Le robo la novia a mi padre y la hago mi puta

 Bajé a la cocina a la mañana siguiente. Era sábado. La casa estaba en un silencio tenso, de esos que preceden a las tormentas. La encontré ahí. Ya despierta, sentada en la mesa de la cocina, con una taza de café entre las manos. Llevaba una bata de seda negra, y su cara, sin maquillaje y con los ojos un poco hinchados, era una máscara de calma helada. Sabíamos, sin tener que decirlo, que mi padre no había dormido en casa.


Me senté frente a ella. El recuerdo de la noche anterior —el olor de su piel, el sonido de sus gemidos, el sabor de su coño en mi boca— era una película porno proyectándose en mi cabeza. No nos miramos.


Y entonces, oímos la llave en la puerta principal.


Entró. No era mi padre, el hombre de negocios. Era un desastre. Despeinado, con la camisa de vestir arrugada y fuera del pantalón, la corbata aflojada. Apestaba a whisky y a un perfume dulzón y barato que no es el de Claudia. Se detuvo en la entrada de la cocina, parpadeando contra la luz del sol, como un vampiro sorprendido por el amanecer.


Claudia no levantó la voz. No gritó. Su voz, cuando habló, fue un puto bisturí de hielo.


"¿Te divertiste, pendejo?", dijo, sin levantarse de la silla.


Él intentó sonreír, una mueca patética. "Mi amor, hubo un problema en la oficina, se alargó la junta y…".


"¿La junta de trabajo se alargó hasta oler a puta barata?", lo cortó ella, y vi a mi padre encogerse. "Porque ese olor no es el mío. Y tampoco es el tuyo. ¿O ahora te bañas en perfume de mujer?".


"Claudia, por favor, no empieces…".


"No, no voy a empezar", dijo ella, y por fin se levantó. Caminó lentamente hacia él. "Voy a terminar. ¿Crees que soy estúpida? ¿Crees que no me doy cuenta? Fui a tu oficina ayer, ¿sabes? A llevarte la cena, como una pendeja. Y te vi. Te vi saliendo con ella. Con tu asistente. Le tenías la mano en el culo, imbécil. Y te reías".


Me quedé paralizado, presenciando la demolición en vivo de mi padre. Y una parte de mí, la parte que lo odiaba por haber traicionado la memoria de mi madre, lo estaba disfrutando. Estaba viendo a la usurpadora, a la intrusa, convertirse en mi verdugo.


En medio de la pelea, los ojos de Claudia se encontraron con los míos por encima del hombro de mi padre. En esa mirada no había una petición de ayuda. Había una declaración de guerra compartida. Era un "tú también lo ves, ¿verdad? Ves la mierda que es". En ese instante, dejamos de ser hijastro y madrastra. Nos convertimos en aliados.


Mi padre, derrotado, sin nada que decir, simplemente subió las escaleras y se encerró en su cuarto. Claudia se quedó de pie en medio de la cocina, temblando de una rabia silenciosa. En lugar de huir a mi cuarto, me levanté, tomé una taza limpia, le serví café y se la puse en la mano, en silencio. Sus dedos fríos rozaron los míos. El acto fue simple, pero lo significó todo. Era la primera vez que la cuidaba. El pacto estaba sellado.


Se bebió el café de un trago, como si fuera tequila. Dejó la taza en la barra con un golpe seco. Y me miró. La vulnerabilidad de la pelea había desaparecido. Sus ojos estaban oscuros, depredadores.


"Quédate aquí", susurró. Y no fue una pregunta.


Caminó hacia mí. Me empujó suavemente, pero con una fuerza que me sorprendió, hasta que mi espalda chocó contra la barra de la cocina. Era de mármol. Estaba helada. Sentí el frío a través de la delgada tela de mi pijama.


Se acercó, su cara a centímetros de la mía, su aliento oliendo a café y a rabia. "Mientras esté en esta casa…", susurró, su voz un veneno dulce.


Y entonces se detuvo. Lentamente, deliberadamente, se mordió el labio inferior. Solo un segundo. Sus ojos nunca dejaron los míos. Fue un gesto depredador, una promesa de dolor y placer, todo envuelto en uno.


Y lo sentí. Un puto rayo, directo de mis ojos a mis huevos. Mi verga, que había estado agitada por la tensión, saltó contra la fina tela de mi pijama. Fue un espasmo involuntario, un saludo a su crudo y vengativo poder. Ella lo vio. Por supuesto que lo vio. Un destello de triunfo brilló en sus ojos oscuros.


"…voy a ser tu puta", continuó, su voz ahora un susurro ronco que me vibró hasta los huesos. "La que él no tiene los huevos para tener. ¿Entendiste?".


Asentí, incapaz de hablar.


"Mírame a los ojos, Leo", ordenó. "No los quites de los míos. Quiero que veas".


Y se arrodilló.


La vi bajar, la bata de seda negra abriéndose un poco, revelando la piel de sus muslos. Se acomodó entre mis piernas, y su pelo castaño me hizo cosquillas en el estómago. Desató el nudo de mis pantalones de pijama y los bajó junto con mis bóxers de un solo tirón. Mi verga, que ya estaba dura por la pura tensión del momento, saltó a la vista, palpitante en el aire frío de la cocina.


Y entonces, sentí el primer toque. No fue su boca. Fue la punta de su lengua, húmeda y vacilante, que trazó un círculo lento, tortuoso, en la cabeza de mi pito. El shock fue tan intenso que solté un siseo y mis caderas se movieron por instinto. Ella sonrió contra mi piel, una sonrisa que sentí más de lo que vi.


Y entonces, sentí cómo sus labios se separaban y me recibían, un calor húmedo que me envolvió por completo. Un vacío suave que me tragaba. La suavidad de sus labios se selló en mi base, y sentí la succión, una presión increíble que me jalaba el alma desde la punta de la verga. Era experta. Su lengua, audaz y segura, empezó a moverse, lamiendo, recorriendo la vena que me subía por un lado. Y yo la veía. No podía apartar la vista. Veía sus ojos hinchados por el llanto, pero ahora llenos de una furia depredadora, fijos en los míos. Veía cómo se le hundían las mejillas con cada chupada, su pelo moviéndose con el ritmo de su cabeza. Sentí su mano libre, fría, cerrarse alrededor de mis huevos, apretando y masajeando suavemente con cada movimiento de su boca.


El placer dejó de ser una ola cálida y se convirtió en algo afilado, eléctrico, insoportable. Mi espalda se arqueó. Mis manos, que habían estado hechas puños a mis costados, fueron a su cabeza. No para empujar, no para jalar. Solo para sostenerme, para anclarme a la realidad, mis dedos enredados en la seda de su pelo. El mundo se redujo a la sensación de su boca húmeda y caliente, al vaivén de su cabeza, y a esos ojos oscuros que no me soltaban.


Estaba a punto de explotar.


"Claudia… espera…", jadeé.


Pero ella no paró. Al contrario. Me sostuvo con su mano, firme. Y me miró. Y en el último segundo, sentí cómo me tragaba más profundo, hasta el fondo de su garganta, ahogando cualquier sonido.


Con un último gemido que se perdió en su boca, me vine. Fue un torrente. Sentí la contracción de su garganta mientras tragaba, y el sonido ahogado que hizo fue la cosa más cabrona y sucia que había oído en mi puta vida.


Me quedé ahí, apoyado contra el mármol frío de la cocina, temblando, con la verga lánguida y pegajosa metida en los pantalones del pijama. La escuché subir las escaleras y cerrar la puerta de su cuarto. El silencio volvió a la casa, pero ya no era el mismo. Antes era un silencio de ausencia. Ahora era el silencio de un secreto compartido, un puto pacto sellado con el sabor de mi semen en su garganta.


Subí a mi cuarto como un autómata. No me bañé. No quería quitarme su olor, su sabor. Me tiré en la cama y me quedé viendo el techo por horas, reviviendo cada puto segundo. La forma en que se mordió el labio. Sus ojos clavados en los míos. El sonido húmedo de su boca. La contracción de su garganta. Estaba jodido. Completamente jodido. Y nunca me había sentido tan vivo.


El resto del día fue una puta obra de teatro. Una tensa calma. Mi padre finalmente salió de su cuarto por la tarde, con los ojos hinchados y una cara de perro apaleado. No hablaron. Claudia se movía por la casa con una eficiencia fría, preparando la comida como si nada, ignorándolo. La comida fue en un silencio sepulcral, solo interrumpido por el chocar de los cubiertos contra los platos. Yo no podía levantar la vista. Sentía la mirada de Claudia sobre mí, quemándome, y el peso de la patética presencia de mi padre aplastando el aire.


Por la noche, la tortura subió de nivel. Estábamos los tres en la sala. Los tres. Una puta familia feliz de mierda. La tele estaba prendida en algún programa estúpido, un ruido de fondo para no tener que hablar. Mi padre estaba en su sillón, con un vaso de whisky en la mano, la mirada perdida. Yo estaba en el sofá grande, fingiendo leer un libro, pero cada puto nervio de mi cuerpo estaba alerta, sintonizado con ella.


Claudia estaba en el otro extremo del sofá, leyendo una revista, con las piernas cruzadas. Llevaba unos pantalones de pijama de seda. Y yo sabía, con una certeza que me ponía la verga dura al instante, que debajo de esa tela no llevaba nada.


El aire estaba tan denso que podía masticarlo. Y entonces, ella se movió.


"Voy por un poco de agua", dijo en voz baja, y se levantó.


Pero en lugar de caminar por el frente, pasó por detrás del sofá. Mi sofá. Sentí el aire moverse a mi espalda. Y entonces, se detuvo.


"Ay, casi me caigo", susurró, y se "apoyó" en mi hombro.


Pero no fue su mano. Fue su culo.


Sentí sus nalgas presionar contra mi hombro y la parte de atrás de mi cabeza. A través de la delgada tela de mi playera, sentí una suavidad y un calor que casi me hacen gritar. No fue un roce. Fue una presión deliberada, firme. Pude sentir la forma redonda y plena de su nalga, la línea que la dividía de la otra. Estaba usando su cuerpo para anclarme, para marcarme. Me quedé congelado, el libro olvidado en mis manos, el corazón martillándome en el pecho. Mi padre no se movió, perdido en su estupor alcohólico.


Y entonces sentí su aliento en mi oreja. Un aliento caliente, que olía a vino.


"Quiero que me la metas", susurró. Las palabras fueron un puto latigazo eléctrico. "Te estoy esperando en el baño de visitas. Ahora".


Y se fue. Se enderezó, caminó hacia la cocina como si nada y desapareció.


Me quedé ahí, paralizado. El puto infierno. Mi padre a cinco metros. Y ella, esperándome. Mi verga estaba tan dura que dolía, una puta piedra metida en los pantalones del pijama. ¿Cómo chingados me iba a levantar? ¿Cómo iba a caminar?


Pasaron uno, dos minutos. Una eternidad. Mi padre soltó un ronquido suave. Era mi oportunidad.


Me levanté del sofá. Mi padre soltó un ronquido suave, perdido en su nube de alcohol. Era la señal. Mi verga, dura como una piedra, tensaba la delgada tela de mi pijama en un bulto obsceno, un puto faro en la penumbra de la sala. Y por un segundo, quise que la viera. Quise que viera la prueba de la traición que él mismo había provocado.


Caminé, con el corazón en la garganta, hacia el pasillo que llevaba al baño de visitas. Cada paso era una tortura, cada crujido del piso de madera un puto grito en el silencio. El pasillo se sentía como el corredor de la muerte, y al final, en la oscuridad, me esperaba mi ejecución o mi salvación.


Abrí la puerta. La oscuridad me tragó. Entré y cerré detrás de mí, sin poner el seguro. El clic suave de la puerta fue el único sonido. Y en la negrura total, la olí antes de verla. Su perfume. Un olor a flores y a pecado.


"Tardaste", susurró su voz desde el rincón junto a la regadera.


Y entonces, sentí sus manos en mí. Salieron de la oscuridad y me agarraron la cara. Sus dedos, fríos, se clavaron en mis mejillas, y me jaló hacia ella. Su boca no me besó. Me devoró. Fue un beso salvaje, hambriento, que sabía a vino tinto y a una rabia desesperada. Sentí su lengua invadir mi boca, experta, demandante. Mis manos subieron instintivamente y la agarraron de la cintura, apretándola contra mí, sintiendo el bulto de mi erección chocar contra la suavidad de su vientre a través de nuestras pijamas.


Se separó de mí, jadeando. En la oscuridad, apenas podía distinguir su silueta.


"Date la vuelta", susurró. No entendí. Me empujó suavemente hasta que mi espalda chocó contra la puerta. Y entonces se giró, dándome la espalda, y caminó los dos pasos que la separaban del lavabo.


La vi apoyarse. Sus manos se posaron a cada lado del mármol frío. Pude oír el ligero tintineo de sus anillos contra la porcelana. Se quedó ahí, con la espalda arqueada, su culo apuntando directamente hacia mí en la oscuridad. Y entonces, con una lentitud que fue una puta tortura, enganchó los pulgares en el resorte de sus pantalones de pijama de seda.


Escuché el suave siseo de la tela deslizándose por su piel. Vi cómo la seda bajaba por sus caderas, revelando la curva perfecta y redonda de sus nalgas. Siguió bajando, por sus muslos, hasta que los pantalones cayeron en un charco de tela a sus pies. Se quedó ahí, solo con la parte de arriba del pijama, su culo perfecto, desnudo y pálido en la penumbra.


Se movió un poco, y me miró por encima del hombro. Sus ojos brillaron en la oscuridad.


"¿Qué esperas?", susurró, su voz un veneno dulce. "Me la vas a meter, Leo". Hizo una pausa, y su voz se volvió más ronca, más sucia. "Tu putita quiere verga".


El mundo se detuvo. Avancé como un autómata. Me paré detrás de ella. Puse mis manos en sus caderas, sintiendo la piel suave y caliente. Me bajé los pantalones y el bóxer de un solo tirón. Y sin decir una palabra, entré.


"¡AH!", gritó, un sonido agudo, animal, que fue mitad dolor, mitad éxtasis.


"¿Te gusta así, puta?", gruñí en su oído, y empecé a embestirla.


Era una furia. Mis caderas chocando contra su culo, el sonido de la carne húmeda, un plac-plac-plac obsceno que era la mejor música del mundo. Mis manos no se movieron de ahí. Una se aferró a su cadera, la otra a su nalga, estrujándola, amasándola, sintiendo cómo rebotaba contra mí con cada embestida. La pared frente a ella tenía un espejo. Y en la oscuridad, podía ver nuestro reflejo. Veía mi cara, una máscara de pura lujuria. Veía su pelo revuelto, su boca abierta en un gemido silencioso. Veía mis putas manos en su culo mientras se lo metía una y otra vez.


"¡Sí, papi, sí!", jadeaba, su voz rota. "¡Cógeme! ¡Dime de quién es este culo!".


"¡Es mío!", grité en un susurro ronco, y le di una nalgada que resonó en el pequeño baño. "¡Este culo es mío! ¡Y te lo voy a romper!".


"¡Sí! ¡Rómpemelo!", suplicó. "¡Déjame la marca! ¡Quiero sentirte mañana!".


La cogí con una violencia que no sabía que tenía. Cada embestida era más profunda, más desesperada. La estaba haciendo mía de una forma que iba más allá del sexo. Era una conquista. Era una profanación. Y a los dos nos encantaba.


La sentí empezar a temblar, sus piernas flaqueando. "Me voy a venir, Leo… me voy a venir…", jadeó.


"¡Vente para mí, puta!", ordené, y aumenté el ritmo, embistiéndola sin piedad.


Y se vino. Gritó. Un grito largo, agudo, sin vergüenza, mientras su cuerpo se convulsionaba contra el lavabo, su coño apretando mi verga como un vicio. Y esa fue mi perdición de nuevo. El sonido de su grito, la sensación de su orgasmo, me empujaron al borde. Con un último empujón, tan profundo que sentí que la partía en dos, y un grito ronco que no pude contener, me vine dentro de ella, una y otra vez, hasta que no me quedó nada.


Nos quedamos así, sin movernos, por un minuto que se sintió como una hora. Yo, con la cara hundida en su cuello, respirando su olor, una mezcla de su perfume caro, sudor y el olor a nosotros, a sexo. Ella, con la cabeza apoyada en mi hombro, su cuerpo temblando con los últimos espasmos de su orgasmo. En ese silencio, el mundo real empezó a filtrarse de nuevo. La dureza del lavabo contra su espalda, el frío de los azulejos bajo mis pies. El puto peligro en el que estábamos.


Estaba a punto de decir algo, de moverme, cuando lo oímos.


"¿Claudia…?".


La voz de mi padre. Lejana, desde el sillón de la sala. Pastosa por el alcohol y el sueño. No fue un grito, fue un murmullo confuso, el sonido de un hombre medio despierto buscando algo en su niebla.


Pero fue como un puto disparo.


Nos separamos de golpe. El pánico, helado y paralizante, reemplazó a la calentura en un instante. En la oscuridad, nuestros ojos se encontraron, abiertos como platos. Vimos el mismo terror en la cara del otro.


"¿Claudia, amor… dónde estás?", volvió a llamar su voz, un poco más clara.


"Mierda", susurró ella.


Y la magia, el trance, todo se hizo añicos. Se movió con una rapidez que me dejó helado. Se subió los pantalones del pijama, se arregló la blusa. Yo hice lo mismo, mis manos torpes, temblando, sin poder atinar a subirme el cierre.


"Vete a tu cuarto", ordenó en un susurro urgente. "Ahora".


Me dio un último beso, pero no fue un beso de pasión. Fue un beso de conspiración, corto, duro. Un "cállate y desaparece".


Salí del baño como una rata, sin hacer ruido. Corrí de puntitas por el pasillo y me encerré en mi cuarto. Me tiré en la cama, con el corazón queriendo salírseme del pecho, y escuché. Oí la voz de ella en la sala, suave, melosa. "Aquí estoy, mi amor, fui por un vaso de agua. Vuelve a dormirte". Oí el murmullo de mi padre, y luego, silencio.


El peligro, por esa noche, había pasado.


Pero yo estaba jodido. Me quedé ahí, en la oscuridad de mi cuarto, con el cuerpo todavía vibrando, la verga adolorida y el olor de ella en mis manos, en mi boca. Y mi cerebro, por primera vez, empezó a procesar lo que acababa de pasar.


Lo de Valeria había sido un incendio. Una locura de hormonas, de descubrimiento, de la adrenalina de lo prohibido entre dos chavos. Fue el cielo, sí. Pero era un cielo que yo entendía.


Esto… esto era otra cosa. No era el cielo. Era un puto abismo. Y me encantaba.


La forma en que se había movido en el sofá, ese roce deliberado. La mirada en sus ojos cuando me ordenó que fuera al baño. La forma en que suplicó que la insultara, que la marcara, que la hiciera mi puta. No era solo sexo. Era una ceremonia de poder, de dolor, de una perversión compartida que nunca había imaginado. Me había abierto una puerta a un cuarto oscuro dentro de mí que no sabía que existía.


Me tenía caliente, sí. Pero no era solo calentura. Era una fascinación. Una puta obsesión. Estaba fascinado con su cuerpo de mujer, con sus nalgas perfectas, con la forma en que su coño me apretaba. Pero estaba aún más fascinado con la oscuridad que había en ella, una oscuridad que había reconocido a la mía.


En esa cama, en la soledad de mi cuarto, con el eco de su grito todavía en mis oídos, entendí que ya no se trataba de consolar a una mujer rota. Se trataba de dos monstruos que acababan de descubrir que les encantaba jugar juntos en la oscuridad. Y la puta pregunta que me martillaba la cabeza, la que me mantenía duro y aterrorizado, ya no era si volvería a pasar.


El despertar no fue con la luz del sol. Fue con una sensación.


Un calor. Un peso sobre mí. Y un olor. Su perfume.


Abrí los ojos y la vi. Era una silueta oscura contra la luz grisácea del amanecer que se colaba por mi ventana. Estaba sentada a horcajadas sobre mis caderas, completamente desnuda. Sus tetas pesadas, con esos pezones oscuros que ya conocía, se balanceaban a centímetros de mi cara.


"Shh", susurró, poniendo un dedo en mis labios antes de que pudiera decir nada.


Y entonces se inclinó, y su boca me devoró.


Desperté no a un beso, sino dentro de uno. Su lengua invadió mi boca, experta, demandante, con un sabor a ella, a vino y a la noche anterior. Estaba medio dormido, desorientado, pero mi cuerpo reaccionó antes que mi cerebro. Sentí mi verga, que había estado blanda, empezar a despertar, a llenarse de sangre, a ponerse dura contra la suavidad de su vientre.


Ella lo sintió. Se separó de mí, jadeando, y una sonrisa lenta, perversa, se dibujó en su cara.


"Buenos días, papi", susurró. "Tu putita tiene ganas".


Y sin darme tiempo a responder, se deslizó por mi cuerpo como una serpiente, su pelo castaño haciéndome cosquillas en el estómago, hasta quedar a la altura de mis caderas. Me miró a los ojos, una última orden silenciosa de que no apartara la vista. Y entonces, su boca bajó.


No fue como la primera vez en la cocina, el ritual de la venganza. Esto fue una puta obra de arte. Una lección. Empezó con la punta de su lengua, trazando círculos lentos y húmedos en la cabeza de mi pito, una tortura que me hizo arquear la espalda. Luego la sentí tomarme, sus labios suaves y calientes envolviéndome, una succión lenta y profunda que me jalaba el alma desde los huevos.


No había torpeza. Era una experta. Su cabeza se movía en un ritmo perfecto, lento, tortuoso. Sentí su lengua jugar, recorriendo la vena que me subía por un lado, luego girando alrededor de la base. El sonido húmedo de su boca, de sus chupadas, llenaba el silencio del amanecer. Metió la mano entre mis piernas y me agarró los huevos, apretando y masajeando suavemente con cada movimiento de su boca. El placer se convirtió en algo afilado, eléctrico, insoportable. Mi verga estaba tan dura que dolía, palpitando dentro de su boca.


"Claudia…", jadeé, mis manos enredadas en su pelo, no para detenerla, sino para sentirla, para anclarme a la realidad.


Ella paró. Levantó la vista, con los labios hinchados y brillantes, mi pre-eyaculación cubriéndole la barbilla. "Todavía no", susurró. "Te quiero dentro".


Se subió de nuevo, a horcajadas sobre mí. La vista era irreal. Sus tetas pesadas se balanceaban sobre mí, sus pezones duros rozando mi pecho. Su estómago suave, y su coño, hinchado y mojado, goteando sobre mi vientre. Agarró mi pito con la mano, pintándolo con su propia humedad, asegurándose de que cada centímetro estuviera resbaladizo.


"Mírame", ordenó. Y sin apartar la vista de la mía, empezó a bajar.


Sentí la punta de mi pito rozar sus labios, y luego la sentí tragarme, lenta, tortuosamente. Cada centímetro que entraba era una agonía y un paraíso. Gemí, un sonido bajo, animal, y ella sonrió contra mí, una sonrisa que sentí más de lo que vi. Se dejó caer por completo, tomándome hasta el fondo.


Estaba adentro. Mierda. A las seis de la mañana. En mi cuarto. Con mi padre durmiendo al otro lado del pasillo. Y ella estaba montada sobre mí.


Empezó a cabalgarme. Lento. Silencioso. No era el caos de la noche. Era el control absoluto. Un vaivén lento, profundo, diseñado para no hacer ruido. El único sonido era el de mi verga entrando y saliendo de su coño mojado, un sonido húmedo, obsceno, que era la mejor música del mundo.


"¿Te gusta, Leo?", susurró, su voz un veneno dulce. "¿Te gusta cogerte a la esposa de tu papá?".


"Sí", jadeé, mis manos subiendo para apoderarse de sus nalgas, estrujándolas, sintiendo la piel todavía sensible por las nalgadas de la noche anterior.


"¿Te pone duro saber que él está justo ahí? ¿Que podría entrar en cualquier momento?".


"Sí", repetí, y empecé a empujar desde abajo, chocando contra ella, el ritmo volviéndose más desesperado.


"Dime qué quieres, papi", suplicó, su voz rompiéndose. "Dime qué quieres hacerle a tu puta".


"Quiero romperte", gruñí, hundiéndome en ella. "Quiero llenarte de mi leche. Quiero que apestes a mí todo el día".


"¡Hazlo!", gimió, y el control se fue a la mierda. Empezó a moverse más rápido, más duro, cabalgándome con una furia silenciosa. Estábamos en un puto trance, dos animales cogiendo con la salida del sol, adictos a la adrenalina y al placer.


La sentí empezar a temblar. "Me voy a venir, Leo… me voy a venir…", jadeó.


"¡Vente para mí, puta!", ordené en un susurro ronco, y con las manos tapándonos la boca al mismo tiempo, nos vinimos. Ella con un espasmo silencioso que la hizo derrumbarse sobre mí, su coño apretándome como un puto puño. Yo con un torrente ahogado y caliente que se perdió en lo más profundo de ella.


Nos quedamos así, temblando, por no más de diez segundos.


"Ahora sí", susurró en mi oído. "Empieza el día".


Se quitó de encima de mí, me dio un último beso, rápido, que sabía a nosotros. Y tan silenciosamente como llegó, se fue, cerrando la puerta de mi cuarto sin hacer ruido.


Me quedé ahí, solo, en mi cama, cubierto de su olor, de su sudor, de su sabor, con la verga todavía latiendo. Eran las seis y media de la mañana. Y yo, yo ya estaba jodido para el resto del día. Para el resto de mi puta vida.


Cuando volví a abrir los ojos, ya era de día. Estaba exhausto. La habitación olía a nosotros. Y en el silencio del amanecer, mirándola dormir en mi imaginación, entendí algo.


Ya no se trataba solo del sexo, ni de la obsesión. El susto, el riesgo, la mentira… todo eso se había convertido en parte del juego. Y éramos adictos. Adictos a ella, a mí, a nosotros, y al puto peligro de quemarnos juntos. Y no queríamos parar.


Bajé a la cocina una hora después, todavía medio zombi, con los músculos adoloridos y la piel sensible. Me había puesto unos pantalones de pijama limpios, pero sentía como si el olor de ella se me hubiera metido en los poros. La encontré ahí, sentada a la mesa, fresca, bañada, con una taza de café entre las manos. Llevaba una blusa sencilla y unos pants. Parecía una mujer normal. Una puta mentira.


Mi padre ya estaba ahí, en la cabecera, escondido detrás del periódico, un fantasma con resaca.


"Buenos días", murmuré, y fui directo a la cafetera.


"Buenos días, Leo", respondió Claudia, su voz melódica, sin rastro de la furia de ayer ni de los gemidos de la madrugada. Era una actriz increíble.


Me senté, no frente a ella, sino a su lado. No sé por qué. Fue un impulso estúpido, un reto silencioso. El aire entre nosotros era eléctrico. Mi padre tosió, el sonido rasposo de un fumador, y pasó una página del periódico. No existía.


Claudia tomó un sorbo de su café, y luego se detuvo. Lentamente, se lamió el labio inferior, limpiando una gota invisible. Y entonces, llevó uno de sus dedos a su boca y se lo mordió. Suavemente. No fue un gesto coqueto, de niña. Fue un gesto depredador, una promesa. Y sus ojos, sus putos ojos oscuros, estaban clavados en los míos.


Lo sentí. Un puto rayo, directo de mis ojos a mis huevos. Mi verga, que había estado dormida, saltó contra la fina tela de mi pijama. Fue un espasmo involuntario, un saludo a su crudo y vengativo poder.


Ella lo vio. Por supuesto que lo vio. Un destello de triunfo brilló en sus ojos.


Y entonces, su servilleta se cayó al suelo.


"Ay, qué torpe", susurró.


Se inclinó para recogerla. Su cabeza desapareció bajo la mesa. Sentí el roce de su pelo en mi rodilla. Y me quedé congelado. El mundo se detuvo. El sonido del periódico de mi padre se volvió un zumbido lejano.


Sentí su mano en mi muslo.


No fue un roce. Fue un agarre. Sus dedos, fríos por la taza de café, se posaron en mi pierna, y empecé a temblar. Y su mano empezó a subir. Lenta, tortuosamente, por la parte interior de mi muslo, acercándose cada vez más al centro del puto universo.


Sentí sus dedos en el borde de mis calzones, bajo la tela del pijama. Y sin dudarlo un puto segundo, su mano se deslizó adentro.


Mierda. El shock del contacto de su piel fría contra mi piel ardiente fue tan brutal que se me fue el aire. Su mano se cerró alrededor de mi verga, que ya estaba dura como una piedra. Era un agarre experto, seguro, posesivo.


La vi reincorporarse, como si nada. Se sentó derecha, tomó su taza de café de nuevo, y su cabeza quedó a la vista de mi padre. Pero su mano, su puta mano, seguía ahí, dentro de mis pantalones, sosteniendo mi pito, oculta por el mantel.


Y empezó a moverse.


Lentamente. Arriba y abajo. Una caricia lenta, firme, tortuosa. Sentí su palma deslizarse, su pulgar acariciando la cabeza húmeda. Cada movimiento era un infierno y un paraíso. Estaba atrapado. No podía moverme. No podía respirar. Si hacía un solo ruido, si mi cuerpo me traicionaba con un espasmo, todo se iría a la mierda. Mi padre estaba a menos de un metro, leyendo sobre fútbol. Y su esposa me la estaba jalando debajo de la mesa.


Cerré los ojos, tratando de controlar mi respiración. El placer era tan agudo, tan mezclado con el terror, que era casi doloroso.

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