedra blanca, con ventanas de madera oscura y una terraza cubierta de buganvillas que caían como una cascada de flores violetas. La piscina brillaba al sol, rodeada de hierba bien cuidada y unas cuantas palmeras que se mecían con la brisa. Al fondo, el campo se perdía en un horizonte de olivos y almendros. No se veía ninguna otra casa. Solo ellos. Y el silencio.
—¡Es enorme! —exclamó Alba, saltando de la furgoneta antes de que Marc hubiera apagado el motor—. ¡Y tiene piscina!
Los niños se despertaron con el ruido y empezaron a gritar de emoción. Marc los ayudó a bajar mientras Laura abría la puerta de la casa. El interior era amplio y luminoso, con paredes blancas, techos de madera y muebles rústicos. Olía a lavanda y a madera vieja, y había una chimenea de piedra que nunca usarían en pleno julio.
—Hay tres habitaciones —dijo Laura, repartiendo las llaves—. La nuestra es la del fondo, la de los niños la de al lado, y Alba, tú tienes la de la derecha. Es pequeña pero tiene vistas al jardín.
—Perfecto —respondió Alba, dejando su mochila en el suelo—. Es mucho mejor que mi piso compartido en Barcelona, os lo aseguro.
Marc la observó mientras se estiraba, alzando los brazos por encima de la cabeza en un gesto que parecía tan natural como intencionado. Llevaba unos pantalones cortos de lino y una camiseta blanca que se le subió un par de centímetros, dejando ver un triángulo de vientre liso y bronceado. Apartó la mirada demasiado rápido, sintiéndose ridículo.
—Bueno —dijo Laura, rompiendo el momento—. ¿Qué tal si vamos a comprar algo para comer? Marc, tú te quedas con los niños y Alba, ¿te vienes conmigo? Así conoces el pueblo.
—Claro —respondió Alba con una sonrisa—. Me encantará.
Marc se quedó en la casa con los niños, que ya estaban correteando por el jardín. Los dejó jugar mientras él se sentaba en la terraza, con un vaso de agua en la mano, disfrutando del silencio. No duraba mucho, nunca, pero aquel lugar tenía algo especial. Una paz que no había sentido en años.
Y entonces, Laura y Alba volvieron.
—¡Todo listo! —anunció Laura desde la entrada, cargada con bolsas de tela—. Hemos comprado suficiente para tres días. Marc, ¿puedes ayudarme a guardar las cosas?
El se levantó, tomó una de las bolsas y entró en la cocina. Alba pasó a su lado, rozándole apenas el brazo con una disculpa que sonó más coqueta que sincera.
—Perdona, no te había visto.
—No pasa nada —respondió él, sintiendo un leve cosquilleo en el punto de contacto.
Guardaron la compra entre los tres, y Laura se puso a preparar algo rápido para comer. Marc salió al jardín para ver a los niños, que ya se habían quitado la ropa y estaban a punto de lanzarse a la piscina.
—¡Papá! —gritó el pequeño—. ¡Ven a ver cómo salto!
Se acercó a la piscina y se quedó de pie junto al borde, con las manos en los bolsillos. El agua era de un azul turquesa tan transparente que podía ver el fondo de baldosas blancas. Los niños chapoteaban y reían, y por un momento, todo era perfecto.
Entonces Alba salió de la casa.
Llevaba un bikini de tres triángulos, tan pequeño que parecía más un atrevido juego de telas que una prenda de baño. El top apenas cubría sus pechos, dos triángulos de tela negra unidos por finas cintas que se perdían en su espalda, dejando los costados completamente al descubierto. La parte de abajo era igual de mínima: un triángulo invertido que cubría justo lo necesario, con cintas que se anudaban en sus caderas y que parecían a punto de soltarse con cualquier movimiento. Su piel, con ese ligero tono dorado mediterráneo, brillaba bajo el sol, y el agua que aún resbalaba por sus piernas hacía que todo su cuerpo pareciera una promesa.
Marc sintió que el aire se le escapaba de los pulmones.
Ella no pareció notarlo, o quizá sí, quizá notó su mirada y decidió ignorarla con una naturalidad que solo podía ser ensayada. Se acercó al borde de la piscina y se dejó caer con un salto limpio, sin salpicar apenas. El agua la envolvió, y cuando salió a la superficie, su pelo rubio con reflejos dorados se pegó a su cara como una máscara líquida.
—¡Alba, Alba! —gritaron los niños—. ¡Ven a jugar con nosotros!
—¡Voy! —respondió ella, y empezó a saltar en el agua, moviendo los brazos y las piernas con una energía contagiosa.
Marc no podía apartar la mirada. Cada vez que Alba saltaba, sus pechos se movían bajo el minúsculo triángulo de tela, buscando una libertad que la tela apenas contenía. Sus pezones, duros por el agua fría, se marcaban contra el tejido como dos pequeños botones, y el movimiento constante hacía que el top se desplazara ligeramente, dejando ver la curva inferior de sus senos, el inicio de la areola, apenas un susurro de carne que desaparecía tan rápido como aparecía.
—¡Papá, la pelota! —gritó el pequeño.
La pelota había caído a los pies de Marc. La recogió, pero antes de que pudiera lanzarla, Alba salió del agua con una lentitud que no tenía nada de casual. El agua resbaló por sus piernas, por la curva de sus caderas, por su vientre, y cada gota que caía dejaba un rastro sobre su piel dorada como una caricia líquida. Se incorporó, arqueando ligeramente la espalda, y sus pechos se movieron bajo el diminuto triángulo de tela negra, buscando una libertad que la tela apenas concedía. El bikini, empapado, se había vuelto translúcido, dejando ver la sombra de sus pezones, la forma exacta de sus senos, la suavidad de la curva inferior.
Caminó hacia él con paso lento, casi felino. Sus caderas se balanceaban con una cadencia natural que no necesitaba ser ensayada. El agua goteaba por sus muslos, y el bikini se pegaba a su piel como una segunda membrana, marcando cada pliegue, cada curva. Cada paso era una promesa silenciosa, un movimiento que no pedía permiso pero que concedía todo.
Llegó hasta él y se detuvo a escasos centímetros. La distancia era mínima. Marc podía oler el cloro y el perfume de su piel, podía ver cómo el agua se deslizaba por el valle entre sus pechos, cómo la tela mojada se adhería a sus caderas, cómo la sombra del triángulo inferior se oscurecía justo donde el vello púbico se adivinaba apenas. Sus pezones, duros por el frío del agua o por la excitación, se marcaban bajo la tela como dos pequeños botones que reclamaban atención.
—¿Me das la pelota? —preguntó, y su voz era tan natural que casi parecía inocente.
Pero no lo era.
Alzó los brazos para recibir la pelota, y el movimiento hizo que su top se desplazara un par de centímetros. Marc vio el borde inferior de su pecho derecho, la sombra de la areola, el inicio de la curva que se perdía bajo la tela. Fue apenas un segundo, un destello, pero suficiente para que su cuerpo respondiera con un latido que no podía controlar.
Le tendió la pelota, y sus dedos se rozaron. El contacto fue breve, pero electricidad pura. La piel de ella era suave, caliente a pesar del agua fría, y el roce dejó un rastro de fuego en los dedos de él.
—Gracias —dijo ella, y sonrió con esa sonrisa suya, la que mezclaba la dulzura con un toque de picardía—. ¿Te ha gustado el baño?
Marc sintió que la sangre se le agolpaba en la cara y en la entrepierna al mismo tiempo. No supo si había sido una pregunta inocente o una provocación. Pero cuando ella se giró para volver a la piscina, cuando su culo redondo y firme se movió frente a él con cada paso, supo que no era inocencia.
Y no pudo apartar la mirada.
—¿Cómo están los niños? —preguntó Laura desde la cocina, sin levantar la vista de la ensalada que estaba preparando.
—Genial —respondió él, y su voz sonó más ronca de lo que pretendía—. Están encantados. Alba es un acierto. Se lo están pasando muy bien.
—Ya te lo dije. Es una chica estupenda. Y los niños la adoran.
Marc asintió y se sirvió un vaso de agua, bebiendo a sorbos lentos mientras intentaba calmarse. Pero la imagen de Alba saltando en la piscina seguía allí, grabada en su retina. Los pechos moviéndose bajo la tela, el culo redondo balanceándose al alejarse, la sonrisa pícara cuando le había pedido la pelota.
—Laura —dijo, y su voz sonaba más controlada ahora—. ¿Qué te parece si esta tarde damos un paseo por Ciutadella? Así los niños conocen el pueblo y nosotros también.
—Me parece genial. ¿Alba, te apetece venir con nosotros?
Ella había entrado justo en ese momento, con una toalla alrededor de los hombros y el bikini aún puesto. El agua goteaba por sus piernas, formando pequeños charcos en el suelo de baldosa.
—Claro —respondió, con su sonrisa más abierta—. Me encantaría.
La tarde en Ciutadella fue un paseo lento y tranquilo. Los niños se habían dormido en el coche, y Marc los llevó en brazos mientras Laura y Alba caminaban delante, charlando animadamente. El pueblo era un laberinto de calles empedradas y casas blancas con puertas de colores, y el olor a mar se mezclaba con el de los bares y las tiendas de artesanía.
Laura se detuvo en una tienda de zapatos de piel, y Marc se quedó fuera con Alba, apoyado contra una pared de piedra.
—Es un pueblo bonito —dijo ella, mirando el mar al fondo de la calle.
—Sí —respondió él, y se dio cuenta de que no había estado mirando el mar.
Alba llevaba un vestido ligero de tela blanca que se movía con la brisa, dejando ver el contorno de sus piernas, la curva de sus caderas. No llevaba sujetador, y cuando la brisa le pegaba la tela al cuerpo, se marcaban sus pezones como pequeños botones bajo el algodón.
—¿Y qué haces cuando no estás de niñera? —preguntó él, intentando sonar normal.
—Estudio. ADE en la UB. Me queda un año. Y luego, ya veremos. —Se encogió de hombros—. Supongo que haré lo que todo el mundo: buscar trabajo, sobrevivir, intentar ser feliz.
—¿Y lo eres? ¿Feliz?
Ella lo miró con una sonrisa que no era del todo ingenua.
—Soy joven, Marc. La vida hay que vivirla. Experimentar. No tengo prisa por saber qué voy a ser cuando sea mayor.
Hay una pausa. Ella inclina la cabeza, y el flequillo curtain bangs le cae ligeramente sobre un ojo.
—Además —añade, bajando la voz—, hay experiencias que merecen la pena, aunque no sean para siempre.
La frase queda suspendida en el aire, y Marc siente que el suelo se vuelve un poco menos firme.
—Alba, yo...
No terminó la frase. Laura salió de la tienda con una bolsa en la mano y una sonrisa de satisfacción.
—He encontrado unos zapatos preciosos. ¿Qué os parece si vamos a tomar algo antes de volver?
El resto de la tarde transcurrió con normalidad. Cervezas frías en una terraza con vistas al puerto, los niños despiertos y correteando entre las mesas, Laura riéndose con Alba como si fueran amigas de toda la vida. Marc las observaba, sintiéndose un extraño en su propia familia.
Pero sus ojos no dejaban de volver a Alba. A la forma en que se mojaba los labios al beber. Al modo en que su vestido se subía cuando se sentaba. A la sonrisa cómplice que le dedicaba cuando nadie miraba.
Cuando volvieron a la finca, ya anochecía. Los niños estaban agotados y se durmieron en la cama antes de que Laura terminara de leerles el cuento. Marc y Laura se sentaron en la terraza, con dos copas de vino, viendo cómo las estrellas empezaban a asomarse.
—Ha sido un buen día —dijo Laura, apoyando la cabeza en su hombro.
—Sí —respondió él, y en su cabeza solo estaba Alba.
—Alba es encantadora. Estoy muy contenta de haberla traído.
—Yo también —dijo Marc, y no sabía si era verdad o una mentira.
Laura se inclinó para besarlo, un beso suave, casi distraído, y él respondió por inercia. Sus manos encontraron su cintura, sus dedos se deslizaron por su espalda, y mientras la besaba, cerró los ojos.
Y vio a Alba.
Vio sus pechos moviéndose bajo el bikini. Vio su culo redondo balanceándose al alejarse. Vio su sonrisa pícara cuando le había pedido la pelota.
Cuando Laura se apartó para ir a la cama, Marc se quedó unos segundos más en la terraza, mirando la noche y sintiendo cómo el deseo se retorcía en su vientre como un animal que acababa de despertar.
Sabía que aquello no podía terminar bien. Sabía que Laura confiaba en él, que Alba era una niña de veinte años, que tenía dos hijos y una vida que construir.
Pero el cuerpo no entiende de razones. Y aquella noche, mientras Laura dormía a su lado, él no podía dejar de pensar en la chica que dormía en la habitación de al lado. En su piel dorada, en sus labios carnosos, en la promesa de algo que sabía que no debía desear.
Y en la oscuridad, justo antes de dormirse, sintió que algo se había roto dentro de él.
Algo que no sabía si podría recomponer.
CAPITULO 2
La noche cayó sobre Menorca como un terciopelo oscuro salpicado de estrellas. Los niños se habían dormido antes de que el sol terminara de ocultarse detrás de los olivos, agotados por el viaje y la emoción del primer día. Laura había leído el cuento, Marc había apagado la luz, y la casa se sumió en un silencio solo roto por el canto de los grillos y el rumor lejano del mar.
Los tres adultos se sentaron en la terraza, con una botella de ron, un exprimidor de limones y un puñado de hojas de hierbabuena frescas. Laura preparó los mojitos con la misma eficiencia con la que organizaba todo: el viaje, las comidas, las actividades. Marc las observó desde su silla, sin hacer nada más que beber y mirar.
Alba llevaba puesto el bikini de tres triángulos, la única prenda que parecía tener a mano, pero encima se había puesto una camisola de gasa blanca, tan fina que resultaba casi transparente. La tela se movía con la brisa, mostrando y ocultando su cuerpo en un juego que no parecía casual. Cuando se inclinaba hacia delante para coger la fruta, la camisola se abría, dejando ver la curva de sus pechos, la sombra de sus pezones bajo el bikini. Marc bebía y no hablaba, pero ella no necesitaba palabras. Sabía que la miraba. Y le gustaba.
—Ha sido un primer día perfecto —dijo Laura, alzando su copa—. Brindo por las vacaciones.
—Brindo por Menorca —respondió Alba, chocando su copa con la de Laura.
—Brindo por no tener que cocinar durante una semana —añadió Marc, y las dos mujeres rieron.
El ron empezó a hacer efecto. Las conversaciones se volvieron más fluidas, más personales. Laura habló de la empresa donde trabajaba, de los proyectos que tenía pendientes, del estrés acumulado. Marc habló de su trabajo, de la rutina, de cómo el tiempo pasaba sin darse cuenta. Alba habló de la universidad, de sus compañeros, de las pocas cosas que le importaban y las muchas que aún no sabía que le importarían.
—¿Y tienes novio, Alba? —preguntó Laura, con la curiosidad de quien hace una pregunta sin pensar en las consecuencias.
Alba sonrió. Bebió un sorbo de mojito y dejó que el hielo tintineara contra el vaso antes de responder.
—No. He tenido, pero... no sé, es difícil encontrar a alguien que realmente merezca la pena. —Se encogió de hombros—. Además, soy joven. La vida hay que vivirla, ¿no? Experimentar, probar, equivocarse... aprender.
Laura asintió, como si entendiera, pero Marc se quedó con la imagen de Alba diciendo "experimentar". La forma en que sus labios carnosos se habían curvado al pronunciar la palabra, la intensidad de su mirada avellana, el leve movimiento de su cuerpo mientras se inclinaba hacia ellos. No era una declaración, pero podía serlo.
—Tenéis razón —dijo Laura, levantándose de repente—. Llamo a mi madre, que prometí avisarla de que habíamos llegado bien. No tardo.
Se llevó el móvil al interior de la casa, y el sonido de su voz se perdió en el pasillo. Marc y Alba se quedaron solos en la terraza, con las copas medio vacías y un silencio que no era incómodo, sino expectante.
—¿Y tú, Marc? —preguntó Alba, girando la copa entre sus dedos—. ¿Cómo es tu vida? Quiero decir, la de verdad. La que no se ve en las fotos de las vacaciones.
Marc se quedó mirando el borde de su copa, sintiendo el peso de la pregunta.
—Normal —respondió—. Como la de todos. Trabajo, casa, niños, rutina. A veces me pregunto si esto es todo lo que hay. Pero supongo que no está mal.
—No está mal —repitió Alba, y su voz sonaba a duda—. Esa es la peor frase que puede decir alguien. "No está mal". Significa que te has conformado.
—¿Y qué quieres que diga?
—Podrías decir que quieres más. Que deseas más.
La frase colgó en el aire como una promesa. Marc sintió que el corazón le latía con más fuerza, que la sangre se le agolpaba en algún lugar que no debía.
—¿Tú deseas más, Alba?
Ella no respondió. Solo sonrió, esa sonrisa suya que mezclaba dulzura y picardía, y se inclinó hacia él. La gasa de su camisola se abrió, dejando ver la curva de sus pechos, la sombra de sus pezones bajo el bikini. Estaba lo suficientemente cerca para que Marc pudiera oler su perfume, una mezcla de coco y algo más dulce, algo que no sabía nombrar.
—Todos deseamos más, Marc —dijo, y su voz era un susurro—. Solo que algunas tenemos el valor de admitirlo.
Laura volvió antes de que Marc pudiera responder. Su voz, alegre y despreocupada, rompió el hechizo como un cristal al caer.
—¡Mi madre está encantada! Dice que la casa es preciosa y que el año que viene quiere venir con nosotros.
—Pues será bienvenida —respondió Alba, con una naturalidad que no dejaba rastro de lo que había ocurrido momentos antes.
Marc bebió el resto de su mojito de un trago y se levantó.
—Mejor me voy a dormir. Mañana hay que madrugar.
—Sí, yo también —dijo Laura—. Alba, no te quedes mucho más, que el ron es traicionero.
—No te preocupes —respondió ella, con una sonrisa—. Un par de sorbos y voy.
Marc la miró antes de entrar. Estaba sentada en la silla, con las piernas cruzadas y la copa en la mano, mirando las estrellas. La luz de la luna se reflejaba en su piel dorada, y la gasa de su camisola se pegaba a su cuerpo como si quisiera ser parte de ella. Era joven, era hermosa, y Marc sabía que aquella noche no podría dormir.
—Vamos —dijo Laura, pasando a su lado—. ¿Estás bien? Te veo raro.
—Sí, solo cansado —mintió.
En la habitación, Laura se desnudó con la naturalidad de quien lleva años compartiendo cama con la misma persona. Se puso el camisón y se tumbó boca arriba, bostezando.
—Esta noche no, ¿verdad? Estoy agotada.
—Claro —dijo Marc—. Descansa.
Pero él no podía descansar. Se quedó tumbado en la oscuridad, escuchando la respiración de Laura, sintiendo el calor de su cuerpo a su lado. Pero en su cabeza solo estaba Alba. Su sonrisa, su voz, la forma en que se había inclinado hacia él.
Cerró los ojos y la vio. La vio con el bikini de tres triángulos, con el agua resbalando por sus piernas. La vio con la camisola de gasa, con los pezones marcándose bajo la tela. La vio inclinándose hacia él, diciendo "deseas más".
—Laura —susurró, y su voz sonó ronca—. ¿Estás despierta?
—¿Hum? —respondió ella, medio dormida.
—Quiero hacer el amor contigo.
—¿Ahora? —preguntó, sorprendida.
—Ahora.
Laura se giró hacia él, y aunque no podía ver su cara, sabía que sonreía. Sus manos encontraron su pecho, sus dedos se enredaron en su pelo, y cuando se besaron, Marc sintió que algo se encendía dentro de él. Pero no era Laura quien lo encendía.
Alba.
Se metió dentro de Laura despacio, sintiendo su humedad, su calor. Ella se arqueó bajo él, gimiendo suavemente, y él se movió con un ritmo pausado, intentando no hacer ruido. Pero a medida que el placer crecía, también crecía la imagen de Alba en su mente. Sus tetas moviéndose bajo el bikini. Su culo balanceándose al alejarse. Su boca diciendo "deseas más".
Aceleró el ritmo sin querer. Laura se agarró a su espalda, jadeando su nombre.
—Marc... más despacio... los niños...
—Lo sé —respondió él, pero no frenó.
No podía. Cada vez que se movía, veía a Alba. Cada vez que sentía el calor de Laura, imaginaba que era Alba quien se apretaba alrededor de él. Y cuando Laura se corrió, con un gemido ahogado, él sintió que su propio orgasmo se acercaba, pero no se dejó ir. Quería durar. Quería que aquello no terminara nunca.
Laura cayó a su lado, agotada y satisfecha. Marc se quedó tumbado, con la respiración entrecortada, sintiendo cómo el deseo aún palpitaba en su vientre.
—Ha sido intenso —dijo Laura, con un susurro—. No sé qué te ha dado.
—Nada —mintió Marc—. Solo te he deseado.
Laura sonrió y se durmió al minuto. Pero él no. Se quedó escuchando el silencio, los grillos, el rumor del mar lejano. Y entonces, casi imperceptible, oyó algo más.
Un gemido. Bajo, contenido, apenas un susurro. Venía de la habitación de al lado.
Alba.
Marc sintió que se le erizaba la piel. Se quedó inmóvil, escuchando, sintiendo cómo su cuerpo respondía al sonido. Los gemidos eran suaves, irregulares, como si ella estuviera tocándose, como si el sonido de ellos la hubiera excitado.
El pensamiento lo recorrió como un latigazo. Alba estaba escuchando. Alba estaba excitada. Alba se estaba masturbando pensando en ellos. En él.
Su polla volvió a endurecerse. La apretó con una mano, sintiendo el calor, la tensión. Quería levantarse, quería ir a su habitación, quería...
No. No podía.
Pero se quedó escuchando. Y cuando los gemidos de Alba se hicieron más agudos, más urgentes, él sintió que se acercaba de nuevo. Se masturbó en silencio, mientras Laura dormía a su lado, mientras Alba se corría al otro lado de la pared.
Y cuando el orgasmo llegó, fue como una explosión silenciosa. Se corrió con la imagen de Alba en su cabeza, con el sonido de sus gemidos en sus oídos, con la certeza de que algo estaba cambiando para siempre.
Al otro lado de la pared, Alba se quedó tumbada, con los dedos aún húmedos y la respiración entrecortada. Había oído todo. Los gemidos de Laura, el ritmo de la cama, el jadeo contenido de Marc. Y mientras se tocaba, había imaginado que era ella quien estaba siendo penetrada. Que era ella quien gritaba su nombre.
Se llevó los dedos a la boca y saboreó su propio sabor. Luego se dio la vuelta y miró la pared, como si pudiera ver a través de ella.
—Mañana —susurró—. Mañana todo será diferente.
Y en la oscuridad de la finca, mientras el mar seguía susurrando su canción eterna, los tres durmieron sueños que no se atrevían a compartir.